jueves, 28 de abril de 2005

Escena quinta. Acotación primera. "Romance de lobos". DON RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN Y MONTENEGRO

La alcoba donde murió DOÑA MARÍA. Es el amanecer. Uno de esos amaneceres adustos e invernales en que aúlla el viento como un lobo y se arremolina la llovizna. En la alcoba, la luz del día naciente batalla con la luz de los cirios que arden a la cabecera de la muerta, y pasa por las paredes de la estancia como la sombra de un pájaro. La lluvia azota los cristales de la ventana y se ahíla en un lloro terco y frío, de una tristeza monótona, que parece exprimir toda la tristeza del invierno y de la vida. La ventana se abre sobre el mar, un vasto mar verdoso y temeroso. Es aquélla una de esas angostas ventanas de montante, labradas como confesionaios en lo hondo de un muro, y flanqueadas por poyos de piedra donde duerme el gato y suele la abuela hilar su copo. Dos mujeres velan el cadáver: La una, alta y seca, con los cabellos en mechones blancos y los ojos en llamas negras, es sobrina de la muerta y se llama DOÑA MONCHA. La otra, menuda, compungida y melosa, con gracia especial para cortar mortajas, es blanca, con una blancura rancia de viejo marfil que destaca con cierta expresión devota sobre su hábito nazareno: Se llama BENITA LA COSTURERA.

LAS ACOTACIONES SIGUIENTES CORRESPONDIENTES A ESTA ESCENA DICEN:

DOÑA MONCHA aprueba con un gesto. BENITA LA COSTURERA dobla la mortaja y espabila los cirios con las tijeras que lleva pendientes de la cintura y se balancean al extremo de una cinta azul que llaman hospiciana.
Sale la costurera con una andar leve, como si temiese que la muerta se despertase. DOÑA MONCHA reza en voz baja todo el tiempo que permenece sola, y la estancia oscura se llena de misterio con aquel vago murmullo de rezo que se junta al chisporroteo con que los cirios se derraman sobre los candelabros de bronce. Un gato empuja la puerta y llega sigiloso hasta la cama de la muerta, donde comienza a maullar tristemente, con largos intervalos. Tras el gato entra BENITA LA COSTURERA.
BENITA LA COSTURERA moja una toalla en la jofaina que trajo llena de agua caliente y comienza a lavar el rostro de la muerta. Entre los labios azulencos, renace siempre una saliva ensangrentada bajo la toalla con que los refriegan aquellas manos irreverentes, picoteadas de la aguja, y la cabeza lívida rueda en el hoyo de la almohada.
Seria y brusca, coge la mortaja y se acerca apartando a BENITA LA COSTURERA. Con un brazo quiere incorporar a la muerta, y aquellas manos frías, cruzadas sobre el pecho, se desenredan topes y caen flojas a lo largo del cuerpo, en tanto que la cabeza ya rueda sobre los hombros, ya se hunde en el pecho.
BENITA LA COSTURERA obedece con un gesto compungido, y después, graves y silenciosas, las dos mujeres amortajan el cuerpo de DOÑA MARÍA.

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