miércoles, 25 de enero de 2006

MUERTE SÚBITA, de Javier Marías

Intoxicación por mariscos, un cigarrillo encendido cuando la persona va quedándose dormida y que prende en las sábanas o, aún peor, en una manta de lana; un resbalón en la ducha - la nuca -, la puerta del cuarto de baño cerrada con llave; un rayo que parte en dos un árbol plantado en una amplia avenida, un árbol que, al caer, aplasta o corta la cabeza de un transeúnte que, posiblemente, es un extranjero; morir con los calcetines puestos, o en la peluquería, llevando todavía una amplia bata, o en un burdel o en el sillón del dentista; o comiendo pescado, atragantado por una espina, ahogándose hasta morir como un niño cuya madre no está ahí para salvarlo metiendo un dedo en la garganta; o morir en pleno afeitado, con una mejilla todavía cubierta de espuma, a medio afeitar para siempre, a no ser que alguien se dé cuenta y finalice la tarea por pura piedad estética; por no hablar de los momentos más innobles y ocultos de la vida, ésos que la gente rara vez menciona una vez salidos de la adolescencia, simplemente porque ya no tienen una excusa para hacerlo, aunque, naturalmente, nunca faltan quienes insisten en hacer bromas con ellos, bromas que nunca son divertidas.
Tomado de "Mañana en la batalla piensa en mí".
Addenda: SUICIDIO SÚBITO, del mismo autor, pero ahora de su novela "Corazón tan blanco".
Yo no quería saberlo, pero desde entonces ha llegado a mi conocimiento que una de las muchachas, cuando ya no lo era y no hacía mucho que había regresado de su luna de miel, entró en el cuarto de baño, se detuvo ante el espejo, se desabrochó la blusa, se quitó el sujetador y apuntó a su corazón el arma de su propio padre, quien, en ese momento, se hallaba en el cuarto de estar de la casa con otros miembros de la familia y tres invitados. Cuando oyeron el disparo, unos cinco minutos después de que la muchacha se hubiera levantado de la mesa, su padre no se levantó inmediatamente sino que se quedó allí durante unos pocos segundos, paralizado, con la boca llena de comida, sin atreverse a masticarla ni a tragarla, menos aún a escupirla en su plato; y cuando, por fin, se levantó y corrió hacia el cuarto de baño, quienes le siguieron advirtieron que, cuando descubrió el cuerpo salpicado por la sangre de su hija y agarró la cabeza con sus manos, siguió pasando el bocado de carne de un carrillo al otro, sin saber todavía qué hacer con él.

4 comentarios:

Jon Mikel Altuna dijo...

Ámbas novelas estan repletas de elementos comunes aunque a mi, personalmente me gusta más "Mañana en la batalla..." Eso sí, la primera frase de "Corazón tan blanco" es insuperable: "No he querido saber pero he sabido..." ahora estoy con "Negra espalda del tiempo", siempre llevo algo de retraso pero tempus fugit, ya sabes. Un abrazo.

Rain dijo...

Esos contrapuntos excelentes.

Imágenes fuertes.


***


Gratísimo salute Nicho.

Nicho dijo...

Igualmente, Vir.
Jon Mikel: me parece que las novelas de Marías forman parte de un mismo libro o proyecto. Yo le he empezado a leer ya tarde, hace tres años, y estoy enganchado, no lo puedo evitar. Pero de todo lo que he leído, lo mejor, sin duda, es lo que sucede en la discoteca en la segunda parte de "Tu rostro mañana" y sobre todo el episodio de la espada lansquenete (recuerda a "Kill Bill", pero mejor). Un saludo.

El pez dijo...

Javier Marías es un maestro empezando novelas. Fantástico momento con los carrillos a medio mascar.