jueves, 2 de febrero de 2006

SENOS


"Este libro está escrito en plena videncia juvenil, por lo que al releerle, después de toda la experiencia acumulada, creo que hice lo que debí hacer cantando a pleno cantar la belleza indecible de los senos, lo que más suavemente eleva a la mujer sobre la bestia, pues solo la esfinge se ha atrevido a tener senos como ella.
Lo mórbido que palpita y siente, lo mórbido que puede hablar de lo que experimenta, es lo supremo de lo supremo: el salmismo del ensalmo sumo.
Quizá por eso el segundo libro que publiqué casi en la infancia se llamó Morbideces y, siendo un libro de confidencias espirituales, se amparó de ese título porque ya había en él barruntos de la idealidad de los senos, cuya palabra cumbre no me atreví a escribir sinceramente sino años después.
Dignificadores del deseo, son ellos la consecución mas importante de las que alientan la vida.

Desde luego, necesitaban para ellos solos un Cantar de los cantares que trasluciese la obsesión más decantada del joven, la indeshinchada ilusión del hombre aun en su vejez, siendo por eso por lo que en las casas más hipócritas se eligió el cuadro en que el anciano mártir, condenado al hambre en la cárcel, se acucia en los senos de su hija.

En los senos se guarece el alma femenina, y quien asciende en un afán sólo hasta ellos, irá a la mujer con un romanticismo que podrá ser duradera galantería y fiel cortesía en el trato hasta la muerte.
Intenté almibarar y acicalar el estilo como los místicos, pero sin mentir el desasosiego juvenil que será eterno en el mundo.

Sé que estuve alumbrado por el fervor global de una luz potente y que no sentí arrepentimiento mientras escribía mis letanías, pues trazaba palabras consagrativas al Arte y la Vida.
Sinceras oraciones de un afán que sigue vivo en mí, pues creo que, si se establece contacto real con la metafísica, es sólo gracias a ellos, que en plena realidad siempre son irreales.
La salud de la rectitud de los sentimientos varoniles está en la superación de su idea, pues sólo gracias a los senos se eleva sobre la pornografía.
Lo paradisiaco, lo inlogrado, lo que revela la ilusión, lo que hace que el hombre se revuelva contra lo efímero, lo que permite que sienta una caricia del alma en el alma, está en los misteriosos senos, en que se supera la delicadeza de la materia manteniendo intacto su secreto.

Yo bien sé que si rehiciese ahora este libro lo llenaría de más verbosidad, encontraría más extraños matices, pero al mismo tiempo debilitaría aquel ardimiento que me hizo tirar por el camino de en medio, por el camino peligroso de la vía láctea. Con abrasadora sed juvenil y con una fe en la mujer que nunca perdí, sorbía en el cuenco de mi mano la forma del agua que se desvanece al instante por los resquicios de ese cuenco entreabierto que es la mano. ¡Sólo somos pobres escultores de agua!
Es un libro orientador como señal del camino en el que está el nombre y las señales del pueblo del tesoro.

Significan cerca del pensamiento lo divino sensible y basta que esté señalado su sitio por el botón femenino para que sean esenciales.
Son el dorado tirador glorioso que da a la habitación en que se reúne la vida y la muerte.
Ser el dominador de unos bellos y sensibles senos es más que tener genio.
Arpegios materializados, señal anticipada de la felicidad, es el único anclaje sensorial con el más allá paradisíaco. Todo el estilo del lenguaje se pronuncia ante ellos y muere inútil, pues si vuelan son como una sombra.
Son del más puro lirismo interno y son la única mano con que nos quiere salvar la naturaleza de la anonadación total, las únicas boyas flotantes cuando nos vamos a la deriva.
No podían escaparse por eso a la especulación de la palabra holgada y libre.
El horror de los celos a su desamor, es como el que toma el ave a los huevos que empolla cuando alguien los ha tocado en el nido.
Son como la cúpula vista desde fuera, la umbela secreta, el floripondio anatómico, lo que ya esta muerto y, sin embargo, vive.

Toda la danza, lo mas fino de ella, son unos senos bailarines.
Renoir ya lo dijo rotundamente: "Si no hubiese tetas, yo no pintaría".
Cuando los poetas aluden a la muerte la llaman "la sin senos".
Nadie más que el genial Creador podía escultorizar tan suaves quimeras.
Los senos son los salvavidas de la muerte. Sólo agarrándonos a un seno nos podremos salvar.
Ese algo que cae lento pero pesado es la comprobación de la dulzura de la materia, de lo que está más allá de lo sensual, lo sensorio.
Lorca supone "los dorados senos de las cubanas" y los "senos de cristal arañado" de las rameras.
He llegado a suponer que las guerras, las revoluciones, la política, toda violencia que se hace la disimulada, sólo trata de cobrar unos senos en el botín final de su victoria.

Los senos rubios de las rubias y los blancos de las morenas, parece que van a fundirse alguna vez, pero no se funden nunca. ¡Pobre de la que no tiene más que la sombra de los senos, el ciprés del nacimiento muerto !
El reclamo de los senos es a veces demasiado orgulloso, pero entonces la vida les para en su soberbia y en su movimiento y quedan como juguetes muertos sobre los que llora una niña.
Casi todos los senos son frígidos, pero si se llegan a conquistar senos enterados, el más allá del placer está logrado. Esa es la suerte mayor de la vida, el hallazgo sumo y todo lo demás resulta pecaminoso y brutal.

Sólo se sabe cómo habla la mujer cuando sus senos saben hablar.
El seno avizor responde, ha sido dotado por la divinidad de un especial permiso para que pueda estar el delirio cerca del pensamiento. No se necesita más. El amor ha ascendido. Ya no hace dengues de vanidad la mujer, sino que se deja decir hasta las más hondas palabras de amor y se siente la respuesta deliciosa. ¡Tesoro, verdadero tesoro!
Sólo no responden los senos de timbre muerto, en los que, cuando más, hay una respuesta de dolor.
El camino de los senos es largo, largo, con mucha espera y años que se pierden en la espera; pero si la esperanza es grande, un día sucede lo inaudito.
Estaban en reserva y se logra que la pierdan.
El milagro es lento, pero seguro. En su nínfea de seda se escucha la voz del alba y de la noche, reunidas, sin quererse desenlazar, prendiendo los días unos a otros, como en un simulacro de inmortalidad.
En ellos está la palabra como antes de pacer el mundo, y la copa que les sirvió de modelo está como fue antes de endurecerse, cuando no era revés de copa aún, cuando eran el principio de todas las caracolas de nácar.

Se está en la madurez cuando encontramos el más perfecto cáliz en que poder hacer el resumen de lo vivido y de lo que no se pudo vivir, de lo buscado en vano.
Todos ya no eran ninguno, es decir, sólo eran esa sombra blanca y sobrenatural que respondía al ahondamiento, que decía lo que la nube no puede decir y la estrella dice quizá, pero no se oye.
Senos lustrales, con recepción del más allá en el más acá, pilas benditas con reposo en su delicadeza acorcaban el amor y salvaban en flotación de cielo.
Todas las palabras abombadas y exultantes resultan procaces ante esas esquinas de altar, en que el amor se ahorra para el más allá.
Al caer hacia el cielo o al caer hacia el infierno el caso es tener su asidero y sólo eso salvará de interminable trayectoria.

Hacen el silencio a su alrededor y sólo hablan ellos, y la degollada deja que se sepa donde había escondido su alma, donde la guardará siempre y desde donde podrá resucitar.
Son vanos todos los esfuerzos por decir que se ha hecho en la vida hasta que la flecha de la palabra encuentra su blanco y se abren cenadores en la sombra.
¡Cómo habrán sido de inútiles todas las palabras como rosas de cera pronto rotas!
En ellos resulta que los círculos que crean las palabras al caer en el espacio, en vez de retirarse cada vez más de su centro, se centran y sólo paran cuando, amontonándose, forman el pequeño capacete del alma, su fanal.
Gracias a ellos, se saben al fin cosas secretas que parecía no ser posible saber nunca, como dónde está el ángulo íntimo en que las paralelas se reinen.
Lo mismo da que en ese momento del hallazgo se apague la luz, pues quedarán como joyas encendidas, ágatas antes de petrificarse, frutas que hablan en el momento de entregarse a la fuerza de gravedad, vislumbres en la negrura concedida. Horacio los ponderó y definió genialmente:

Que el cuenco de la mano palpe en hondo
la redondez del seno y su latido,
hemisferio de amor, mundo redondo
a dimensión de beso reducido.

Novalis dijo de ellos palabras excelsas:

"El seno es el pecho elevado a estado de misterio, el pecho moralizado."

En los senos hay un recuerdo de los primeros que nacieron del mármol.
Entre todo el tostado de la piel blanquea algo con blanco de pan: ése es un seno.
En ellos está todo el peso de la naturaleza, del aire, y del arte.
La vida está adornada con farolillos de senos.
El cascarón de los senos está en los hombros.
No cabe duda que Dios quiso dignificar con ellos la figura de la mujer y por eso los puso en lo alto del pecho y los desnudo de pelo.
Invertidos y colganderos son como el embudo por el que se filtra y pasa la delicia de la vida.
Son ventosas del deseo para ella y para él.
En un seno ya se sabe que esta el corazón, pero ¿y en el otro? En el otro estará el alma.
Todos los deseos se pueden sentir ante ellos, hasta el deseo del poeta moderno, ante los de la quinceañera, de cascarlos con cucharita como si fuesen unos huevos duros.
Los senos idealizan el pecado y por eso es casto ver el seno alto de las vírgenes, como si aquellos pintores quisieran que les saliese de la propia garganta.

Cuando el escultor ve aparecer el seno en el mármol, cree que fue un milagro, y eso que aparece sin areola, la sombra morada de la llaga de amor.
Los senos son las dos grandes lágrimas que llora la belleza por ser tan efímera.
Péndulos sin ritmo o movidos una vez como para no volverse a mover nunca, son presagios de la muerte acariciada. La naturaleza es plurimama y hasta Napoleón todo lo hizo por encontrar al final de sus victorias unos senos como tope del mundo que acabará cuando se hundan los dos últimos senos como las dos bovedillas del misterio y del descanso.
Los senos que responden son los ósculos entre lo finito y lo infinito, las vueltas de llave en la puerta del depósito de alegría, la serena complacencia de estar entre tanto retrato y momia, desmentidas las sombrillas, abandonados los palcos, huidos de las playas frías en que se bañan engañosas mujeres.
Ya ha pasado el índice de todos los senos de bazar, está cerrada la cubierta y prologado el libro por última vez. "
PRÓLOGO REDACTADO POR RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA PARA SU LIBRO "SENOS".
P.S.: Dedicado a la gran Drew

4 comentarios:

Rain dijo...

Siempre las mujeres hermosas, lejanas, como las que están en el ecrán convocarán la admiración varonil.

A veces creo que si fuera un hombre, amaría la belleza sencilla que no está entre inmensas luces - a esa belleza de luces, jamás la despreciaría, es verdad- y dedicaría mi libro a una mujer cercana, a alguien sorprendente y delicado.

Senos vibrantes mirando la vida.
Laten y ensimismados existen...


Qué hermoso post, Nicho.




***

Te dediqué mi post por el tuyo
'My way'.

Aura dijo...

Querido Nicho,
Amé este post, como ya se puede imaginar.
Preciosos textos los seleccionados y hermosa foto que está clavada en algún lugar de mi habitación.
Y por supuesto bellos pechos.
Besos.

El pez dijo...

los pechos, los pechos.

Rain dijo...

Julio, lo he pensado ...

la belleza tal vez inalcanzable se expande en lo que motiva, y tu dedicatoria es como una caricia o una cenetlla para la actriz.
Embeelseo de sus senos preciosos.

Ojalá asomes y veas este comentario...pronto.

:) un gran salute.