miércoles, 15 de junio de 2005

TAL ESCRIBES, ASÍ MORIRÁS (II), de Julio CERÓN. (15 de diciembre de 1988, una Tercera de ABC)

El estilo debe ser destruido, como Roma de haber sido Catón del otro bando. Y es doctrina constante en quien esto apresuradamente escribe opinar con fundamento que nuestra lengua y señora se singulariza en esto, por cuanto es la que más sensible es al estilo. Vale decir: impone a sus cultores o devotos el terrorismo de los finos modales por escrito. Te obliga, sin darte cuenta casi tú, a hacer bonito. De ahí que sea tan dificultoso filosofar en castellano, lo haya sido, será. (En francés conocemos algún caso de ser filosofal coartado parecidamente por ese pujo, prurito. Y fue Camus. Pascal es asunto diferente: purísimo por su estilo, en cada frase de él presente excelentísimamente, pero, ya digo, es distinto en el sentido de por cuanto, fuera aposta o venturosa para nosotros vicisitud, han quedado sobre todo sus puntos redondos, textiles suyos que eran notas, aforismos, hilvanes). (Recordando a este respecto la tesis de servidor [yo] y es esta: la superioridad de aforismo, de la sentencia corta y de otros textos por el estilo es que, por su misma naturaleza [brevedad], no cabe en ellos el estilo. No hay estilo posible si las unidades que componen la frase, la cual escribes –pocas por muy largo que te salga el aforismo-, son pocas.)

Intercalo esta otra tesis reciente de servidor (servidor, mon oeil!), como reciente es la máquina de escribir electrónica, ojo que pienso en la pequeña, de dos quilos a lo sumo, la cual puedes llevar a la cama, usarla en el autobús, el tren, tumbado en la playa, la cama, el diván. O sea: no la perfección suma de la computadora con todo aquello de la pantallaza que hace las veces de papel. Sino, repito, la más simple, la que te permite escribir como ahora escribo, sin meter papel sino viendo tan solo, de lo que vas escribiendo (tercer folio que empiezo), contadas letras deslizarse en una como mirilla –“pantalla” ni siquiera “del pobre”-, que las letras se van corriendo hacia la izquierda y ya no puedes ver cómo te empezaba la frase del momento, y una vez he escrito un texto en trance de juego limpio, porque todo lo que es corregir, pulir y masuñar, toquetear, vicio resulta ser, fraude para el lector que no puede saber cómo discurre su autor, la musa en él opera, ya que luego el muy sinvergüenza lo ha modificado y cambiado, y en ese texto que digo nada fue nunca después por mí añadido –salvando errores de tecleo o de falta de atención a la mirilla- y de acuerdo con que salió un texto flojo; honrado por lo menos, no se puede negar. Que este de ahora no es lo mismo: al poner luego la máquina en la función de transcripción pienso mejorar, repuntuar; amañar, en suma. Segunda vez que, por cierto, no viene a lo mejor mal meter ahora esto cuyo me enteré hace poco y se me cayó el alma al suelo: un erudito de aquellos que viven de otros, proxenetismo a él sometido todo autor si acaba siendo notorio o de fama, los tales lucirse a expensas suyas buscan y para ello recurren al análisis, el estudio, la glosa, el desmenuzamiento, y el que digo una vez lo vi en televisión exhibir más chulo que un ocho manuscritos del llorado Proust y hasta había una página que con sus pegotes inacabable medía casi un metro, y de paso nos explicaba el precito que “Long-temps je me suis couché de bonne heure” no había sido frase de “premier jet” en Proust, sino que de ella se conservan tachaduras a partir de la primera, la cual ni remotamente: “acostarse” y no salía, “pronto” tampoco; frase otra que se le ocurrió de entrada hasta acabar en esa tan bonita. Hasta treinta y cuatro versiones previas, y yo respetando como respeto a Proust, venerándolo incluso tanto o más que usted, comento: catástrofe y desilusión. (Y ni siquiera insistiré en la agravante de que la frase lleva built-in “de bonne heure”.) Siendo seguirá grande Proust, pero nada entre nosotros dos ya como antes.

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