lunes, 21 de febrero de 2005

METAFÍSICA

Es bien sabida la extraña historia de uno de los nombres más ilustres de las lenguas modernas: metafísica. Al ordenar Andrónico de Rodas, en el siglo I a. de C., los escritos de Aristóteles, encuentra algu­nos libros cuya denominación resulta problemática; también su colocación dentro de la obra aristotélica. Al final decide ponerlos "después de los libros de fí­sica"; esta expresión, que no es un título, sino la ausencia de un título, no significa nada filosófico, no es ni siquiera un nombre; y, sin embargo, se va a convertir en la denominación dos veces milenaria de la disciplina filosófica más importante, identificada muchas veces con la filosofía sin más. ¿Cómo es esto posible? Y, sobre todo, ¿qué significa? Τà metà ta physiká (ta\ meta\ fusika/ ), "los (li­bros) después de los físicos". Lo primero que hay que decir es que eso no es una palabra, sino cuatro. En manos de Andrónico de Rodas o de su contemporá­neo Nicolás de Damasco, los libros más importantes de Aristóteles no quedan denominados, sino sólo de­signados, señalados: los que están detrás de los que tratan de física. Para que llegara a existir un día el nombre metafísica, fue menester, por lo pronto, que con esas cuatro palabras se hiciera una, mediante su­presión de los artículos y fusión de la preposición con el nombre. Pero hay que agregar que esta unificación no acontece en griego, sino en latín (secundariamen­te en árabe, y así en Averroes). Sin embargo, esto­ que acabo de decir resulta problemático y sólo a me­dias verdadero; porque la voz metaphysica ¿es latina? En modo alguno: sólo es una trascripción, alterada en forma nominal y sin traducir, de la expresión griega tà metà tà physiká. Así aparece en la Edad Media esporádicamente; de manera frecuente al in­corporarse a la escolástica —musulmana y cristiana— el corpus aristotélico, en los siglos XII y XIII.
Esto es precisamente lo interesante: que lo que hace fortuna de modo tan excepcional no es el nombre griego efectivo de la ciencia, ni una palabra significativa, ni una traducción, sino un vocablo arbi­trario, que apenas quiere decir nada y de origen azaroso. Dicho en otros términos, que no se trata de un concepto, sino de una expresión poética; con más rigor, retórica y poética.

Tomado del libro de JULIÁN MARÍAS, "Idea de metafísica", de 1953.

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