miércoles, 25 de mayo de 2005

EL ESCRITOR TOTAL

Bernard Pivot. Son las 21 horas, 47 minutos. Habitualmente, ¿qué hace usted a esta hora?

Vladímir Nabokov. A esta hora, señor mío, estoy bajo el edredón, con tres almohadas bajo la cabeza, con el gorro de dormir, en mi modesto dormitorio, que también me sirve como gabinete de trabajo. Una lámpara de cabecera muy fuerte, el faro de mis insomnios, todavía arde sobre la mesita de noche, pero pronto será apagada. Tengo en la boca una pastilla de grosella, y entre las manos una revista de Nueva York o de Londres. Lo dejo a un lado, apago, vuelvo a encender renegando en voz baja, para meterme un pañuelo en el bolsillo del camisón. Y empieza el debate interior: ¿tomar o no tomar un somnífero? ¡Qué deliciosa es la decisión positiva!

B. P. Pero ¿cuál es su horario en un día normal?

V. N. Pongamos una jornada de mediados de invierno, en verano hay más variedad. Me levanto entre las seis y las siete, y escribo a lápiz (...), de pie ante mi atril, hasta las nueve. Después de un desayuno frugal, mi mujer y yo leemos el correo (...). Después me afeito, tomo un baño, me visto. Nos paseamos durante una hora por los floridos muelles de Montreux. Y después del almuerzo y de una breve siesta, viene mi segundo periodo de trabajo, hasta la cena. Éste es el programa típico.

B. P. Cuando era un poco más joven, ¿ya tenía esos horarios o en aquella época tenía usted pasiones, repentes, impulsos que perturbaban su días y sus noches?

V. N. ¡Y cómo! A los veintiséis, treinta años, la energía, el capricho, la inspiración, todo eso me llevaba a escribir hasta las cuatro de la madrugada. Rara vez me levantaba antes de las doce, y escribía todo el día tumbado en un diván. El bolígrafo y la posición horizontal, ahora, han dado paso al lápiz y la austera vertical. Se acabaron los repentes. ¡Pero cómo adoraba el despertar de los pájaros, el canto sonoro de los mirlos que parecían aplaudir las últimas frases del capítulo que había compuesto!

LOLITA

V. N. Pues bien, no, Lolita no es ninguna niña perversa. Es una pobre niña, a la que corrompen, y cuyos sentidos nunca llegan a despertarse bajo las caricias del inmundo señor Humbert. [...] Y es bastante interesante plantearse, como dicen los periodistas, el problema de la estúpida degradación que el personaje de la nínfula, que yo inventé en 1955, ha sufrido en el ánimo del gran público. No sólo la perversidad de esa pobre criatura ha sido grotescamente exagerada, sino también su aspecto físico, su edad, todo ha sido modificado por las ilustraciones de las publicaciones extranjeras.
En realidad, Lolita, repito, es una niña de doce años, mientras que el señor Humbert es un hombre maduro, y es el abismo entre su edad y la de la niña lo que produce el vacío, ese vértigo, la seducción, la atracción de un peligro mortal. En segundo lugar, es la imaginación del triste sátiro la que convierte en criatura mágica a esa pequeña colegiala americana, tan trivial y normal en su tipo como lo es el cura frustrado Humbert en el suyo. Fuera de la mirada maniaca de Humbert, no hay nínfula. La nínfula Lolita sólo existe a través de la obsesión que destruye a Humbert. Éste es un aspecto esencial de un libro singular que fue falseado por una popularidad artificiosa.

AJEDREZ, PSICOANÁLISIS Y POLÍTICA

V. N. Lo que siempre me ha atraído del ajedrez es precisamente el truco con trampa, la combinación oculta, por eso abandoné los campeonatos para dedicarme a la composición de problemas de ajedrez. No dudo de que existe un íntimo vínculo entre ciertos espejismos de mi prosa y el tejido, brillante y oscuro a un tiempo, de los problemas de ajedrez [...]. Me gusta sobre todo componer los problemas llamados "suicidas", en que las blancas obligan a las negras a ganar. Sí, Fischer es un ser extraño, pero no hay nada anormal en el hecho de que un jugador de ajedrez no sea anormal. Lo normal es que sea así, como el caso del gran Rubinstein, de principios de siglo. Del manicomio donde solía vivir, una ambulancia lo llevaba cada día al café donde se celebraba el torneo, y luego lo devolvía a su casilla negra, después del juego. No le gustaba ver a su adversario, pero una silla vacía al otro lado del tablero todavía le irritaba más. Entonces pusieron allí un espejo, y él veía su reflejo, o acaso al verdadero Rubinstein. [...]

B. P. Usted parece no apreciar mucho a Freud, según me ha parecido comprender.

V. N. Eso no es del todo exacto. Yo aprecio mucho a Freud como autor cómico. Sí, sí, cómico. Las explicaciones que da sobre las emociones de sus pacientes y sus sueños son de un chistoso increíble. Eso sí, hay que leerlo en la lengua original. No comprendo cómo alguien puede tomarlo en serio. No hablemos más de él, se lo pido por favor.

B. P. Los escritores políticos tampoco parecen figurar entre sus autores de cabecera.

V. N. Suelen preguntarme quién me gusta y quién no me gusta, entre los novelistas comprometidos o sin comprometer de nuestro siglo maravilloso. Bien, ante todo no aprecio al escritor que no ve las maravillas de este siglo, las pequeñas cosas, la informalidad del atuendo masculino, el cuarto de baño, el cuarto de baño que sustituye al inmundo lavabo. Las grandes cosas, como la libertad sublime del pensamiento en nuestro doble Occidente, y la luna. ¡La luna! Recuerdo con qué escalofríos de delicia, de envidia y de angustia miraba en la pantalla de televisión los primeros pasos flotantes del hombre en el talco de nuestro satélite, y cómo despreciaba a aquellos que sostenían que no valía la pena gastar tantos dólares para pisar el polvo de un mundo muerto.

Traducción de Lluís Maria Todó
"Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita".

2 comentarios:

El pez dijo...

Acostarse a las 3, lectura del nicho, lolita, zarzamora... Una noche perfecta.

Nicho dijo...

Gracias, Pez. Cuídate.