viernes, 17 de diciembre de 2004

Diario íntimo, de Unamuno.

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Aprende á vivir en Dios y no temerás la muerte, porque Dios es inmortal.
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¿Qué han sido durante años las más de mis conversaciones? Murmuraciones. Me he pasado los días en juzgar á los demás y en acusar de fatuidad á casi todo el mundo. Yo era el centro del universo, y es claro, de aquí ese terror á la muerte. Llegué á persuadirme de que muerto yo se acababa el mundo.Muchas veces he obsevado ese triste carácter de todas las conversaciones mundanas; el de que sean más que diálogos, monólogos entreverados. Los que conversan permanecen extraños entre sí, siguiendo cada cual su línea de pensamiento. No se escucha con atención benévola, impaciente por decir lo propio, que se cree siempre más importante que lo ajeno. Casi nunca se llega á la confusión de afectos, á la unión de intención, á la comunión de espíritu en lo que se conversa. Merece seria meditación eso de que sean tan frecuentes las interrupciones en las conversaciones mundanas; es un síntoma de una enfermedad dolorosísima...

2 comentarios:

Mitsouko dijo...

Dicen que los tipos duros no hablan para que no les engorde la lengua con el esfuerzo y puedan seguir teniendola afilada cuando olvidan el cuchillo. Dicen de un tipo que habla poco que es un retraido o un tímido. Dicen que conversar sirve para acercar posturas, igualar verdades a medias... Dice, uno que no viene a cuento, que la cháchara superficial es aburrida, que carece de profundidad, sentido e incluso caracter. Dicen que muerta la conversación se acaba el mundo.

Nicho dijo...

Quizá la ligereza, el mundanismo, la rapidez, a veces, de lo superficial, el hablar con personas conocidas pero aún extrañas, misteriosas, que todavía no han perdido para nosotros esa intriga -debería decir suspense- de lo desconocido, a lo mejor sin ese espacio de la murmuración, de la interrupción constante, de lo siempre inacabado, la vida sería mucho más difícil, quiero decir aburrida.
Además, don Miguel dice: "no se escucha con atención benévola", y parece olvidarse del que habla, posible reo -presunto, claro- de la vanidad.