jueves, 9 de noviembre de 2006

HOMBRES CON MUÑECA

Ramón Gómez de la Serna, entrevistando a su muñeca de cera

"Me llega de París una muñeca de cera que compré con el dinero de la herencia. Yo había tenido otra muñeca de cera entrañable, dramática, fascinante, pero se me murió en irreparable rotura.
El maniquí de cera es el único ralenti que se puede conseguir de la mujer en reposo de un gesto, la única imagen de la mujer que puede merecer demencia religiosa, con una religiosidad vital, sin la abstracción a que conducen los mármoles y que cuando llega algún aporte femenino a la mesa de los espiritistas es una mano de parafina."

(Ramón Gómez de la Serna, Automoribundia, capítulo XLVII.)

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Un año antes de su muerte, Franz Kafka vivió una experiencia muy insólita. Paseando por el parque Steglitz, en Berlín, encontró a una niña llorando desconsolada: había perdido su muñeca. Para calmar a la pequeña, el autor de La metamorfosis se inventó una peculiar historia: la muñeca no se había perdido, se había ido de viaje, y él, convertido en cartero de muñecas, tenía una carta que le llevaría al día siguiente al parque. Aquella noche Franz escribió la primera de las muchas cartas que, durante tres semanas, entregó a la niña puntualmente, narrando las peripecias de la extraordinaria muñeca desde todos los rincones del mundo. Según cuenta Dora Dymant, su compañera en aquellos días, el estado febril con el que Kafka escribía esas cartas era comparable al de cualquiera de sus inmortales obras. Éste es el relato de aquella experiencia, en la que Franz Kafka fue un mago de la palabra para una niña desconocida de la que jamás volvió a saberse nada, como tampoco de aquellas cartas que constituyen uno de los misterios más hermosos de la narrativa del siglo XX.

KAFKA Y LA MUÑECA VIAJERA
Jordi Sierra i Fabra (Siruela)

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Un hombre maduro, Juan P, nos relata en primera persona sus idas y venidas por la gran ciudad. Vive amancebado con una muñeca hinchable que no responde a sus caricias y tiene un extraño amigo con el que comparte sus periplos urbanos. Aparecen otros personajes y, como comparsas de tercera fila, apenas media docena de cretinos que no saben muy bien qué es lo que están haciendo en este mundo. Mientras tanto, rasgan el aire las sirenas de las ambulancias y de la policía, que atraviesan la ciudad buscando terroristas invisibles...

La mirada de la muñeca hinchable
Tomeo, Javier

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Anamorfosis

Hola, mi nombre es Ana, mido apenas 32 centímetros y hoy cumplo 68 años. Desde el lugar en que me encuentro es difícil lograr una imagen amplia de lo que me rodea, especialmente porque el líquido en el que me encuentro suspendida no permite que mis ojos consigan ver con claridad las cosas. Durante el día vienen muchas personas a observarme, como turistas de lo extraño en búsqueda de una curiosa maravilla. Ahí, parados frente al estante donde me encuentro se inclinan a leer la etiqueta que describe el que ahora será para siempre mi único nombre: For. Caso -DR.548S.

Desde el otro lado del cristal puedo sentir el asco y la nausea cuando fijan sobre mí su mirada. Oigo sus risas, sus comentarios de espanto y burla. Siento vergüenza, un deseo imposible de escapar, porque nada queda de lo que alguna vez fui.

El constante drenaje de fluidos y sustancias para detener el proceso de descomposición me han transfigurado casi por completo, han hecho de mí algo irreconocible, una masa de carne hinchada amplificada por el continuo dolor que me producen las distintas tiras de cuero que me han puesto para disimular la herida más extensa y evitar así el riesgo de que en cualquier momento mi rostro simplemente explote.

Por las noches, cuando todos los espectadores ya satisfechos se han marchado, me convierto en Ana nuevamente, la mujer, la esposa. Puedo escuchar claramente la voz de mis dos hijos llamándome una y otra vez. Sin embargo, vuelve también el recuerdo de esa oscura hora en la que él entró lleno de celos a mi cuarto, cuando el ruido metálico del hacha atravesándome el cuello llenó cada espacio. Ese ruido inolvidable sonando como una sinfonía triste pero hermosa.
Oscar Orellana Sanhueza
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A Luis García Berlanga le encanta contar en las entrevistas que al finalizar el rodaje de ese soberbio estudio sobre la soledad y el deseo que es 'Tamaño Natural' (1973), se llevó la muñeca inflable a casa y por ahí anduvo arrumbada, hasta que sus hijos, niños entonces, la reventaron jugando al fútbol con ella en el jardín.

2 comentarios:

san-verguenza dijo...

No sé si vendrá al caso pero yo también disfrutaba de la compañía de una una muñeca, la cual aún no regresa de su compra de ropas y cierto congreso falosófico que se realizó hace ya 4 meses en una azotea en Harlem.

E-so!
(cierto "contrato" me impide agradecer menciones y volver a acercarme a un piano, especialmente si brilla.
Deberé conformarme con seguir hundiendo los dedos en mayo y esa)

(Rain-a USTED misma/MENTE en la lirica del je suis y el ja sais bien)

Estupor dijo...

jajajja
Me hace gracia porque tengo esta misma foto de Ramón como fondo de pantalla.
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¿Por qué no existen los muñecOs vivientes?
Tal vez el único es Pinochio con su nariz terrible.
Bueno...y está también Pigmalión, y Frankenstein (me disfracé de monstruo el otro día) ... pero son las muñecas las que asociamos al placer, y a las emociones más íntimas. Aquí una feminista debería decir algo.