jueves, 29 de diciembre de 2005

Llegue puntual a sus citas amorosas, evite los atascos madrileños, sea feliz en el 2006

PARÁBOLA PARA LLORAR

Érase una vez un país por cuyas carreteras se circulaba sin distinción de carril. Un buen día, Pérez propuso en un artículo que, para disminuir los accidentes mortales de circulación, se hiciera como en todos los demás países: asignar un carril a los vehículos que van y otro a los que vienen.
La mayoría se rió y mofó. (Llegaron a escribir que "los de este país somos muy machos, y el ir cada uno por su carril, protegido de los coches que vienen de frente por una línea de separación, es cosa de cobardes y afeminados").
Pero lo más impresionante fue la reacción de gente cultivada, de especialistas incluso de la circulación. Los cuales: "Eso de implantar carriles es una tontería. Para bajar la mortalidad en carretera, lo que procede es limitar la velocidad, sancionar la alcoholemia". En vano redargüía el pobre Pérez: "Completamente de acuerdo. Pero antes está el presupuesto obvio, el principio intrínseco: un carril para los que van y otro para los que vienen. Con esta diferencia esencial la limitación de la velocidad o el cinturón de seguridad implican una obligación que se impone, mientras que lo de circular cada uno por su carril es cuestión de puro instinto".
Julio Cerón

miércoles, 28 de diciembre de 2005

UNA REINVENCIÓN DEL ARGUMENTO ORNITOLÓGICO, de Pablo Cerone

NECROLÓGICA

Esta primera parte está tomada del blog de Arcadi Espada:
Al final de un largo invierno leí el Painter, que con ese artículo (propio de diva) le llamábamos. Durante el año anterior habían caído uno detrás de otro, metódicamente, los volúmenes de la Recherche, en las inciertas traducciones de Salinas y Berges. Cuando acabé la biografía me dije, con mi habitual temperamento, que escribir la Recherche había valido la pena: ¡honor y larga vida a Proust, que había hecho posible su Painter! Mi fascinación por la biografía se había desencadenado a partir de las últimas e inolvidables palabras del prólogo: “También he recordado, tras un lapso de veintidós años, a R.B., y la profunda pregunta que ella me formuló: “¿Quién es Swann?”. Yo acaba de leer la Recherche y era también mi pregunta. Acabé muy rápidamente, demasiado rápidamente, tanto era el placer, los dos volúmenes de la biografía, en la edición de Alianza. Comprobé por vez primera cómo una vida declinaba en literatura, y hoy creo, como entonces, que no hay observación literaria más fascinante. Painter me pareció un hombre de cualidades sobrehumanas. Lo que ha dejado dicho, exactamente, una Sylvia Townsend Warner en la necrología de The Independent: “A kind of infra-red intelligence, invisible but powerful”. Infrarrojos, la luz del biógrafo. Con el Painter aprendí también el sentido profundo de la expresión, hoy aire de eslogan parfumer, “la aventura de una vida”. El biógrafo había conseguido dar fe de las vueltas de un hombre por su habitación, sin más sobresaltos que sus visitas a la portería o a los salones, arriesgándose por el París bajo cero. Esto había sido todo. Y, sin embargo, la tensión de su escritura era frecuentemente insoportable. El descubrimiento de la sonata de Vinteuil. Painter ha muerto el 8, en Sussex. Hasta hoy no trae un diario español pálida noticia de quién fue. Ni rastro en los diarios franceses. Escasísimo en los blogs. Internet no ve más allá de sus narices.
----------------------------------------------------
George Painter, escritor
Su gran obra fue la biografía de Marcel Proust
George Painter nació el 5 de junio de 1914 en Birmingham, Inglaterra. Fue escritor y bibliógrafo. Su gran obra fue una completa biografía del escritor francés Marcel Proust. También escribió las biografías de André Gide y de Chateubriand. Murió el 8 de diciembre de 2005.
EL PAÍS - Gente - 27-12-2005
George Painter, escritor, bibliógrafo, biógrafo de Marcel Proust y de Chateaubriand, murió el 8 de diciembre de 2005 en el condado inglés de Sussex.
Cuando apareció en España la traducción de la biografía monumental que hizo el escritor inglés George Painter de Marcel Proust, muchos proustianos españoles pudieron prolongar el placer de haber leído En busca del tiempo perdido, una de las grandes obras literarias del siglo XX. Su autor, en la mejor tradición anglosajona, fue capaz de reproducir la vida del escritor añadiéndola a la propia significación de su literatura. Una biografía que también contenía el placer de las novelas.
Painter publicó originalmente en dos volúmenes esta biografía. El primer volumen apareció a finales de los años cincuenta, y el segundo se editó en 1965. Recibió premios y aclamación universal. En España, esta biografía fue editada en 1972 en dos volúmenes sucesivos de la colección de Bolsillo de Alianza Editorial.
Ahora ha muerto Painter en Inglaterra, a los 91 años, después de haber desarrollado una fructífera labor como especialista en incunables en el Museo Británico y como autor de otras biografías, entre ellas, la de William Caxton, el comerciante que llevó la imprenta a las islas Británicas, y la de Chateaubriand.
La biografía de Proust fue la gran obra de Painter; fue aclamada como un trabajo magistral y nunca ha dejado de estar en las librerías desde su primera aparición.
La fama internacional de Painter se debe a esa minuciosa reconstrucción de la vida de Proust. Pero en las islas alcanzó notoriedad como latinista y como estudioso de los avances de la imprenta, pasión que le llevó a hacer la biografía de Caxton.
Nació el 5 de junio de 1914 en Birmingham, Inglaterra. Hasta 1974 tuvo a su cargo en el Museo Británico el impresionante catálogo de los libros del siglo XV, sobre los que hizo importantes aportaciones y estudios.
Emparentado en cierto modo en su manera minuciosa de acopiar documentación con el propio carácter de Proust, fue también un hombre extremadamente marcado por sus aficiones domésticas; fue jardinero y músico, además de poeta.
Antes de dedicarse a Marcel Proust, se fijó en André Gide, de quien fue traductor y también biógrafo. Llegó a Proust traduciendo su correspondencia, y luego se embarcó en la obra que le consagró como el hombre capaz de encontrar en la obra la consecuencia de la vida de sus biografiados, en la mejor tradición de los grandes biógrafos anglosajones.-

jueves, 22 de diciembre de 2005

EL TÍTULO ES UNA VANIDAD

La escritura es una vanidad, la política es una vanidad, los empinados negocios, vaciedad de vanidades. La crítica sutil, el maduro enjuiciamiento, el comentario de la realidad y la propia realidad, ¿qué son sino vanidad? La fundación de una familia es vanidad. Te mimarán en tu agonía, vanidad. Paraderos de la muerte son vanidad; varadero del cadáver, vanidad y más vanidad. No testéis.
Vanidad del infinito y del instante. Torre, pozo o estadio, el tiempo rezuma vanidad. El amor no es sino amor propio de muy buen disfraz, vanidad; a cuerpo gentil el odio, vanidad. El vivir retirado es una vanidad y la vida en el candelero es vanidad mayor. La satisfacción y desahogo que trae consigo escribir de vanidad, consigo vanidad.
Querer seguir siendo no es menos vanidad que querer dejar de ser, y el fracaso monta tanto como el triunfo en punto a vanidad. Porque la alegría es una vanidad y la tristeza es una vanidad. Que te lean es vanidad, que no te lean es reventar de vanidad. Coleccionar y atesorar, vanidad de Onán. Despilfarrar, vanidad a los ojos de Onán. El orden es una vanidad y el caos es una vanidad. La firma es una vanidad. ¿La lucidez? Vanidad.
Lujo CIERNO
¡El silencio es vanidad!

miércoles, 21 de diciembre de 2005

acariciando
los espejos espléndidos
tu pelo rubio

martes, 20 de diciembre de 2005

El camino

"Hay metas; lo que no hay son caminos. Llamamos caminos a nuestras vacilaciones." Franz Kafka.
(Cortesía de Luis Bardamu)
"El Camino" 1997. Luis MARSANS

"Acarreteras apaisadas para las amotos" 2005. Fijaciones

Postpost: con el permiso del gran Ojo.

domingo, 18 de diciembre de 2005

Contra la arbitrariedad

Gonzalo Correas, extremeño insigne, se rebeló con gallardía y erudición contra el orden (alfabético) establecido. En su Arte de la lengua española castellana (1625) dejó escrito: "Las letras de este Abecé -se refería al que todos conocemos, no al suyo salvador- y las de todos los alfabetos de las lenguas y naciones del mundo, están sin orden ni concierto de lugar y procedencia, sino echadas y arrojadas unas acá y otras allá, como acaso calleron sin consideración ni razón alguna".
No pudiendo soportar semejante afrenta, justificó y elaboró un orden nuevo, en el que todos los siglos, los pasados y los venideros, se pudiesen mirar y ad/mirar. A partir de entonces todo podría haber sido más fácil, pero el hombre es un ser indómito, un animal de costumbres (no hay contradicción en ello, astuto lector).
¡Ay, si le hubiésemos hecho caso a este buen erudito!

El orden alfabético que utilizó Correas en el Vokabulario de refranes (1627) no respondía a un capricho pasajero, sino a una decisión meditada que explica en esta Ortografía kastellana nueva i perfeta: las letras se dividen en varias clases, a la primera pertenecen las cinco vocales, a, e, i, o, u, y son las primeras del abecedario porque son las más nobles; a la segunda clase pertenecen r, l, n, s, z, x, d, que Correas llama finales porque son las que pueden utilizarse a final de sílaba y de palabra, pudiéndose pronunciar alguna de ellas sin vocal que la acompañe (fueron llamadas semivocales por los griegos y latinos), razones por las que deben ir antes del resto de las consonantes; a la tercera clase pertenecen f, g, b, k, p, t, v, llamadas liquidantes por Correas ya que pueden combinarse con las líquidas del grupo anterior; y a la cuarta clase pertenecen m, rr, ch, ll, ñ, y h, que no se pueden pronunciar sino delante de vocal, por lo que las llama antevocales.

jueves, 15 de diciembre de 2005

ATRÉVETE A PENSAR LO QUE PIENSAS (Julián Marías)

Chesterton y la leptopimelomaquia

Calicles: Está muy bien ser delgado en la medida en que se está creciendo y no es por tanto una vergüenza mostrarse escueto de carnes mientras se es joven; pero, si cuando uno es ya hombre de edad sigue siendo delgado, el hecho resulta ridículo, Sócrates, y yo experimento la misma impresión ante los que no han engordado que ante los que pronuncian mal o juguetean. Viendo a un joven delgado me complazco, me parece adecuado y considero que este hombre es un ser libre. Pero, en cambio, cuando veo a un hombre de edad que no ha ganado peso y sigue empeñado en mantenerse esbelto, creo, oh Sócrates, que este hombre debe ser azotado.

Platón, Gorgias

martes, 13 de diciembre de 2005

lunes, 12 de diciembre de 2005

"A NIVEL DE SANCTUM CELESTIAL"

Yo ante el comando de Bellas Artes que, la noche pasada, fue a casa de la una, entró subrepticiamente en ella, sacó los abrigos de piel del armario frigorífico donde colgaban, salió sigilosamente de la casa, cargó los abrigos en su furgoneta, fue a casa de la otra, entró subrepticiamente en ella, metió en esa caseta calorífica de la otra los abrigos procedentes del armario frigorífico de la una, salió sigilosamente de la casa, cargó al perro en su furgoneta, volvió a casa de la una, entró, metió al perro en el frigorífico y se fue, me inclino.
Julio Cerón

sábado, 10 de diciembre de 2005

sábado, 3 de diciembre de 2005

LA TÍA ALGADEFINA, de Francisco Umbral

Me gustaba sacar de debajo de la cama su pajarería de zapatos ligeros y esbeltos, siempre zapatos de verano, como si viviéramos en un perpetuo verano que le permitía a ella las sandalias de oro o el caminar descalza por los parques de fuego y aves de la ciudad
Venía de los figurines y los estamparios, venía de las crónicas de sociedad y los bailes del Ritz. Puedo ver su rostro casi infantil, su sonrisa de niña, su pelo corto y algo como unas alas, una nube o un tiempo sepia que la seguía o la antecedía y que sin duda era la emanación de su época, la temperatura de sus años. Estaba en una gran foto de aquéllas que entonces a los fotógrafos les salían ovaladas, como poniendo ya al personaje el óvalo de lo que hoy llamamos carisma. Venía de una primavera irrepetible, de unos novios fugaces que no servían para nada, de unos amores inocentes de media tarde que sólo conducían a perder un guante y llegar un poco retrasada a la cena.Puedo verla en una mañana de domingo, alborotando la casa con sus prisas por salir a la vida y su risa cuyo secreto no digo. Era la hermana menor de mi madre y hoy pienso que bien pudiera haber sido mi novia o mi prima, más que mi tía, pues estaba hecha de la impaciencia de todas las primas y la fragancia de todas las novias, pero las familias suelen salir muy barajadas y a la tía Algadefina le tocó de tía mía, con sus pamelas cortas, sus ojos de soltera y su prisa vertiginosa, alegre y triste, hacia no se sabía dónde.Su nicho de niña virgen lo tenía en la alcoba italiana, alcoba de cristales floreados y luz de reflejos que llegaban de otras fachadas al piso alto de aquella casa. Alguna vez, estando ella fuera, estando yo solo en casa, con las anginas y la fiebre de los amores mal llevados, me levantaba de la cama e iba descalzo, cruzando el pasillo, hasta la alcoba de la tía Algadefina para oler sus vestidos, que cada uno olía a un verano diferente, para oler sus frascos, todos fechados en París y llenos de un color que era el de los ojos de Algade- fina. Me gustaba moverme por aquella habitación estrecha y alegre de sabores, como el sabor del mediodía, pero triste de sombras inoportunas que sólo mucho más tarde podría explicarme.La tía Algadefina nunca supe qué estudiaba pero tenía mucha cara de estudiar esas cosas ligeras y alegres que luego se llamaron alta costura, decoración y cosas así. Toda la época de ella, que se me escapaba y no era la mía, hacía dibujos en las paredes de un verde populoso, y esos dibujos eran como el diario íntimo de una mujer que se estaba haciendo allí, en su nido femenino, y dejaba imágenes de todo como una heroína de las películas mudas que ella veía. Aquella alcoba italiana era un cine mudo por donde pasaba a grandes o pequeñas zancadas la película con música y sin palabras de una adolescencia que iba cobrando peligrosamente las formas pecadoras de una mujer.Me gustaba sacar de debajo de la cama su pajarería de zapatos ligeros y esbeltos, siempre zapatos de verano, como si viviéramos en un perpetuo verano que le permitía a ella las sandalias de oro o el caminar descalza por los parques de fuego y aves de la ciudad. Debo confesar que también me gustaba el olor de aquel calzado y que metía allí la nariz como en una rosa con tacón de avispa, y quizá todo ello supusiese que yo estaba enamorado de la tía Algadefina, pero me temo que más bien estaba inventándome la novela corta de un amor incestuoso e imposible por tantas cosas. Hoy me hubiera bastado con eso pero entonces me parecía atroz y me hacía un poco maldito, de modo que volví a meter los zapatos debajo de la cama, revueltos como estaban, y volvía a mi cuarto descalzo, con las anginas agravadas, el bofetón de la fiebre en las mejillas y el corazón desproporcionado.Así la vi, así la recuerdo, así era ella, de tales sitios venía, tales zapatos había usado para caminar el mar o la montaña y así puedo evocarla ahora, más graciosa que perfecta, más ruidosa que alegre, enferma, y así la recuerdo, ausente, porque viva nunca la vi.