sábado 17 de marzo de 2012

viernes 16 de marzo de 2012

jueves 15 de marzo de 2012

martes 13 de marzo de 2012

toco mi mano,
imagino tus dedos
sobre mis ojos

domingo 11 de marzo de 2012

sábado 10 de marzo de 2012

En busca de un final lírico (225)

La extraña muerte de las gemelas Miller

 
Las gemelas Miller, en una foto distribuida por el sheriff de El DoradoLas gemelas Miller, en una foto distribuida por el sheriff de El Dorado

Dos gemelas con un pasado en el mundo del espectáculo viven juntas. Tienen 73 años. Un buen día, no contestan a la puerta. Al siguiente, cuando la policía fuerza su entrada, encuentran el cadáver de una en el dormitorio del piso de abajo y el de la otra en el pasillo, a pocos metros.
De primeras, suena a un suicidio pactado o a un doble asesinato o incluso a una pelea que fue demasiado lejos. Pero no lo es. No hay sangre ni muestras de violencia. La casa está perfectamente ordenada, y no aparenta haber albergado a dos mujeres con problemas de salud. Las dos gemelas han muerto el mismo día en la casa de South Lake Tahoe (California, EE.UU.) en la que pasaron juntas casi toda su vida.
Es el caso de Patricia y Joan Miller. Dos muertes repentinas tan simultáneas que la policía no sabe darle explicación. "Mi idea es que una murió y la otra no pudo soportarlo. Parece perfectamente natural, pero no por ello vamos a dejar de investigarlo", alerta Matt Harwood, el detective del condado de El Dorado encargado del caso.
De cualquier forma, Harwood ha tenido que saltarse el protocolo de avisar a la familia antes de publicar el nombre de los muertos. Porque nadie sabe qué familia tenían estas mujeres. Tampoco se les conoce ningún amigo.
Nunca se casaron, no tenían hijos ni mascotas. Se mudaron a la casa de Lake Tahoe en 1972 y desde entonces, terminaron su vida social. Dejaron de felicitar el cumpleaños de su mejor amigo sin explicación. Cuando, cosa rara, salían de casa, no se detenían a hablar con los vecinos.
Hay gente que lleva décadas viviendo en el barrio y que nunca les ha visto la cara. De hecho, hizo falta que uno de ellos viera una ambulancia en su puerta el año pasado y diera por hecho que una de ellas estaba enferma para que la policía empezara a llamar a su puerta todos los días para comprobar que estaban bien. El 25 de febrero fue el día que no contestó nadie. "Por eso las circunstancias de su muerte son tan enigmáticas", añade Harwood. "Estas dos mujeres solo se tenían la una a la otra y nos gustaría avisar a su familia".
Se rumorea que eran las únicas supervivientes de su familia, después de que su madre y su hermano murieran en una guerra. Esto tienen sentido al ver la vida laboral de las mujeres: Joan Miller fue contable para colegios públicos entre 1979 y 1984, la misma época en la que Patricia, que solía conducir un descapotable blanco con tapicería roja, fue trabajadora social. La que fuera su jefa, Betty Mitchell, recuerda: "Nunca dijeron tener a nadie más en sus vidas. Eran inseparables y realmente idénticas".
Las gemelas también pasaron por el mundo del espectáculo: habían conocido a Big Crosby (tienen una foto con él de pequeñas), cantado en el programa de televisión de los 50 The Hoffman hayride. Pero por lo demás, no mostraron interés alguno en salir con hombres ni expandir su vida social. "Solo se tenían la una a la otra y así es como querían que fuera", sentencia Harwood. El detective ha encontrado un patrón común en todos los vecinos que intentaron socializar con las hermanas. En cuanto les llamaban, siempre respondían: "Deja que te llame en un minuto". Nunca lo hacían.

jueves 8 de marzo de 2012

En busca de un final lírico (224)

«Sobre todo, no traten de ser exhaustivos», decía Barthes.

domingo 4 de marzo de 2012

En busca de un final lírico (223)

UNA NOCHE DE ENERO

"No me esperes —escribió a alguien de la familia—porque la noche será negra y blanca.» Noche negra: el año 1855, en el corazón del invierno —últimos días de enero—, la luz de los faroles, débil, se consumía en la tiniebla gélida de los muros del viejo París. Noche blanca: dieciocho grados bajo cero, toda la vida cubierta por el silencio de la nieve. Noche negra y blanca: ¿no había, pues, vivido siempre en este tipo de noches? Los ojos ven, primero, una oscuridad; después —vivimos ya en el sueño—, se abren las puertas de otro reino. Los antiguos decían que, a menudo, estas puertas son blancas como el marfil.
Sabemos que unos amigos le vieron en el teatro. No llevaba abrigo. Vagaba, sin domicilio, por los lugares donde, tiempo atrás, su vida fue un fulgor: los palcos de los teatros, las casas de las actrices. Un poeta —porque, ante todo, era poeta— se deja fascinar, a veces, por lo ficticio. ¿Había buscado a la actriz en la mujer, o más bien a la mujer en la actriz, en aquel amor que tiempo atrás lo desgarró? Había amado, más que a la mujer, a la visión. Nos lo dice él mismo, en un soneto: la Muerte, o la Muerta.
En esta fotografía que de él nos ha llegado, los ojos de Gérard de Nerval son intensos —como con una llama apaciguada—, hundidos en unas ojeras profundas. El pelo, negro, es escaso; las manos, en reposo, parecen esperar; la ropa, oscura, no llega a vislumbrarse, pero la presentimos gastada, deslucida, estropeada. Los ojos no miran sólo el vacío del espacio fotográfico. Vislumbran, posiblemente, un más allá.

Tenía los ojos en procura de un espacio más vasto y más remoto. Bajo el azote de la nieve de un París glacial, fue a comer a una taberna de las Halles. Estamos en el intestino de la ciudad, en una fermentación innumerable de quesos y pescado y verduras: la calabaza redonda y sagrada, la berenjena, de un verde imperial, las escamas, los cestos, el griterío, las ruedas de madera de los carros rayando las piedras heladas. De vez en cuando, alguien abre la puerta de la taberna. Vemos un cielo liso y la nieve que cuaja en los tejados. La noche será negra y blanca, en el fondo del frío.

Una noche muy larga, pero amanece ya. Con las primeras luces, turbias y grisáceas, la mañana impura de enero llega a la innoble calle de la Vieille Lanterne. Fija —pero no: algo que no es el viento la hace mecerse—, hay una sombra extraña en este lugar desolado y antiguo. Es Gérard deNerval, que se ha ahorcado cuando acababa aquella noche negra y blanca.

(3 de junio)
Pere Gimferrer (SEGUNDO DIETARIO 1980-1982)

viernes 2 de marzo de 2012

miércoles 29 de febrero de 2012

En busca de un final lírico (222)


LA MUERTE DE LAS CATEDRALES

PREFACIO

 CADA DÍA atribuyo menos valor a la inteligencia. Cada día me doy más cuenta de que sólo desde fuera de ella puede volver a captar el escritor algo de nuestras impresiones, es decir, alcanzar algo de sí mismo y de la materia única del arte. Lo que nos facilita la inteligencia con el nombre de pasado no es tal. En realidad, como ocurre con las almas de difuntos en ciertas leyendas populares, cada hora de nuestra vida, se encarna y se oculta en cuanto muere en algún objeto material. Queda cautiva, cautiva para siempre, a menos que encontremos el objeto. Por él la reconocemos, la invocamos, y se libera. El objeto en donde se esconde —o la sensación, ya que todo objeto es en relación a nosotros sensación— muy bien puede ocurrir que no lo encontremos jamás. Y así es cómo existen horas de nuestra vida que nunca resucitarán. Y es que este objeto es tan pequeño, está tan perdido en el mundo, que hay muy pocas oportunidades de que se cruce en nuestro camino. Hay una casa de campo en donde he pasado varios veranos de mi vida. He pensado a veces en aquellos veranos, pero no eran ellos. Había grandes posibilidades de que quedaran muertos por siempre para mí. Su resurrección ha dependido, como todas las resurrecciones, de un puro azar. La otra tarde cuando volví helado por la nieve y no me podía calentar, habiéndome puesto a leer en mi habitación bajo la lámpara, mi vieja cocinera me propuso hacerme una taza de té, en contra de mi costumbre. Y la casualidad quiso que me trajera algunas rebanadas de pan tostado. Mojé el pan tostado en la taza de té, y en el instante en que llevé el pan tostado a mi boca y cuando sentí en mi paladar la sensación de su reblandecimiento cargada de un sabor a té, sufrí un estremecimiento, olor a geranios, a naranjos, una sensación de extraordinaria claridad, de dicha; permanecí inmóvil, temiendo que un solo movimiento interrumpiera lo que estaba pasando en mí y que yo no comprendía, aferrándome en todo momento a aquel pedazo de pan mojado que parecía provocar tantas maravillas, cuando de pronto cedieron, rotas, las barreras de mi memoria, y los veranos que pasé en la casa de campo que he dicho irrumpieron en mi conciencia, con sus mañanas, trayendo consigo el desfile, la carga incesante de las horas felices. Entonces me acordé: todos los días, cuando estaba vestido, bajaba a la habitación de mi abuelo que acababa de despertarse y tomaba su té. Mojaba un bizcocho y me lo daba a comer. Y cuando hubieron pasado aquellos veranos, la sensación del bizcocho reblandecido en el té fue uno de los refugios en donde habían ido a acurrucarse las horas muertas —muertas para la inteligencia—y en donde sin duda no las habría hallado nunca si esta tarde de invierno, cuando volvía helado de la nieve, mi cocinera no me hubiera ofrecido la bebida a que estaba ligada la resurrección, en virtud de un pacto mágico que yo desconocía.
Marcel Proust

martes 28 de febrero de 2012

domingo 26 de febrero de 2012