jueves, 2 de junio de 2005

Preestreno de W.C., de ENIO MEJÍA

Junio en Madrid. El cielo está primaveralmente anubarrado. Un torrente de piel encendida inunda las aceras. Camino confiado y curioso, y sin embargo algo nervioso, a mi primer preestreno cinematográfico. Estrena película Enio Mejía, hombre alto, moreno, suave de carácter, fuerte de talento, con la cabeza bien organizada. Es intérprete de destinos. Debe de llevar en las manos algún don mágico, algo inexcrutable, ese no sé qué que tienen algunas personas que les hace especiales. Los pájaros viven plenamente en su burbuja de vuelo. Estaré muy bien acompañado. El largo atardecer es un clamor teñido de rojo.
Por fin llego al cine, en Chamberí (después de la caña de rigor, obligada en ese barrio). Un fragor de nombres se agolpa para disfrutar del estreno. Un reguero de luz encerada nos espera en la puerta. Saludos, comentarios, risas. Los autores atentos, cercanos, diríase que algo tímidos.
Ya en el cine, un enjambre de ojos mira la pantalla. Vemos la película: la calle en un cuarto de baño. Sexo intenso y variado, violencia cotidiana, pasión, narcisismo, costumbrismo moderno, gentes naufragadas, gentes al borde de la tristeza, gentes ardientes y gentes frívolas, gentes sencillas. Lo que ve el espejo de un cuarto de baño en un hotel de la playa. Los personajes se miran en el espejo y dibujan en su reflejo sus historias, sus sueños, sus pecados. En esta idea se justifica la cámara fija, inmóvil. Gusta mucho la interpretación de las chicas de la limpieza (Teresa, Anamari). Al final de la peli, fuertes aplausos sentidos, ha gustado.
Salimos a la noche cerrada. Miro, descaradamente, a los demás espectadores y los veo/imagino en sus baños. Ay, ese misterioso secreto del baño. La intimidad cotidiana es lo que me (¿nos?) suscita más curiosidad. Me intriga más lo que hace cierta vecina (he dicho cierta, no cualquier vecina) en la intimidad que todo eso de La Guerra de las Galaxias. Parafraseando aquello de que todos somos iguales ante la ley, sí, pero algunos somos/(o son) más iguales que otros, quizá todos seamos también muy parecidos en un W.C., aunque, posiblemente, unos sean más parecidos que otros. De ahí el deseo de ver, de imaginar.
En esta película no hay ningún héroe, pero hay un espejo. Éste es el que diferencia a W.C. de La Soga o de otras propuestas o hipótesis de cámara fija. El espejo (ese gran voyeur). A primera vista sería un narrador objetivo, indiferente, "invisible". Y muy paciente. Pero también podríamos pensar que estamos ante una especie de modernas meninas en un baño: de alguna manera, el retratado, cada retratado, es el narrador de su historia. ¿Actuamos, nos interpretamos también en la intimidad del baño?.
Y nos seguimos preguntando, borgesianamente: ¿tendrán memoria los espejos, quedarán grabados en los espejos las luces, las sombras, las figuras, los vacíos, los espasmos, el cansancio, la rígida repetición de inercias, ciertos automatismos inanes, el brillo salvaje de una mirada enamorada, o desesperada, o inocente, o vulgarmente criminal?
Quizá esta película merezca un continuación (o varias). Podríamos ver, en la calle, en sus casas, en sus domingos, en sus noches, cómo se cruzan, o no, las vidas de esta colmena de almas atrapadas en el espejo de un motel de carretera.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Si te has acostado a las seis ¿cuándo te ha dado tiempo a escribir este hermoso comentario?. Un ambiente estupendo y una película para ser vista.

Nicho dijo...

Oye, que llevo levantado desde los ocho.

Anónimo dijo...

Bellísimo comentario.

Responsables de WC dijo...

En nombre del equipo de WC, gracias por tan hermosa crítica. Con tu permiso la incorporamos a las que se han hecho de la película en cualquier medio de comunicación.

Lynwood Gostomski dijo...

It''s quite impressive.