miércoles, 20 de febrero de 2013

En busca de un final lírico (247)

«Sólo la tierra en que se muere es nuestra»

del poema de 1937 Alerta, Himno para las juventudes deportivas y militares.

domingo, 3 de febrero de 2013

En busca de un final lírico (246)

"Nadie podrá probar que Bárcenas y... no es inocente".

Mariano Rajoy

miércoles, 26 de diciembre de 2012

En busca de un final lírico (245)

"Europa me ha sorprendido con su resistencia política: la disposición de los países deudores a soportar un sufrimiento aparentemente interminable y la capacidad del Banco Central Europeo para hacer solo lo justo, en el último minuto, a fin de calmar los mercados cuando la situación parece a punto de estallar.
Pero la economía de la austeridad ha ido siguiendo el guión al pie de la letra (el guión keynesiano, claro está, no el austeriano). Una y otra vez, los tecnócratas “responsables” inducen a sus países a tragar la amarga píldora de la austeridad. Y una y otra vez, no consiguen que dé resultado. El ejemplo ilustrativo más reciente es Italia, donde el primer ministro Mario Monti —un buen tipo, profundamente sincero— anunciaba hace poco que deja el cargo antes de tiempo, en última instancia porque sus políticas están conduciendo a Italia a la depresión. (Y sí, para que conste, esto significa que Italia no conocerá al verdadero Monti).
¿Y cuál es la respuesta? Mantened el rumbo, dicen los eurócratas. Empezará a funcionar en cualquier momento; ¡ya viene el hada de la confianza!
El economista Kevin O’Rourke da en el clavo: Europa se ha convertido en un continente en el que los buenos tiempos siempre están a la vuelta de la esquina.
En realidad es como la medicina medieval, cuando los médicos sangraban a los pacientes para tratar sus enfermedades y, cuando la sangría les hacía empeorar, los médicos los sangraban todavía más."
 
Por: | 24 de diciembre de 2012

jueves, 20 de diciembre de 2012

Sin comentarios


De Beppe Salvia (cita robada a Oscar Orellana, que lo descubrió)

 "A escribir he aprendido de los amigos,
pero sin ellos. Tú me has enseñado
a amar, pero sin ti. La vida
... con su dolor me enseña a vivir,
pero casi sin vida, y a trabajar,
pero siempre sin trabajo. Entonces,
entonces he aprendido a llorar,
pero sin lágrimas, a soñar, pero
no veo en sueños más que figuras inhumanas.
No tiene límites ya mi paciencia.
No me queda paciencia para nada, nada
queda ya de nuestra fortuna.
También a odiar he acabado aprendiendo
de los amigos, de ti, de la vida entera"


 

sábado, 15 de diciembre de 2012

viernes, 14 de diciembre de 2012

jueves, 13 de diciembre de 2012

En busca de un final lírico (244)

ADIÓS
Luciano G. Egido

La única verdad es la literatura. Fernando Pessoa
Estaba condenado a muerte y los médicos le echaban de seis meses a un año de vida. Como es sabido el cáncer no perdona y ya era tarde para todo. Él ya se había hecho a la idea y había empezado a despedirse del mundo con una extraña resignación suicida. Hacía mucho tiempo que se había separado de su mujer y los hijos se habían desentendido de lo que le ocurriera. Sus amigos estaban muertos o vivían lejos y no quería darles el espectáculo de su agonía ni el golpe bajo de la crecida de sus remordimientos. Le hubiera gustado visitar por última vez algunos paisajes, que le habían congraciado con la naturaleza, y algunas ciudades donde había sido particularmente feliz, con toda la vida por delante para recordarlas.
También hubiera querido encontrarse con algún viejo amor inolvidable, con alguna continuada manera de contemplar el mar, como la primera vez, y con algunos lugares, unidos a lecturas y a situaciones especialmente gratas. Pero todo le parecía irrealizable, porque exigía un esfuerzo que no se sentía con ganas de iniciar y menos de concluir.
Le quedaban los libros, más dóciles que su familia y más fieles que sus amigos. Los libros habían sido su pasión más fuerte y más duradera y los que habían ocupado la mayor parte de su pasado feliz. Muchas de las horas de su existencia, tan baqueteada y tan onerosa, las había pasado leyendo y en este ejercicio había aprendido todo lo que le había hecho falta saber. Arrastraba una deuda impagable con sus libros preferidos, inagotables, sorprendentes, lumi­nosos, siempre cercanos. Podía señalar sin error la fecha en que cada uno de ellos había entrado en su biografía y el milagro que había esperado encontrar en el arcano interior de sus páginas cerradas. Recordaba la librería en que los había comprado y por supuesto el sitio exacto que ocupaban en su biblioteca. Le encantaba recorrerlos con la mirada, reconocer su título sin equivocarse y hasta acordarse de los avatares crueles de su encuadernación deteriorada. Coger alguno, hojearlo y comprobar los motivos de su adquisición, le producía un placer renovado, aunque a veces la memoria, después de tantos años, se resistía a completarlo.
Por eso quería despedirse de ellos, por gratitud, por obligación moral, por lo que si fueran hombres se llamaría honestidad. Aquel deseo era probablemente el trago más doloroso de su enfrentamiento con la muerte. Iba a romper una vieja lealtad de la que no quería deshacerse. Eran muchos años de convivencia y no podía llevárselos con él, allí donde fuera, para perpetuar sus débitos. Calculó el tiempo que le quedaba y no había ninguna posibilidad de leerlos todos otra vez, de resucitar las antiguas alegrías, sus descubrimientos definitivos, los oasis de su fertilidad. Un libro al día, incluyendo los domingos, le daría para muchos años. Se le escapó una lágrima de protesta infantil ante la confirmación matemática de la locura de su proyecto. No eran tantos; pero eran demasiados para el plazo disponible. Por lo menos tardaría de diez a quince años en terminar aquella vuelta de despedida que sería su adiós a la vida, con toda la conciencia de su caducidad y toda la pena de su valor inabarcable. En resumidas cuentas, no había derecho a aquella injusticia desaprensiva, que no respetaba ni los mínimos derechos de un hombre.
Escoger un libro, para iniciar la ronda, le costaba un disgusto, porque no sabía por cuál empezar. Leer algunos era dejar de leer otros y el tiempo apremiaba. Cada uno tenía su atractivo y el gozo de recuperarlo formaba parte de la felicidad prometida. ¿Cómo no despedirse de Proust, que le había desvelado el don de la mirada de la memoria? ¿Cómo olvidarse de Borges, que le había conmovido como un diamante tallado de una inteligencia artificial? ¿Cómo no releer a Faulkner, que le había enseñado a descubrir al prójimo, al negro que llevamos dentro? ¿Cómo irse sin haber vuelto por última vez a la luz mañanera de los sonetos de Petrarca? ¿Cómo no decirle adiós al pobre don Quijote, perdido en las alucinaciones de su cerebro y de su tierra, de su marginación perpetua, de su obcecación suicida? ¿Cómo no recorrer el mundo a pie con Baroja, entre asperezas sentimentales? ¿Cómo abandonar al pobre Hamlet y dejarlo vagar a su albedrío sin una mirada de reconocimiento y de solidaridad? ¿Cómo no resucitar los convulsos sentimientos de Dostoievski, que tanto bien le hacían, aunque le dolían como un remordimiento? ¿Cómo renegar de Rilke y de su dolorosa lucidez? ¿Cómo resignarse a no volver a dialogar con Kafka, tan hermano, tan desgraciado, tan solitario y tan sufrido?
Los días pasaban y no se decidía por ninguno, hasta que cortó por lo sano y optó por el orden alfabético de una selección de sus clásicos amores y que fuera lo que Dios quisiera. Empezaría por san Agustín y hasta donde llegara. Se temía que no alcanzaría ni siquiera la Alejandría de Durrell y mucho menos el Japón de Kawabata y menos todavía el París de Zola. Fue una carrera contrarreloj. Notaba que la enfermedad le iba invadiendo, como el nivel del agua en los cántaros de la fuente. Pero seguía leyendo contra viento y marea, con el gozo renovado de siempre, con el ánimo de un heroísmo cotidiano. Su organismo luchaba no contra la supervivencia, sino contra el tiempo. Notaba que las fuerzas le abandonaban, sobre todo al acercarse el plazo fatal de los seis meses anunciados y descubrir que estaba todavía en Camus. Apuraba las horas de sueño y la luz de los ojos, con el solo paréntesis de la noche para ganar la paz de la lectura mañanera, que a veces se le hurtaba por un cansancio excesivo. No podía más. Pero no se rindió. Vivía exclusivamente para leer y los libros le hacían vivir, no sólo venciendo a la muerte, sino duplicándole el gozo de la precaria vida que le quedaba. Era penoso terminar un libro y esperanzador iniciar otro, que se encendía con la luminosidad de una mañana de verano.
El plazo definitivo del año se cumplió y esperó serena­mente el desenlace con Garcilaso entre las manos y se dijo: “Que venga la muerte cuando quiera; pero me encontrará leyendo”. Y no se murió, porque a veces los médicos no aciertan en la difícil previsión de las reacciones del insondable organismo humano. Y poco a poco empezó a creer en el milagro y leyó como si se drogara con una fruición renovada el Ulises de Joyce y hasta tuvo tiempo de coronarlo y cotejar la versión de Salas Subirat con la de José María Valverde. La furia irónica de Larra le vino como anillo al dedo para entretener la espera. A los dos años se enfrentó con La montaña mágica de Thomas Mann y consiguió llegar hasta el final, aunque le parecía imposible. El tiempo se dilataba para su satisfacción y los libros seguían acompañándolo en aquella carrera de fondo que le dejaba sin aliento. A veces se desvanecía, se le iban las letras y se conformaba con acariciar el lomo de los libros, como si tuvieran piel humana. Aquellas interrupciones le parecían faltas a su deber, desfallecimientos de su moral. Cuando cerraba los ojos creía continuar leyendo de memoria. Los médicos estaban asombrados de aquella recuperación inexplicable.
Pasó por Melville, Novalis, O'Neill, Pessoa, Quevedo, Rulfo, Sade, Tolstói y, cuando estaba entrando en Unamuno y creía que había vencido a la muerte, se murió.
Cuentos del lejano oeste, Barcelona, Tusquets, 2003, pág. 125-128.

martes, 11 de diciembre de 2012

Sin comentarios

Principia mathematica, by Alfred North Whitehead ... and Bertrand Russell.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

lunes, 3 de diciembre de 2012

En busca de un final lírico (243)


La espiral de la crisis (crisis de la deuda-deflación) según IRVING FISHER, allá por los años 30 del siglo XX.

El orden poemático que sigue es sólo eso, una aproximación, puede haber cualquier otro, es decir, está sujeto a variaciones en diferentes momentos y lugares.

 I.
 - ligero pesimismo y primera sacudida a la confianza
- ligera desaceleración de la velocidad de circulación
- liquidación de deuda
II.
- caída del interés monetario sobre préstamos seguros
- pero se incrementa el interés monetario sobre los préstamos inseguros
III.
- ventas de urgencia
- más pesimismo
- caída de los precios de las obligaciones
- más liquidaciones
- caída de los precios de los bienes
IV.
- el interés real se incrementa: LAS DEUDAS REALES SE INCREMENTAN
- más pesimismo y desconfianza
- más liquidaciones
- más ventas de urgencia
- mayor desaceleración de la velocidad de circulación
V.
- más ventas de urgencia
- contracción de los depósitos en moneda
- avance del incremento del dólar
VI.
- reducción de la riqueza neta
- incremento de quiebras
- más pesimismo y desconfianza
- mayor desaceleración de la velocidad de circulación
- más liquidaciones
VII.
- caída de las utilidades
- incremento de las pérdidas
- incremento del pesimismo
- desaceleración de la velocidad de circulación
- más liquidaciones
- reducción del volumen de comercialización de acciónes
VIII.
- decrece la construcción
- reducción de la producción
- reducción del intercambio comercial
- desempleo
- más pesimismo
IX.
- atesoramiento
X.
- movimientos especulativos contra los bancos
- los bancos detienen los préstamos para protegerse
- los bancos vende inversiones de urgencia
- quiebra de bancos
- incremento de la desconfianza
- más atesoramiento
- más liquidaciones
- más ventas de urgencia
- avance del incremento del dólar

domingo, 2 de diciembre de 2012

En busca de un final lírico (242)

Asalto lírico
 
estoy viendo vivir a una esfericidad
que quiere ser rebelde, adorablemente señorial,
dura y roja, enfriada de tanta lírica, rozada
por un olvidado y áspero asiento,
una manzana y una pera y una naranja
y un tomate estoy viendo vivir,
mi mirada acanallada, derramada,
una sublevación estética contra la intemperie,
muda y elocuente perfección efébica,
insensata y olvidadiza, entregada,
esfera de Pascal, aleph encarnado,
memoria de la totalidad,
estoy siendo vivido por una esfericidad,
you know how time flies,
por una unanimidad invitada a la vida 
absolutamente sola/asolada 

sábado, 1 de diciembre de 2012

En busca de un final lírico (241)

"Parece ya muy antigua la leyenda del hombre que sale un día de casa a buscar tabaco y decide no volver. Pues bien, se remonta tan sólo a 1960, año en que, gracias a John Updike, el mundo conoció al inefable Harry «Conejo» Angstrom, cuyas peripecias empiezan a contarse aquí en el momento en que, sin razón aparente, abandona mujer e hijo, su modesta condición de vendedor de MagiPeels y el recuerdo de cuando fue un as del baloncesto. A partir de entonces, Conejo Angstrom seguirá su camino sin rumbo, a la vez esquivando y buscando quién sabe qué. Ni siquiera el lector más sabio podría decirlo, porque ¿quién alguna vez, obedeciendo a un «impulso inexplicable», no ha salido (o deseado salir) huyendo como un vulgar conejo antes que enfrentarse al mundo, o a sí mismo? De ahí que este supuesto «hombre libre», como cualquiera de nosotros tal vez, caiga constante y torpemente atrapado en la enmarañada existencia con la que debe cargar inexorablemente todo ser humano."

Contraportada de "Corre, Conejo" de John Updike
 
La idea se parece bastante a la de aquel cuento, cómo se llamaba,... Wakefield.
Y mucha otra gente lo hizo/lo hace: Odiseo, Leopold Bloom, Don Quijote, Ethan Edwars o Max Estrella, cada uno con sus razones, sus motivos, sus sinrazones, sus desmotivaciones.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Sin comentarios

“Porque manifiestamente vosotros estáis familiarizados desde hace mucho tiempo con lo que propiamente queréis decir cuando usáis la expresión "ente"; en cambio, nosotros creíamos otrora comprenderlo, pero ahora nos encontramos en aporía”. ¿Tenemos hoy una respuesta a la pregunta acerca de lo que propiamente queremos decir con la palabra “ente”? De ningún modo. Entonces es necesario plantear de nuevo la pregunta por el sentido del ser. ¿Nos hallamos hoy al menos perplejos por el hecho de que no comprendemos la expresión “ser”? De ningún modo. Entonces será necesario, por lo pronto, despertar nuevamente una comprensión para el sentido de esta pregunta. La elaboración concreta de la pregunta por el sentido del "ser” es el propósito del presente tratado. La interpretación del tiempo como horizonte de posibilidad para toda comprensión del ser en general es su meta provisional."

 
El principio de "El ser y el tiempo" de Martin Heidegger