miércoles, 8 de febrero de 2006

MI PRIMERA VISTA DE MADRID, de Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez en 1902

Me esperaban caras ya vistas en fotografías unas, absurdamente nuevas otras, Salvador Rueda, Francisco Villaespesa, Julio Pellicer, Bernardo G. de Candamo, no recuerdo quién más. Nos metimos todos en mojado, un ómnibus yerto, que arrancó trepidante y cuyo traqueteo estallador contra los adoquines dominábamos a gritos falsos o verdaderos. Mi primera vista de Madrid interno fue la ensabanada estatua de Moyano. Feo. Luego vi las torres de pizarra en el cielo cerrado. Más feo. Luego, las escaleras oscuras de madera fregada. Feísimo. Bruma íntima, asco amargo, abierta melancolía, deseo de volverme en el ómnibus mismo a Moguer de mármol, rejas verdes, cal, tejas amarillas con flores, sol rubio en todo, bellísimo... Pero llegamos también a la casa donde yo viví aquellos meses de estraña primavera empezada en Andalucía, retraída en la Mancha, cambiada de pronto en Aranjuez, anulada, sepultada, olvidada en Madrid. Mayor, 16, piso último, amable familia granadina. El almuerzo olía, pero yo no me hice cargo. Villaespesa, acabando todos de subir los 200 escalones, me pidió que le leyera "en el acto" mis versos; y sin preocuparme de otra cosa, sin ver ya nada ni a nadie, bajamos los dos los 200 escalones, entramos en el café que había en la misma casa, y allí, mientras no sé si tomábamos no sé qué, le leí todos mis versos, mi profuso libro Nubes sentimental, colorista, anarquista y modernista, de todo un poco ¡ay! mucho. LLovía largo fuera; dentro, humo plomo, férreo estrépito diferente. Yo, en ninguna parte. Cuando quise almorzar, cené.

4 comentarios:

Aura dijo...

Así nos parece muchas veces nuestro amor la primera vez que lo vemos, cuando nos enamoramos, como esa ciudad inhóspita que nos acoge por primera vez y que nos asusta.
Viejos paraísos perdidos, ¿donde quedan?

Besos Nicho.

El pez dijo...

Ayer me invitaron a la Asociación Amigos de la Gran Vía. El gran Alfredo Amestoy hizo de maestro de ceremonias y nos presentó a los responsables de empresas ubicadas en la Gran Vía madrileña. Me sorprendió el cariño que se puede tener a una calle de una ciudad aparentemente inhóspita al primer mordisco.

Madrid no es otra cosa que la gente que vive en ella: los grandes recuerdos de Madrid no están nunca en las cosas, en los espacios o los edificios, están en las personas. Si París tiene su torre y Londres su reloj, Madrid tiene a 4.000.000 de personas dispuestas a que no les olvides jamás

Nicho dijo...

Al poeta Jiménez Madrid le pareció inhóspito cuando se dió cuenta que aquí no podía vivir con su burro.

De todas formas, la antipatía de Madrid le pone de mala leche, y este hombre, en ese estado de ánimo, escribía majestuosamente. La prosa del poeta es insuperable: no se puede escribir mejor en castellano: "mientras no sé si tomábamos no sé qué"

Rain dijo...

Madrid lejana, Madrid cercana del poeta.

Las ciudades nutridas de recuerdos y de acciones del presente que se difumina...y nosotros emebebidos en sus vorágines nos tomamos un tiempo para soñarlas.