jueves, 23 de junio de 2005

RODNEY

Era alto, corpulento, ligeramente desgarbado; caminaba con la vista siempre fija en el suelo y como a trompicones, escorado a la derecha, con un hombro más elevado que el otro, cosa que dotaba a su paso de una inestabilidad bamboleante de paquidermo a punto de desmoronarse. Tenía el pelo largo, espeso y rubicundo, y una cara recia y ancha, de piel levemente rojiza y facciones como esculpidas en el cráneo: la barbilla dura, los pómulos prominentes, la nariz escarpada y la boca burlona o despectiva, que al abrirse mostraba una doble hilera de dientes desiguales, de color casi ocre, bastante deteriorados. Padecía de fotofobia en uno de sus ojos, lo que le obligaba a protegerlo del contacto con el sol cegándolo con un parche de tela negra sujeto con una cita a la cabeza, un pegote que le infundía un aire de excombatiente no desmentido por su andar trompicado ni por su averiada figura.

De la novela "La velocidad de la luz", de JAVIER CERCAS.

1 comentario:

El pez dijo...

Si un día hablas con CERONE, dile que está sublimándose con sus últimos aportes a su guía de costumbres y buenos modos. Cuidadín con los pies en el metro.