sábado, 5 de mayo de 2007

... en el corral había un pozo, con un espejo de agua negra y pacífica en su hondo fondo. Nos gustaba incordiar a ese espejo. Le tirábamos chinas, y cantos, y escupitajos, y moscas muertas, o desaladas. Al chocar con la superficie, una sonoridad húmeda, como de cuerva/cueva medieval, románica, subía acompañada con la luz recogida propia de las características del momento y del lugar. Los pozos son iglesias románicas invertidas. Hacíamos círculos concéntricos tirando de todo, hasta monedas, incluso llaves viejas o escapularios usados o anillos que nos regalaban las novietas, canicas también, a aquella charca estática e inmemorial. Servía de frigorífico natural: allí uno podía encontrarse alguna cocacola, o algún botellín, o la gaseosa, o aquel vino clarete y espumoso tan alegre y divertido. Siempre alguien nos contaba historias de gentes que se caían y ahogaban en los pozos. Cuidadín. También decían que no había que quedarse mucho tiempo mirando fijamente su interior, ya que muchos pozos practicaban con mucha paciencia la seducción por vértigo, una especie de succión del amor oscuro. Y, a veces, nos encargaban tareas de mayores. Bajar con la polea el cubo de hierro algo oxidado, dejar que allá por donde se encuentra el Hades se llenase de agua, subirlo y esperar. Esperar a que nos dijeran qué hacer con aquel líquido antiguo. Llenar con esa agua una artesa, para que las mujeres lavaran la ropa; o una bañera, que se ponía al sol para que luego se bañaran de antigüedad los niños, con aquellos bañadores que parecían calzoncillos, con aquellas bragas blanquísimas que siempre parecían nuevas, vírgenes.

Me hubiera gustado ser pocero. Buscar oyendo con la oreja bien pegada a la tierra por dónde transcurren las corrientes subterráneas, descubrir manantiales. Y hacer los agujeros hasta que brotara el agua, que me estaría esperando desde hace millones de años.

Hubo una época en que cuando me poseía la cólera deseaba tirar a alguien -al culpable- a ese pozo, para que aprendiera lo que era bueno. Que se estuviera allí toda la noche, viendo la luna gorda por el brocal, enfriándose progresivamente, resignado, pasada ya la fase de los gritos y los auxilios, y a la mañana siguiente, cuando se me hubiera pasado el enfado, tan lentamente, acercarme al pozo como el que no quiere la cosa, distraídamente, disimulando, asomarme y si el tipo estaba despierto, hacerle jurar y prometer por lo que más quisiera en este mundo que no volvería a molestarme en el resto de su vida. Luego le tiraría una soga para que escalara. Cuando estuviese ya arriba, le acercaría una toalla para que se secase. Después me iría a jugar a las canicas o al fútbol. Y hasta puede que me pusiera un poco generoso.
- Oye, ¿quieres echar un partido? Así se te pasará esa friolera que te ha entrado, amor.

3 comentarios:

ana dijo...

a usted, señor lapidario.A usted.

El pez dijo...

El agua de los pozos no puede ser el agua de los grifos, siempre me lo ha parecido.

Rain dijo...

Pozos profundos. Como de cunetos de terror. Embellecidos cuando les iluminaba la luna.

abraxo.