viernes, 24 de diciembre de 2004

COMO EL LENTO CRECER DE LA CUTÍCULA. Francisco Umbral (1969)

Texto iniciático, casi perfecto, elevado de metáforas, con la prosa ligera, alegre, triste, brillante, profunda, inaugural, digo, el mejor Umbral está aquí, nació aquí.

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Ahí están todavía las tijerinas –siempre las hemos llamado en casa “las tijerinas”-, pues, naturalmente que están ahí, dentro del armario del cuarto de baño, y en cualquier momento puedo utilizarlas –tan melladas ya las pobres, tan usadas, tan vividas- para cortarme un pelillo que se le ha escapado a la máquina de cortar eléctrica –cabezas flotantes, cuchillas no sé qué y mucho cuento, pero a la hora de la verdad, siempre queda el rabo de la barba por desollar-, como cuando mamá las utilizaba para hacerse las uñas o para hacérmelas a mí. Y ya ha llovido.
Soy un niño de la guerra. Somos los llamados niños de la guerra. Pero los niños de la guerra nos afeitamos ya la recia barba de cabezas de familia con maquinilla eléctrica americana o alemana –las españolas, de risa, trepidan como tanques, y no es por derrotismo-, de modo que las cosas han cambiado y no es ya como cuando mamá, allá en la provincia, las cosas, la vida, al salir de misa, los domingos, se quedaba en la ventana, en el balcón, en el mirador, haciéndose las uñas con aquella manera suya de hacer las cosas, despacito y buena letra, “que el hacer bien las cosas importa más que hacerlas”, leería yo luego en Antonio Machado (poesías completas, con un retrato hecho por un hermano del poeta; libro que papá debió regalarle a mamá cuando estaban en la época de regalarse libros, que luego ya la gente no ha vuelto a regalarse nada, como no sean regalos prácticos, de esos que dicen ahora, una camisa de lava y pon o unas medias indesmallables).
Un cuento es un cuento. Pero lo de las tijerinas es de verdad, era de verdad. Mamá tenía sus cosas. Después de misa de doce, mientras escuchábamos las campanadas que llamaban a los de misa de una, estábamos en el balcón como en el mismísimo cielo, porque nosotros ya habíamos sido santificados por el cumplimiento dominical y las otras pobres gentes, en cambio, acudían presurosas a la iglesia, como con miedo de llegar tarde para salvarse. Porque ya se sabe que nadie quiere ir ni siquiera al purgatorio, sino derechamente al cielo, que es donde suenan las campanas de la parroquia, donde sonaban en los domingos azules –pero qué azul el de aquellas mañanas, como de cielo ya visto desde dentro- de mi infancia, de mi adolescencia, no sé.
Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien importa más que hacerlas. Ella tenía unas manos ovales –ojivales, hubiera dicho el poeta, pero yo no soy poeta, aunque conozco algunos- y blancas, no monjiles, no, sino casi enérgicas, para hacerse las uñas con las tijerinas, con las tijeritas, o para escribir cartas con la pluma estilográfica de antes de la guerra, que todavía seguía haciendo buena letra después de la guerra –una de las pocas cosas que sobrevivieron y no perdieron el pulso con los tiros-, de modo que todavía hoy, al cabo de los años, puedo revolver algunos papeles y encontrar su hermosa letra muerta, redonda, clara, un poco temblorosa ya hacia el final, en anotaciones, cuentas y documentos familiares, de esos que parecen más importantes, casi pergaminos, casi títulos nobiliarios, cuando el tiempo les pone inútil y pretenciosamente amarillos.
De vez en cuando, de tarde en tarde, cuando yo me dejaba, ella aprisionaba mis manos oscuras, peleadoras, rasguñadas, guerreras, heridas, y me hacía las uñas, después de un buen lavado. Y allí estaban mis dedos de jugar a las canicas, de disparar el tirador, mis manos gateadoras, mis pequeñas garras sucias y recién limpias, entre sus manos blancas, yaciendo, como un murciélago extrañamente acunado por dos palomas. Me cortaba las uñas con las tijerinas. Me las recortaba en forma semicircular, haciendo desaparecer las pequeñas almenas de picachos y mordeduras que las convertían en garras. Pero lo más delicado, lo más de ella, su obra de arte, era el irme recortando el lento crecer de la cutícula. Como el lento crecer de la cutícula; así crece el tiempo, así crece la vida, así pasan las cosas, sin que se note de un día para otro. Pero el lento crecer de la cutícula va ahogando, ocultando la hermosa media luna que había debajo, la hermosa media luna del nacimiento de la uña. Ahora, a los niños de la guerra nos hacen las uñas con manicura de la Gran Vía, o de la peluquería del barrio, una manicura de esas que llevan la bata pequeña, lo cual las hace un poco hospicianas, que hospicianas provocativas, llenitas, no sé. Uno se siente más hombre que entonces porque se afeita con maquinilla eléctrica de cabezas flotantes la obstinada barba de cada día, y porque puede o no puede pagar a la manicura de la peluquería, que tiene sus chismes y sus palanganitas, y sus estiletes, y sus toallitas y sus tijeras, y sus limas, siempre dispuestos para cuando llega el cliente.
- ¿Ha visto usted la que han estrenado en el Capitol?
- No, guapa; tengo poco tiempo para ir al cine últimamente.
- Ustedes, los hombres, ya se sabe, el fútbol, y de ahí no hay quien les saque.
- ¿Y dices que es bonita la del Capitol?
- Ay, a mí me ha chiflado. Claro que es por Richard Burton. Yo no me pierdo una de Richard Burton. O Barton, o como se diga. Porque mi novio, que tiene el peritaje, dice que se dice Barton. ¿Usted cree que se dice Burton o Barton?
- Pues verás ...
- También, qué suerte, la Liz Taylor esa. Y que es más bien bajita. Claro que a guapa no hay otra. Ni la Loren, tan exagerada. Por eso se los lleva ella.
No sé ya si se refiere a la Loren o a la otra, pero le digo que ella tiene un aire a la artista.
- Pues tú tienes un aire a esa mujer ...
- ¿Yo? Quite usted para allá. Los hombres, siempre tan piropeadores. No hay cliente que no me salga con una cosa así. Claro que las que tenemos novio formal ...
Y se queda tan calladita, no sé si sintiéndose por dentro Elizabeth Taylor o Sofía Loren. Y pienso que no estaría mal que me hiciera las uñas Elizabeth Taylor, o Sofía Loren. La una , con sus manos menuditas, un poco gordezuelas, anilladas, manos de Cleopatra apócrifa; la otra, con sus manos grandes, morenas, teñidas aún por la sal y el viento de Nápoles. Me decido mentalmente a adoptar como manicura a Sofía Loren, mientras las manos obreras, cuidadas, un poco chatas, de la chica de la peluquería, van recortando y recortando el lento crecer de la cutícula, como cuando las manos de mi madre y mis manos de niño callejero o niño enfermo, mis manos ya fuertes, ya nerviosas, o liliares y febriles, casi manos de niña –“vas a tener manos de mujer, si no fuera por los pelos”-, varoniles más tarde, con las uñas un poco grandes y la cutícula lenta, pero obstinada, que en tardes de soledad, en mañanas de olvido, en domingos sin madre, me recorto yo mismo, lentamente, nerviosamente, primero la mano izquierda utilizando la derecha, y luego viceversa. Creo que me manejo bien con ambas manos aunque siempre queda mejor la izquierda, claro, como que es la mejor atendida y la que menos trabaja, la que ha holgado en el bolsillo de la chaqueta, o del abrigo mientras la otra mano, la derecha abría puertas, hacía girar picaportes, escribía cartas, apuntaba números, estrechaba otras manos, acariciaba un pelo de mujer con amor o sin amor, pero siempre con devoción. ¡Ay!
Los niños de la guerra se hicieron hombres, nos hicimos hombres, y me pregunto ahora para qué, por qué tanto esfuerzo, tantos días, tanta vida, tanto amor, tanto tabaco, tantos billetes de autobús, tantos cafés ni fríos ni calientes. Un hogar como miles, como millones de hogares, y en la pequeña repisa del pequeño armario del pequeño cuarto de baño, las tijerinas de mamá, útiles todavía, inútiles siempre, con esa permanencia de los objetos, con sus dos aros un poco ovoidales para meter los dedos y sus filos ya mellados, suavizados, y una de las puntas más corta que la otra, ni siquiera rota, solamente gastada. La vida es un obstinado y lento crecer de la cutícula. ¿Nos pillará el día de la muerte con la cutícula recortada o con la cutícula crecida?
Lo que importaba, me digo, nos decimos, es que mamá tomase las tijeras, tomase mis manos y se dedicara a reparar estragos de toda la semana, huellas de canteras, rastros de guijarros, manchas de brea y de tinta. A recomponer aquellas manos, a dotarme otra vez de manos, cuando la no tan lenta ni darviniana evolución de las especies me las había ido convirtiendo en garras en sólo una semana de escuela o de novillos, a la orilla del río o en los últimos barrios –chabolas y lagartos- de la ciudad. Pero eso no puede volver. Mamá está muerta y todavía la crecerían un poco las límpidas uñas bajo la tierra, en las manos ovales (ojivales, vaya) con que ella escribía y escribía con su hermosa letra de muerta-viva. (Porque a los que ya están muertos, siempre les recordamos ya como muertos-vivos, como vivos-muertos, igual que durante el sueño, cuando soñamos con ellos; y para qué decir que yo sueño mucho con mamá, casi todas las noches, y, en sueños, siempre está viva y muerta a la vez, qué cosas).
- Pues le aconsejo que no deje de ver la del Capitol. Claro que a usted Richard Burton...
Richard Burton. Preferiría que me hiciese las uñas Sofía Loren. Es una traición a mamá (los muertos son unos eternos traicionados), pero de verdad que me gustaría. En el cine me he fijado en sus manos. Tan largas, tan morenas, casi varoniles; pero no, nada de varoniles, sólo que grandes y un poco huesudas en los nudillos, como si llevase el esqueleto anillado por dentro. En sus primeras películas, las del neorrealismo –los niños de la guerra, los niños de la guerra-, movía mucho las manos, las enseñaba mucho, las alzaba como crestas, a la manera napolitana. Ahora debe ser otra cosa. Más suave, más señora, pero las mismas manos delgadas y grandes de mujer etrusca. Qué perdidas, qué tontas, qué de oficinistas mis manos en las suyas. Perdona, mamá... Esta manicura tampoco lo hace mal.
Pasa la vida, crecen los años, el tiempo le trabaja a uno por dentro, como el mar trabaja dentro de los ahogados. Todos somos náufragos en las aguas del tiempo, ese tiempo que einstenianamente no existe –cuánto hemos aprendido los niños de la guerra-, y que sólo es movimiento, puede reducirse enteramente a movimiento, a crecimiento, como el lento crecer de la cutícula. Por eso hace falta una mujer –aunque sólo sea la manicura de la Gran Vía, como tantas otras manicuras de la Gran Vía- que nos recorte la cutícula y deje aparecer otra vez la hermosa media luna de la esperanza. Hace falta una mujer, que puedes ser tú, a quien no había citado hasta ahora, que puede ser incluso Sofía Loren. Que pudiera ser mamá, mejor que nadie. Pero por qué ponerse así. Sé que sólo tengo que ir al baño, tomar las pequeñas tijeras de entonces y ponerme yo mismo a la tarea.

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