martes 31 de octubre de 2006
domingo 29 de octubre de 2006
viernes 27 de octubre de 2006
CUANDO te veo así, mi cuerpo, tan caído
por todos los rincones más oscuros
del alma, en ti me miro,
igual que en un espejo de infinitas imágenes,
sin acertar cuál de entre ellas
somos más tú y yo que las restantes.
Morir.
Tal vez morir no sea más que esto,
volver suavemente, cuerpo,
el perfil de tu rostro en los espejos
hacia el lado más puro de la sombra.
(Espejo) (de JOSÉ ÁNGEL VALENTE)
jueves 26 de octubre de 2006
Maeterlinck
miércoles 25 de octubre de 2006
martes 24 de octubre de 2006
PORQUE OREJALLANA ASÍ LO QUISO
- Lo haré, lo haré, que no te quepa la más mínima duda, estoy dispuesto a pasar las calamidades que se tercien, a sufrir con el desconsuelo propio de un buen padre de familia.
Estoy desconsolado de tanto exceso
domingo 22 de octubre de 2006
Estos días se habló de un sueño agujereado.
Me recordó aquello del miró apuñalado.
sábado 21 de octubre de 2006
Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.
La brevedad
Con frecuencia escucho elogiar la brevedad y, provisionalmente, yo mismo me siento feliz cuando oigo repetir que lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Sin embargo, en la sátira 1, I, Horacio se pregunta, o hace como que le pregunta a Mecenas, por qué nadie está contento con su condición, y el mercader envidia al soldado y el soldado al mercader. Recuerdan, ¿verdad?
Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto.
A ese punto que en este instante me ha sido impuesto por algo más fuerte que yo, que respeto y que odio.
De Augusto Monterroso
viernes 20 de octubre de 2006
jueves 19 de octubre de 2006
miércoles 18 de octubre de 2006
Anécdotas de DON RAMÓN
…Porque México se escribe con « x »
.
.
.
Te dejo mi cadáver, reportero.
El día que me lleven a enterrar
fumarás a mi costa un buen veguero,
te darás en La Rumba un buen yantar.
Y luego de cenar con mi fiambre,
adobado en tu prosa gacetil,
humeando el puro, satisfecha el hambre,
me injuriará tu dicharacho vil.
Te dejo mi cadáver. Verme ingrato
harto de mi carroña, ingenuamente
dirás gustando del bicarbonato:
"Que don Miguel no muera de repente".
¿Estaba Valle dimitiendo de su vida eterna en el último soplo de su vida? Sólo Dios lo sabe. Amén.
martes 17 de octubre de 2006
ayer
leí esto
y
vi esto otro. (Mirá)
Hoy.
Mañana/tomorrow.
El otro día.
Cualquier día.
Dentro de noventa y nueve años.
A las doce en punto.
lunes 16 de octubre de 2006
Algo de Brian Patten
Sometimes It Happens
And sometimes it happens that you are friends and then
You are not friends,
And friendship has passed.
And whole days are lost and among them
A fountain empties itself.
And sometimes it happens that you are loved and then
You are not loved,
And love is past.
And whole days are lost and among them
A fountain empties itself into the grass.
And sometimes you want to speak to her and then
You do not want to speak,
Then the opportunity has passed.
Your dreams flare up, they suddenly vanish.
And also it happens that there is nowhere to go and then
There is somewhere to go,
Then you have bypassed.
And the years flare up and are gone,
Quicker than a minute.
So you have nothing.
You wonder if these things matter and then
As soon you begin to wonder if these things matter
They cease to matter,
And caring is past.
And a fountain empties itself into the grass.
una brizna de yerba
Pides un poema
Y te ofrezco una brizna de hierba.
Dices que no es bastante.
Tú pides un poema.
Yo digo que esta brizna de hierba lo será.
Se ha vestido de escarcha,
Es más inmediata
Que cualquier imagen que se me ocurra.
Dices que no es un poema,
que es una brizna de hierba y la hierba
no es lo suficientemente buena.
Te ofrezco una brizna de hierba.
Estas indignada.
Dices que es demasiado fácil ofrecer hierba.
Es absurdo.
Cualquiera puede ofrecer una brizna de hierba.
Tu pides un poema.
Y así, yo te escribo una tragedia
Sobre cómo una brizna de hierba
Se vuelve más y más difícil de ofrecer,
Y sobre cómo a medida que envejezcas
Una brizna de hierba
Se vuelve más difícil de aceptar.
sábado 14 de octubre de 2006
No queremos comenzar con una definición altisonante y grave de la guerra, sino limitarnos a su esencia, el duelo. La guerra no es más que un duelo en una escala más amplia. Si quisiéramos concebir como una unidad los innumerables duelos residuales que la integran, podríamos representárnosla como dos luchadores, cada uno de los cuales trata de imponer al otro su voluntad por medio de la fuerza física; su propósito siguiente es abatir al adversario e incapacitarlo para que no pueda proseguir con su resistencia.
La guerra constituye, por tanto, un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad.
La fuerza, para enfrentarse a la fuerza, recurre a las creaciones del arte y de la ciencia. Se acompañan éstas de restricciones insignificantes, que apenas merecen ser mencionadas, las cuales se imponen por sí mismas bajo el nombre de usos del derecho de gentes, pero que en realidad no debilitan su poder. La fuerza, es decir, la fuerza física (porque no existe una fuerza moral fuera de los conceptos de ley y de Estado) constituye así el medio; imponer nuestra voluntad al enemigo es el objetivo. Para estar seguros de alcanzar este objetivo tenemos que desarmar al enemigo, y este desarme constituye, por definición, el propósito específico de la acción militar: reemplaza al objetivo y en cierto sentido prescinde de él como si no formara parte de la propia guerra.
miércoles 11 de octubre de 2006
martes 10 de octubre de 2006
Ludwig Wittgenstein
Investigaciones filosóficas
La mosca que zumba en este momento a mi alrededor, si se duerme por la noche para recomenzar después su zumbido; o si muere esta noche, y en la primavera otra mosca, salida de algún huevo de la primera, se pone a zumbar, todo es en sí la misma cosa.
A. Schopenhauer
El mundo como voluntad y respresentación
… y también por las moscas, que estaban ejecutando en mi presencia, y en su reducido concierto, una música, que era como la música de cámara del estío.
Marcel Proust
Niño, espanta las moscas.
Cicerón
Oratoria
y una autocita/heterocita.
---- El relato de Juan Carlos Márquez, que parece que no aparece, aquí.
lunes 9 de octubre de 2006
domingo 8 de octubre de 2006
viernes 6 de octubre de 2006
Nietzsche:
Oh Mensch! Gieb Acht!
Was spricht die tiefe Mitternacht?
«Ich schlief, ich schlief—,
«Aus tiefem Traum bin ich erwacht: —
«Die Welt ist tief,
« Und tiefer ais der Tag gedacht,
« Tief ist ihr Weh—,
«Lust — tiefer noch ais Herzeleid:
« Weh spricht: Vergeh!
«Doch alie Lust will Ewigkeit—,
«— will tiefe, tiefe Ewigkeit!«
[¡Oh, hombre! ¡Presta atención! / ¿Qué dice la profunda medianoche? / «Yo dormía, yo dormía—, / De un profundo soñar me he despertado: — / El mundo es profundo, / Y más profundo de lo que el día ha pensado. / Profundo es su dolor.- / El placer — es más profundo aún que el sufrimiento: / El dolor dice: ¡Pasa! / ¡Mas todo placer quiere eternidad—, / — ¡Quiere profunda, profunda eternidad!»]
jueves 5 de octubre de 2006
El salón de mi pisito cuando era joven acompañado de una vista desde la calle de su fachada
Esta foto se la he robado al gran ojOTenía, por aquel entonces, dos perros gemelos que me había regalado por mi cumpleaños mi eterna, esquiva y amadísima novia la señorita Consuelo de Orejallana. Eran unas fierecillas revoltosas y entrañables. En la foto de arriba andaban a la gresca por un trozo de palo untado de mantequilla de nueces. Pero no siempre se portaban tan mal. En otros momentos quizá más íntimos se daban lametones arbitrarios y se olisqueaban desordenada y compulsivamente. Uno y otro, según supe muchos años después, frente a una tarta de mermelada de naranja amarga, que me estaba sabiendo a gloria bendita, eran parientes lejanos del distraído perro que sacaba Velázquez en Las Meninas. Murieron ambos cuando menos se lo esperaba uno. Se entrecruzaron malamente en una esquina . Alguien afirmó que no habían sufrido prácticamente nada.
miércoles 4 de octubre de 2006
Me dijeron: / o te subes al carro / o tendrás que empujarlo. / Ni me subí ni lo empujé. / Me senté en la cuneta / y alrededor de mí, / a su debido tiempo, / brotaron las amapolas.
Gloria Fuertes
martes 3 de octubre de 2006
KAKANIA
Las siglas iniciales empleadas en el Imperio austro-húngaro eran: k.k. (pronunciación: kaka, abreviatura de kaiserlich königlich=imperial-real); o k.u.k. (pronunciación: ka und ka, abreviatura de kaiserlich und königlich=imperial y real).
«[...] En los buenos tiempos de la antigüedad, cuando aún existía el Imperio Austríaco, se podía abandonar el tren del tiempo en un caso así, tomar un tren corriente de una vía férrea común y volver a la patria.
Allí, en Kakania, aquella nación incomprensible y ya desaparecida, que en tantas cosas fue modelo no suficientemente reconocido, allí había también velocidad, pero no excesiva. Cuántas veces se pensaba desde el extranjero en este país, se soñaba en los caminos blancos, anchos y cómodos del tiempo de los viajes a pie y de las diligencias, con bifurcaciones en todas las direcciones semejando canales regulados y galones de claro cotí en los uniformes, estrechando las provincias con el abrazo del papeleo administrativo. ¡Y qué comarcas! Mares y glaciares, el Carso, Bohemia con sus campos de grano, las costas adriáticas con el chirrido de inquietos grillos, aldeas eslovacas donde el humo salía de las chimeneas como de los aleros de una nariz respingona, y el pueblecito agazapado entre dos colinas como si hubiera abierto la tierra sus labios para calentar entre ellos a su criatura. Por estas carreteras, naturalmente, también rodaban automóviles, pero no demasiados. Aquí se preparaba, como en otras partes, la conquista del aire, pero sin excesivo entusiasmo. De cuando en cuando se enviaba algún barco a Sudamérica o al Asia oriental, pero no muchas veces; se tenía asiento en el centro de Europa donde se intersecaban los antiguos ejes del continente; las palabras colonia y ultramar sonaban como algo lejano y desconocido. El lujo crecía, pero muy por debajo del refinamiento francés. Se cultivaba el deporte, pero no tan apasionadamente como en Inglaterra. Se concedían sumas enormes al ejército, pero sólo cuanto necesitaba para figurar como la segunda más débil de las grandes potencias. También la capital era un poco más pequeña que todas las otras metrópolis del mundo, pero algo más grande de lo que suele constituir una gran ciudad. EL país estaba administrado por un sistema de circunspección, discreción y habilidad, reconocido como uno de los sistemas burocráticos mejores de Europa, al que sólo se podía reprochar un defecto: para él genio y espíritu de iniciativa en personas privadas, sin privilegio de noble ascendencia o de cargo oficial, era incompetencia y presunción. Pero ¿a quién le gustaría dejarse guiar por desautorizados? En Kakania el genio era un majadero, pero nunca, como sucedía en otras partes, se tuvo a un majadero por genio.
Cuantas cosas interesantes se podrían decir de este Estado hundido de Kakania. Era, por ejemplo, imperial-real, y fue imperial y real; todo objeto, institución y persona llevaba alguno de los signos k.k. o bien k.u.k., pero se necesitaba una ciencia especial para poder adivinar a qué clase, corporación o persona correspondía uno u otro título. En las escrituras se llama Monarquía austro-húngara; de palabra se decía Austria, términos que se usaban en los juramentos de estado y se reservaban para las cuestiones sentimentales, como prueba de que los sentimientos son tan importantes como el derecho público, y de que los decretos no son la única cosa en el mundo verdaderamente seria. Según la Constitución, el Estado era liberal, pero tenía un gobierno clerical. El gobierno fue clerical, pero el espíritu liberal reinó en el país. Ante la ley, todos los ciudadanos eran iguales, pero no todos eran igualmente ciudadanos. Existía un Parlamento que hacía uso tan excesivo de su libertad que casi siempre estaba cerrado; pero había una ley para estados de emergencia con cuya ayuda se salía de apuros sin Parlamento, y cada vez que volvía de nuevo a reinar la conformidad con el absolutismo, ordenaba la Corona que se continuara gobernando democráticamente. De tales vicisitudes se dieron muchas en este estado, entre otras, aquellas luchas nacionales que con razón atrajeron la curiosidad de Europa, y que hoy se evocan tan equivocadamente. Fueron vehementes hasta el punto de trabarse por su causa y de paralizarse varias veces al año la máquina del Estado; no obstante, en los períodos intermedios y en las pausas de gobierno la armonía era admirable y se hacía como si nada hubiera ocurrido. En realidad no había pasado nada. Únicamente la aversión que unos hombres sienten contra las aspiraciones de los otros (en la que hoy estamos todos de acuerdo), se había presentado temprano en este estado, se había transformado y perfeccionado en un refinado ceremonial que pudo tener grandes consecuencias, si su desarrollo no se hubiera interrumpido antes de tiempo por una catástrofe [...]»
MUSIL, Robert. El hombre sin atributos. Traducido por José M. Sáenz. 4ª ed. Barcelona: Seix Barral, 1983, pp. 39-41.


