domingo, 22 de octubre de 2006

Estos días se habló de un sueño agujereado.
Me recordó aquello del miró apuñalado.

1 comentario:

Nicho dijo...

Adicción e incontinencia


JAVIER MARÍAS

EL PAIS SEMANAL - 22-10-2006
Yo supongo que ustedes, se dediquen a lo que se dediquen, ya se habrán percatado a estas alturas de que la vida actual está extrañamente montada para impedirle a la gente dedicarse a lo que se dedica u obstaculizárselo al máximo, o, dicho de otra manera, para que nadie trabaje como es debido. Da lo mismo de qué se trate o del país en que se viva. Cada vez que hablo o me escribo con alguna amistad, oigo la misma canción: “Estoy agobiado y desesperado. No es ya que no me quede apenas tiempo para mí, sino que difícilmente puedo hacer mi tarea, por la que me pagan y con la que me gano la vida. Voy siempre con la lengua fuera, salvando chapuceramente las cosas”. Conozco profesores de Universidad españoles, italianos, británicos y norteamericanos, y todos ellos se pasan más tiempo en reuniones absurdas sobre minucias, o despachando asuntos administrativos, o escribiendo a desgana piezas que no leerá nadie para justificar que “investigan” y publican, que preparando o dando clases, convertidas en lo que menos importa. También atendiendo a los alumnos, desde luego, pero en los asuntos más peregrinos e impropios: desde que existe el correo electrónico, sobre todo, muchos estudiantes han adoptado la costumbre de enviar mails a los catedráticos preguntándoles por la hora de las clases (en vez de mirarlo en un corcho), exponiéndoles sus problemas psicodramáticos o diciéndoles que se dejen de cuentos y les digan cuáles son los libros “de verdad”, los básicos, de la bibliografía tan larga que han dado. Hace poco me contó el gran historiador Anthony Beevor que un universitario inglés se había dirigido a él en los siguientes términos aproximados: “Mire, mi tutor me ha mandado leer su libro Stalingrado; pero como es extenso y no me da tiempo, quisiera que me hiciera usted un resumen”. Beevor, que fue militar durante un tiempo, se molestó en contestarle pidiéndole el nombre de su superior, pero ya no obtuvo respuesta.

Mis editores de diferentes países me confiesan a veces que no logran poner pie en su oficina, ocupados como están con viajes, reuniones con los comerciales, con los distribuidores, con los gerentes, cenas y almuerzos, diversas Ferias del Libro o simposios internacionales con cocktails, visitas de autores, presentaciones y promociones, acompañamiento de “genios” que no saben dar un paso sin sentir que llevan séquito o al menos espectadores … Y cuando por fin se acercan algún día raro a su despacho, lo último que pueden hacer es leerse un original o supervisar una edición inminente, porque no paran de sonar los teléfonos ni de asomarse gente a su puerta para inquirir o comunicar nimiedades.

Pero quienes peor lo tenemos somos quienes trabajamos en casa. Una amiga que traduce, otra que escribe guiones de televisión, dos que corrigen libros o más bien “limpian” los textos (labor monumental hoy en día, dadas la desfachatez e ignorancia de la mayoría de los escritores, traductores y editores, que entregan y aceptan borradores porquerosos confiando en que mis amigas y otros los adecenten), y yo mismo, claro está, que se supone que hago novelas: todos trabajamos en casa, lo cual lleva a pensar a casi todo el mundo que podemos interrumpirnos en cualquier momento para atender la menor ocurrencia de cualquiera; como carecemos de horario, o nos lo confeccionamos a nuestro gusto, la idea generalizada es que ya podremos “seguir luego”. Yo me blindo lo más que puedo: para empezar, continúo sin móvil; el contestador está siempre puesto; como a veces eso no basta, desconecto teléfono y fax durante horas; en cuanto puedo me largo a una ciudad recóndita, a un refugio en el que no hay nada de eso ni recibo correo ordinario; y por supuesto no he dejado entrar en mi casa un ordenador, con su agobiante e-mail incorporado. Pero algunas de estas amigas no se pueden permitir tanto blindaje. En quehaceres que precisan concentración y continuidad, éstas siempre les faltan: se ven interrumpidas por todo quisque, desde familiares que las llaman a contarles lo que le ha pasado al perro hasta agresivas llamadas de publicidad constantes. Pero lo más asombroso de todo es que quienes más les dificultan llevar a cabo sus tareas son precisamente, a menudo, aquellos para quienes las hacen: que si se me ha olvidado esto, que si he pensado esto otro, que cómo lo llevas, que si puedes adelantarnos parte, que si tengo ya un nuevo encargo urgente que hacerte, que por qué no me contestas al correo que te he mandado …

Ya lo he comentado otras veces: desde la aparición de los e-mails y los móviles casi nadie se ahorra un escrito ni una llamada; nadie se para a pensar si lo que ha de preguntar o pedir lo puede resolver por su cuenta y sin molestar a otro; si lo que ha de decir es necesario, o de interés para el interlocutor; si puede interrumpirle algo importante; y así se multiplican los requerimientos superfluos –cuando no imbéciles– por todas partes, hasta el punto de impedir el trabajo. Así suelen salir tantas patadas, en todos los ámbitos, si no se deja a nadie concentrarse. Ya digo, carezco de mail y de móvil y no tengo experiencia con ellos. Pero alguien debería explicar por qué provocan tanta adicción como el denostado tabaco, y mucha más incontinencia.