sábado, 20 de enero de 2007

A la busca de un final lírico (trece)

LA OBSCENIDAD DEL AGUA
Me han salido unas llagas en los talones de los pies. Parece ser que son normales en los encamados de larga duración. Como me tiene incorporado -a mí, mi monja- todo el día, recostado en unos almohadones grandiosos, porque quiere que respire bien, que no me ahogue (si supiera que lo único que quiero, muchas veces, es ahogarme de golpe, dar el último suspiro de una vez, mirándola con desesperación acusadora a los ojos), tengo que gatear de espalda, para evitar escurrirme, y el roce con la sábana me produce este tipo de heridas: llagas.
Para aliviarme el escozor, mi monja ha decidido ponerme unos calcetines (patucos los llama, tan tierna, tan maternal) de lana vieja, seguramente que zurzidos por ella para algún lejano paciente. Los va pasando de enfermo en enfermo, de muerto en muerto. Quiere impedir que crezcan, que me duelan, que sufra. Espero que los haya lavado -los calcetines desgastados- con el mismo primor con que me los pone, la muy sádica -mi monja-. Sólo ha conseguido ulcerarme aún más las dichosas llagas.
Pero me cuida con tanto desprendimiento, con tanto amor, con tanta asepsia, con esas manos de hombre maduro agrietadas, sin cuidar, las uñas cuadradas, recortadas, a veces las lleva con restos negros de mierda. Se las debe de lavar, siempre, con agua fría.


... estaba llamando a las puertas del cielo, el pelo rizado le tapaba la cara, ya no necesitaba respirar como antes, era sólo pensamiento quizás, agua hecha niebla, ni llorar ni reír, ni estar seria ni risueña ni apesadumbrada podía/debía, el viento que hacía era de agua, pero no estaba mojada, se imaginaba que continuaba vestida, y seguía llamando, todo el tiempo, y no se cansaba, ni aburría, ni abrumaba, ni siquiera se inquietaba, ni siquiera se ahogaba, el cielo también era de agua, no se oía ningún ruido, a pesar de que no había parado de llamar...

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