sábado, 21 de mayo de 2005

NOTICIAS DE LEOPOLDO MARÍA PANERO

“Seré un monstruo, pero no estoy loco”
“Escribir, delirar y soñar es la única defensa”, afirma Leopoldo María Panero.
Lo ha escrito él mismo: "Sólo soy a ratos". Y, es cierto, hay al menos dos Paneros dentro de Leopoldo María Panero: el que se siente solo y el que dice sentirse acompañado "por los gremlims", el que sabe de memoria muchos de sus poemas y los teléfonos de sus editores y el que contesta con un lacónico "no sé", el que no busca más que ser "una persona normal" y el que se considera la reencarnación de Charles Baudelaire, el que pide voluntariamente su ingreso en un sanatorio y el que clama por salir de él.
El día en que tuvo lugar esta conversación, uno de los tantos Paneros posibles acudió a la recepción del hospital psiquiátrico de Las Palmas escuchando en un walkman a Los Chichos -"me gusta la marcha, la pachanga. También Alban Berg y Stockhausen"- y con una bolsa de tela al hombro de la que a lo largo de las horas fue sacando unas gafas de concha, varias cintas y un puñado de libros, entre ellos, un ejemplar del Locus Solus, de Raymond Roussel, otro de las poesías de Emily Dickinson, traducidas por Silvina Ocampo, y el original ajado de Prueba de vida, la particular autobiografía "de la muerte" en la que lleva meses trabajando. Una vez en la sala de visitas del sanatorio, Panero se derrumbó en un sillón y sacó uno de los tres paquetes de cigarrillos que llevaba en el bolsillo de la camisa. Salvo a la hora de la comida, nunca dejaría de fumar. Lo hace compulsivamente, sin solución de continuidad, mientras bebe litros de café y coca-cola. "Hay mucha gente rara en este sanatorio", afirmó nada más llegar. "Esto parece una mezcla entre el Folies Bergère y el infierno de Dante. Estoy deseando marcharme. Aquí no hacen más que torturarme".
P. ¿Lee poesía española? ¿A sus contemporáneos?
R. A Gimferrer y a Félix de Azúa. Pero, sobre todo, el barroco: Góngora, Quevedo no tanto. Juan de Jáuregui, los Argensola, el conde de Villamediana. ¿Del siglo XX? Una gota de Cernuda y una gota de Lorca. De Lorca me gustan sobre todo los Sonetos del amor oscuro, y nada Poeta en Nueva York. De los posteriores me gustan Gil de Biedma y Claudio Rodríguez. No me gusta nada Valente. Murió ¿verdad? Lo que me gusta de verdad es la poesía norteamericana moderna (Cummings, Allan Tate, Marianne Moore...), pero no la poesía beat (Ferlingetti, y todos esos). No me gusta la poesía conversacional. Hay dos líneas en la poesía norteamericana: una que viene de Whitman (coloquial y prosaica) y otra que viene de Poe (esteticista y perfecta). Ésta es la que me interesa a mí.
P. ¿Sigue pensando que la poesía demuestra que la locura existe?
R. Yo seré un monstruo, pero no estoy loco.
P. ¿Por qué dice eso? R. Porque me veo monstruoso. Aplasto los cigarrillos en el suelo, como si fueran niños.
P. ¿Existe, pues, la locura?
R. La locura existe, no así su curación. Al contrario de lo que se piensa, lo malo es el consciente, no el inconsciente. Como decía Rousseau, el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo vuelve monstruoso.
P. Es muy crítico con la psiquiatría.
R. La psiquiatría es una estafa. La psiquiatría delira. Eso lo demostró perfectamente Foucault en su historia de la locura, que es un estudio metodológico de la psiquiatría como delirio. Los manicomios, las cárceles y los cuarteles son lugares de privación de la vida. Los manicomios son el Estado de no-derecho, por eso para mí salir de aquí cada día es como el descendimiento de la cruz. Por la noche vuelven a clavarme.
P. Pero podría marcharse si quisiera.
R. He pedido el alta mil veces. Yo no quiero estar aquí. Nadie se ahorca con sombrero, como decía Gérard de Nerval. Aquí odian el pensamiento, como en toda España. Por eso delirar y soñar es una defensa. Y por eso para "curarte" se empeñan en quitarte las fantasías.
P. ¿Por qué cita constantemente?
R. Para ser escuchado y creído. Y no desoído sistemáticamente, como siempre.
P. ¿Nunca ha escrito un diario?
R. De niño. De pequeño yo era autista, como Einstein, y pensaba que el mundo había sido hecho para mi mal. A los cuatro años, como no sabía escribir, le dictaba poemas a mi madre: "Y mi corazón temblaba / pero era un sueño / y fueron muriendo muchos soldados de la guardia del Rey / pero mi corazón seguía temblando". Eran poemas perfectos, como de Wallace Stevens. A Dámaso Alonso le gustaron mucho. Mis padres estaban aterrorizados.
P. ¿Habla en la autobiografía de su militancia antifranquista?
R. Me metí en el PCE en sexto de bachillerato. Llevaba a casa la cartera llena de libros de estética marxista.
P. ¿Sigue la política? ¿Lee la prensa?
R. Los periódicos en España han tenido que elegir entre la locura y la verdad, y tanto los que han elegido una cosa como la otra han elegido bien, porque las dos se parecen mucho. ¿Qué es la verdad? Ésa es la pregunta de Pilatos en la Biblia, que es el libro sagrado de los españoles que no lo han leído. El único malestar en la cultura y la única revolución posible es la de la locura, que debiera ser un cambio y no un trastorno en la percepción.
P. ¿Usted tiene miedo de envejecer?
R. No me da miedo, pero no me gusta nada. Un joven piensa como un dios, un viejo, como un miserable. Aunque la juventud, lo dice Villon citando el Eclesiastés, no es más que abuso e ignorancia.
P. ¿Cree que se aprende algo con la edad?
R. Como decía Hegel, la única conciencia posible de la vida es la conciencia del mal de la vida.
Recluido en el psiquiátrico de Las Palmas, el poetamadrileño, que acaba de publicar su Poesía completay dos nuevos libros, habla de literatura, política, psiquiatría y de la autobiografía en la que trabaja.
Texto: JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

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