martes, 21 de febrero de 2006

YE LAO-TUO

El llamado Ye Lao-tuo, de origen desconocido, acostumbraba deambular sin sombrero y descalzo, una burda tela echada al hombro tanto en verano como en invierno, siempre con una estera de bambú en la mano. Cierta vez llegó a Un albergue de Yangchou y pidió un cuarto, el más alejado de todo ruido. El mesonero le señaló una habitación y le dijo:
- Esta es la más tranquila de todas. Lástima que esté embrujada. No le recomiendo que la ocupe.
- Eso no me preocupa - replicó el viajero. E inmediatamente, él mismo procedió a limpiar el cuarto. Extendió su estera en el suelo.
La medianoche lo encontró acostado sobre su estera. Entonces vio deslizarse en su cuarto, a través de la puerta que se había abierto sola, una mujer que llevaba una cuerda en el cuello. Los ojos le salían de las órbitas, de modo que le golpeaban las mejillas, y la lengua le colgaba varios pies fuera de la boca. Ella avanzó con pasos vacilantes. Detrás apareció un decapitado, llevando una cabeza en cada mano, seguido de una figura negruzca y desfigurada: ojos, orejas, nariz y boca, estaban casi enteramente borrados. Lo seguía un hombre hinchado, amarillento, con la panza bien inflada como una monstruosa calabaza.
- ¡Diablo! - exclamaron al unísono los cuatro visitantes -. ¡Esto apesta a intruso! ¡Es preciso darle una lección!
De inmediato hicieron toda la mímica de darle caza, pero sin acercarse siquiera.
- El canalla está aquí, no cabe duda - se impacientó uno de los monstruos -. Resulta curioso que no lo encontremos. ¿Qué hacer?
- Según mi opinión - dijo el amarillo e hinchado-, si tenemos el poder de extraer el alma a los vivientes, es debido a que el miedo favorece nuestro trabajo. Seguramente que esta vez tenemos que vérnosla con alguien que tiene el alma bien afirmada dentro del pellejo. Sin la ayuda del miedo, nada podemos hacer.
Viendo la perplejidad en la cual estaban sumergidos esos fantasmas que daban vueltas y más vueltas con gestos lastimeros, Ye se sintió seguro de sus fuerzas, y señalándose a sí mismo exclamó:
- ¡Aquí estoy!
Los monstruos, aterrorizados, cayeron de rodillas. Dócilmente se dejaron interrogar.
- Éste es un ahogado - declaró la mujer, señalando a su compañero hinchado -. Ese otro es un quemado vivo. Y aquél, un bandido decapitado por asesino. En cuanto a mí, me ahorqué aquí mismo.
- ¿Se confiesan ahora vencidos? - les preguntó Ye.
- ¡Oh, sí! - respondieron con unanimidad.
- En tal caso, vayan a ocuparse de vuestra metempsicosis, en lugar de atormentar a la pobre gente de aquí - les ordenó Ye.
Los monstruos se prosternaron y se fueron. Al día siguiente, Ye contó el incidente al alberguista, quien tuvo la satisfacción de comprobar que esa habitación había quedado exorcisada.

(De Aquello que no habló Confucio, por Yuan Mei, dinastía Ching)

Si le apetece, más cuentos chinos.

2 comentarios:

Aura dijo...

Oh, me ha encantado, es una especie de Juan sin miedo xD

Rain dijo...

Sí. y pensar que a Confucio, sí que no lo he leído...

Qué maneras..