miércoles, 25 de enero de 2006

MALA SANGRE, de Arthur Rimbaud

Tengo de mis antepasados galos el ojo azul pálido, el cerebro
estrecho y la torpeza en la lucha. Hallo mi vestimenta tan bárbara
como la suya. Pero yo no me unto la cabellera con manteca.
Los galos eran los desolladores de animales, los quemadores
de hierba más ineptos de su tiempo.
De ellos tengo: la idolatría y el amor al sacrilegio; — ¡oh!
todos los vicios, cólera, lujuria— magnífica, la lujuria; —en
especial, mentira y pereza.
Me espantan todos los oficios. Maestros y obreros, todos
campesinos, innobles. La mano de pluma vale igual que la
mano de arado.— ¡Qué siglo de manos! — Nunca tendré mi
mano. Luego, la domesticidad conduce demasiado lejos. La
honradez de la mendicidad me desconsuela. Los criminales
repugnan como castrados: yo estoy intacto, y me da lo mismo.
Pero, ¿quién me hizo tan pérfida la lengua, que hasta aquí
haya guiado, salvaguardándola, mi pereza? Sin servirme para
vivir ni siquiera del cuerpo, y más ocioso que el sapo, he vivido
por todas partes. No hay familia de Europa que yo no conozca.
— Me refiero a familias como la mía, que se lo deben
todo a la Declaración de Derechos del Hombre. — ¡He conocido
a todos los niños bien!

Una temporada en el infierno, traducción de Ramón Buenaventura.

2 comentarios:

Aura dijo...

Señor Rimbaud, presteme usted su mala sangre y su juventud eterna, sí, esa juventud de conservarse siempre curioso. Y prestemela usted por mucho tiempo...

Rain dijo...

Nicho , esta traducción tiene un ritmo , un frenesí...

Un gran obsequio tuyo.

El ángel vengador que era Rimbaud escribía con la febrilidad de los genios.