martes, 27 de junio de 2006

De l´horrible danger de la lectura (Voltaire)

Del horrible peligro de la lectura (trad.)
Nosotros, Jusuf Cherébi, por la gracia de Dios, muftí del Santo Imperio Otomano, luz de luces, elegido entre los elegidos, a todos los fieles que vean esto, tontería y bendición.
Como sea que Said Effendi, embajador de la Sublime Puerta, desde un pequeño estado llamado Frankrom, situado entre España e Italia, ha traído entre nosotros el pernicioso uso de la imprenta, habiendo consultado sobre esta novedad a nuestros venerables hermanos los cadís y los imanes de la ciudad imperial de Estambul, y especialmente los fakires conocidos por su celo contra el espíritu, ha parecido bueno a Mahoma y a nosotros, condenar, proscribir, anatematizar el dicho infernal invento de la imprenta, por las causas abajo dichas.
1.- Esta facilidad de comunicar sus pensamientos tiende evidentemente a disipar la ignorancia, que es la guardiana y la salvaguardia de los estados bien gobernados.
2.- Es de temer que entre los libros traídos de Occidente, no dejen de encontrarse algunos sobre la agricultura y sobre los medios de perfeccionar las artes mecánicas, cuyas obras podrían a la larga (no lo quiera Dios) despertar el genio de nuestros cultivadores y manufactureros, incitar su laboriosidad, aumentar sus riquezas, e inspirarles un día alguna elevación del alma, algún amor por el bien público, sentimientos absolutamente opuestos a la sana doctrina.
3.- Ocurriría finalmente que tendríamos libros de historia desprovistos de hechos maravillosos que mantienen a la nación en una feliz estupidez; habría en estos libros la imprudencia de dar justicia a las buenas y a las malas acciones, y recomendar la equidad y el amor a la patria, lo que es visiblemente contrario a los derechos de nuestra posición.
4.- Ocurriría a continuación que miserables filósofos, bajo falaz pretexto, aunque digno de castigo, iluminen a los hombres y los hagan mejores, vendrían a enseñarnos peligrosas virtudes, cuya existencia no debe jamás conocer el pueblo.
5.- Podrían, aumentando el respeto que tienen por Dios, imprimir escandalosamente que ha llenado todo con su presencia, disminuyendo el número de peregrinos a la Meca, con gran detrimento de la salud de las almas.
6.- Llegaría, sin duda, que a fuerza de leer a los autores occidentales que han estudiado las enfermedades contagiosas, y la forma de prevenirlas, nosotros seríamos muy desgraciados por librarnos de la peste, lo que resultaría un enorme atentado contra los designios de la Providencia.
Por estas causas y otras, para la edificación de los fieles, y por el bien de sus almas, les prohibimos y decimos que jamás lean ningún libro, bajo pena de condenación eterna. Y para evitar que les llegue la tentación diabólica de instruirse, prohibimos a los padres y a las madres que enseñen a leer a sus hijos. Y para prevenir cualquier desobediencia a nuestras órdenes, les prohibimos concretamente pensar, bajo las mismas penas; encomiamos a los auténticos creyentes que denuncien ante nuestra autoridad a cualquiera que hubiera pronunciado cuatro frases bien ligadas, de las que pudiera inferirse un sentido claro y sin dudas. Ordenamos que en todas las conversaciones se utilicen términos que nada signifiquen, según los antiguos usos de la Sublime Puerta.
Y para impedir que cualquier pensamiento entre de contrabando en la sagrada ciudad imperial, encargamos especialmente al primer médico de Su Alteza, nacido en un pantano del Occidente septentrional; el cual médico ha matado ya cuatro personas augustas de la familia otomana, para que se interese más que nadie en impedir cualquier entrada de conocimientos en el país; le damos autoridad, por esta carta, para confiscar cualquier idea que se presente por escrito o verbalmente en las puertas de la ciudad, y traernos a la dicha idea atada de pies y manos, para infligirle por nosotros tal castigo cual nos plazca.
Dado en nuestro palacio de la Estupidez, el 7 de la luna de Muharem, el año 1143 de la Hégira.

No hay comentarios: