miércoles, 29 de noviembre de 2006

A la busca de un final lírico (tres)

En el archivo de Fijaciones podemos ver dos fotos de ultimidades. Una, pinchando en el título. La otra (Finisterre), ya la han visto.

martes, 28 de noviembre de 2006

A la busca de un final lírico (dos)

Veamos lo que escribió JOSÉ FERRATER MORA en su Diccionario de filosofía a propósito de la ESCATOLOGÍA:

"La escatología trata de lo que es "postrero" o "último". Lo "escatológico" se refiere a la "vida de ultratumba" o a las llamadas "postrimerías". Se califica asimismo de escatológico a lo que concierne a toda fase última, sea del mundo o de la especie humana, o ambos. Las reflexiones escatológicas tienen un fuerte sentido religioso en autores como Chestov y Berdiaev -el último ha usado la expresión "metafísica escatológica"-. Pueden tener un sentido no estrictamente religioso cuando tratan de confinarse al "fin del mundo". Ello puede entenderse en un sentido "sólo físico", pero el componente especulativo de las reflexiones concernientes a "cosas últimas" va normalmente ligado a supuestos de carácter religioso. Pueden llamarse "escatológicas" a las consideraciones relativas a lo que Julián Marías ha designado como "ultimidades" -específicamente, "ultimidades de la vida humana"-. En este último caso, además, se emplea el propio término "último", esjatós. La escatología (o "esjatología") es entonces una "ultimología"."

viernes, 24 de noviembre de 2006

miércoles, 22 de noviembre de 2006

A la busca de un final lírico (uno)


"Proust había contraído neumonía, que no fue tratada y degeneró en bronquitis y finalmente en un absceso pulmonar. Llevaba un año hablando de su muerte; tal vez estuviese orgulloso de haber aguantado tanto tiempo, hasta los cincuenta y un años, la edad en que su prolífico antecesor, Balzac, había muerto. La mañana del 18 de noviembre de 1922, Proust vio a una mujer gorda y vestida de negro a quien nadie más consiguió ver, aunque Céleste prometió solícitamente que la expulsaría. Robert Proust le sangró (el tratamiento ordinario para que la fiebre descendiera), aplicándole ventosas de succión en la espalda, pero no surtió ningún efecto, aparte del dolor adicional causado por este procedimiento. Marcel Proust murió entre las cinco y las seis de la tarde. El surrealista norteamericano Man Ray le fotografió, el sacerdote de la alta sociedad Mugnier oró por él y dos pintores dibujaron sus facciones inanimadas. Cuatro días después ("o sea, el día 22 de noviembre de 1922") fue sepultado en el cementerio de Pêre-Lachaise, donde reposa debajo de una lápida de marmol negro con otros miembros de su familia. El profesor Proust, su autoritario padre, que murió mucho antes de que su hijo "parasitario" comenzase a publicar su obra maestra, habría podido sorprenderse de que el nombre más eminente del mausoleo no fuese "Adrien", sino "Marcel"." (Sacado de PROUST, de Edmund White)

Por su parte GEORGE D. PAINTER apunta: "Flipot, el perrito de Fernan Gregh, se escapó, yendo a refugiarse bajo el ataúd de Proust, entre las vulgares risas de los curiosos; después, el atemorizado animal escapó corriendo, se metió en el torrente de automóviles que circulaban por la calle, y jamás se volvió a saber de él. Proust fue enterrado junto a su padre y a su madre, bajo el relieve del barbado doctor Proust, hecho por Marie Nordlinger, en la zona más alta del cementerio del Père-Lachaise. Durante unos cuantos años, el Abbé Mugnier celebró una misa en memoria de Proust, en Saint-Pierre-de-Chaillot; y dio fin a esta costumbre cuando la gente dejó de acudir.
Pero el cuerpo muerto del escritor había yacido en la blanca cama, con un ramo de violetas en sus manos enlazadas, y a su lado agua bendita y unas ramas de boj. La luz del día y el aire fresco entraron por vez primera en su dormitorio, y las flores a su alrededor ya no podían provocarle asma. La expresión de paz y juventud recobrada, la ligera sonrisa, desaparecieron para dar paso a la mueca de la carne descompuesta, de las mejillas hundidas."

martes, 21 de noviembre de 2006

Hasta mañana

A esos visitantes tan amables, tan pacientes y atentos, tan admirables:
Dos años justos lleva el señor Nichodades repitiéndose, obcecándose, liricándose, solidificándose, encamándose.
Ha nichoteado de lo lindo, en fin.

Julio Cerone

lunes, 20 de noviembre de 2006

POESÍA Y CIENCIA

TEORÍA DE LA RELATIVIDAD

Me quejo yo que tengo a fin de cuentas dónde
arrimarme para calentar los tres bajo cero que hace fuera
y que se nos quieren meter en casa.

Me quejo yo que tengo este papel
donde hacerlo.

Me quejo yo que puedo
entrar en un poema muerto de frío
y abrazarme a este verso.

Juanjo Barral

jueves, 16 de noviembre de 2006

A veces, no sé si extraña o estúpidamente, el señor Nichodades se identificaba oscuramente con cuadros, dibujos, fotos o cosas que veía. Lo hacía de forma arbitraria y temeraria. Una de esas veces se sintió retratado en un cuadro de un pintor británico. Consiguió una copia enorme y la puso en el salón de su casa. Allí debe de seguir. La tituló El retrato de los señores de Nichodades recién finalizado un partido de fútbol.

Howard Hodgkin
Mr & Mrs Robyn Denny 1960

miércoles, 15 de noviembre de 2006

MOGOLLÓN

Iros todos ya.
Dejad solo al silencio
con su soledad.
Julio Cerone

martes, 14 de noviembre de 2006

COMUNIDAD, de Franz Kafka

Somos cinco amigos; cierta vez salimos uno detrás del otro de una casa; primero vino uno y se puso junto a la entrada; luego vino, o mejor dicho, se deslizó tan ligeramente como se desliza una bolita de mercurio, el segundo, y se puso no lejos del primero; luego el tercero, luego el cuarto, luego el quinto. Finalmente, todos estábamos de pie, en una línea. La gente se fijó en nosotros y saludándonos decía: los cinco acaban de salir de esa casa. Desde entonces vivimos juntos, y tendríamos una vida pacífica si un sexto no viniera siempre a entrometerse. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que va es bastante; ¿por qué se introduce por fuerza allí donde no se le quiere? No lo conocemos y no queremos aceptarlo con nosotros. Nosotros cinco, la verdad, tampoco nos conocíamos antes y, si se quiere, tampoco nos conocemos ahora, pero lo que es posible y admitido entre nosotros cinco es imposible e inadmisible en ese sexto. Además, somos cinco y no queremos ser seis. Por otra parte, qué sentido puede tener esta convivencia permanente, si entre nosotros cinco tampoco tiene sentido, pero nosotros ya estamos juntos y seguimos estándolo, pero no queremos una nueva unión, precisamente en razón de nuestras experiencias. Pero ¿cómo enseñar todo esto al sexto, puesto que largas explicaciones implicarían una aceptación en nuestro círculo? Es preferible no explicar nada y no aceptarlo. Por mucho que frunza los labios, lo alejamos empujándolo con el codo; pero por más que lo hagamos, vuelve siempre otra vez.

jueves, 9 de noviembre de 2006

HOMBRES CON MUÑECA

Ramón Gómez de la Serna, entrevistando a su muñeca de cera

"Me llega de París una muñeca de cera que compré con el dinero de la herencia. Yo había tenido otra muñeca de cera entrañable, dramática, fascinante, pero se me murió en irreparable rotura.
El maniquí de cera es el único ralenti que se puede conseguir de la mujer en reposo de un gesto, la única imagen de la mujer que puede merecer demencia religiosa, con una religiosidad vital, sin la abstracción a que conducen los mármoles y que cuando llega algún aporte femenino a la mesa de los espiritistas es una mano de parafina."

(Ramón Gómez de la Serna, Automoribundia, capítulo XLVII.)

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Un año antes de su muerte, Franz Kafka vivió una experiencia muy insólita. Paseando por el parque Steglitz, en Berlín, encontró a una niña llorando desconsolada: había perdido su muñeca. Para calmar a la pequeña, el autor de La metamorfosis se inventó una peculiar historia: la muñeca no se había perdido, se había ido de viaje, y él, convertido en cartero de muñecas, tenía una carta que le llevaría al día siguiente al parque. Aquella noche Franz escribió la primera de las muchas cartas que, durante tres semanas, entregó a la niña puntualmente, narrando las peripecias de la extraordinaria muñeca desde todos los rincones del mundo. Según cuenta Dora Dymant, su compañera en aquellos días, el estado febril con el que Kafka escribía esas cartas era comparable al de cualquiera de sus inmortales obras. Éste es el relato de aquella experiencia, en la que Franz Kafka fue un mago de la palabra para una niña desconocida de la que jamás volvió a saberse nada, como tampoco de aquellas cartas que constituyen uno de los misterios más hermosos de la narrativa del siglo XX.

KAFKA Y LA MUÑECA VIAJERA
Jordi Sierra i Fabra (Siruela)

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Un hombre maduro, Juan P, nos relata en primera persona sus idas y venidas por la gran ciudad. Vive amancebado con una muñeca hinchable que no responde a sus caricias y tiene un extraño amigo con el que comparte sus periplos urbanos. Aparecen otros personajes y, como comparsas de tercera fila, apenas media docena de cretinos que no saben muy bien qué es lo que están haciendo en este mundo. Mientras tanto, rasgan el aire las sirenas de las ambulancias y de la policía, que atraviesan la ciudad buscando terroristas invisibles...

La mirada de la muñeca hinchable
Tomeo, Javier

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Anamorfosis

Hola, mi nombre es Ana, mido apenas 32 centímetros y hoy cumplo 68 años. Desde el lugar en que me encuentro es difícil lograr una imagen amplia de lo que me rodea, especialmente porque el líquido en el que me encuentro suspendida no permite que mis ojos consigan ver con claridad las cosas. Durante el día vienen muchas personas a observarme, como turistas de lo extraño en búsqueda de una curiosa maravilla. Ahí, parados frente al estante donde me encuentro se inclinan a leer la etiqueta que describe el que ahora será para siempre mi único nombre: For. Caso -DR.548S.

Desde el otro lado del cristal puedo sentir el asco y la nausea cuando fijan sobre mí su mirada. Oigo sus risas, sus comentarios de espanto y burla. Siento vergüenza, un deseo imposible de escapar, porque nada queda de lo que alguna vez fui.

El constante drenaje de fluidos y sustancias para detener el proceso de descomposición me han transfigurado casi por completo, han hecho de mí algo irreconocible, una masa de carne hinchada amplificada por el continuo dolor que me producen las distintas tiras de cuero que me han puesto para disimular la herida más extensa y evitar así el riesgo de que en cualquier momento mi rostro simplemente explote.

Por las noches, cuando todos los espectadores ya satisfechos se han marchado, me convierto en Ana nuevamente, la mujer, la esposa. Puedo escuchar claramente la voz de mis dos hijos llamándome una y otra vez. Sin embargo, vuelve también el recuerdo de esa oscura hora en la que él entró lleno de celos a mi cuarto, cuando el ruido metálico del hacha atravesándome el cuello llenó cada espacio. Ese ruido inolvidable sonando como una sinfonía triste pero hermosa.
Oscar Orellana Sanhueza
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A Luis García Berlanga le encanta contar en las entrevistas que al finalizar el rodaje de ese soberbio estudio sobre la soledad y el deseo que es 'Tamaño Natural' (1973), se llevó la muñeca inflable a casa y por ahí anduvo arrumbada, hasta que sus hijos, niños entonces, la reventaron jugando al fútbol con ella en el jardín.
Julio Cerón, en memoria

JOSE ANGEL VALENTE

EL PAÍS - Opinión - 01-07-1980

Lloremos en Julio Cerón a un español singular que no tuvo vocación de ministro. Lloremos al amigo, la elegancia secreta de su entendimiento, la viva llama que en su centro ardía, las insólitas dotes de su figura pública, tan apenas visible, la notable acuidad, el recatado amor y la tenue ironía. Llorémoslo con pudor y casi sin llorarlo, como él habría hecho con nosotros de haberlo precedido.Que se nos haya adelantado él es un consuelo. No han de malentenderse estas palabras. Dudo, en efecto, que ninguno de nosotros, de haber llegado antes que él a su lugar de ahora, nos hubiéramos dado, como él nos da, un tan íntimo, tan adentrado, tan consolador difunto. De ahí que en la venerable y anónima labor a la que se entregan hoy sus albaceas al publicar los inéditos, semiinéditos y fragmentos que él dejó (1), uno de los aciertos mayores sea el de haber llegado casi a eliminar su nombre para mencionarlo sólo con la entrañable y casta designación de nuestro muerto.

Hay, ciertamente, calor y consuelo en la lectura de sus textos, en sus decires y desdecimientos y en el espíritu de soledad y afectuosa burla con que a todos, en definitiva, diríase que aún nos tiene presentes. El mismo hecho de que muchos de sus presuntos amigos de otros tiempos, hoy subrilinistros de superministros o antropoministeroides o nninisteropáusicos, hayan olvidado o tratado de olvidar, incluso como fantasma de los sueños de remordimiento que, según dicen, acometen alguna vez a los grandes personajes de la historia, aquella «su digna amargura tácita», a la que en algún lugar hacen los albaceas referencia, da calidad más honda y mas perdurable existir a nuestro muerto.

Fue él, en rigor, un desconocido, y sigue siéndolo. No quiso ser nunca, para fortuna suya y nuestra, hombre ele pensamiento, que tanto sobreabundan. El mismo indica, en alguna parte de sus publicaciones p6stumas, que estuvo cinco años sin pensar. Pero, aun siendo una persona que no pensaba demasiado, no escribió -nos dicen sus albaceas- gran cosa. Su delicadeza fue, en todo, extrema. Tuvo el arte, poco apreciado por intelectuales, cupleteras y ministros, de no hacerse visible. Fundó, hacia 1956, el ¡lamado Frente de Liberación Popular o Felipe. Nuestra historia, dicho sea de paso, ha sido y es pródiga en felipes de desigual cuantía y méritos. Aquel Felipe de entonces (ioh! bodas nuestras con los mañanas que cantan) estuvo lleno de leales. ¿Sería la historia patria una pugna entre la insólita continuidad de los felipes y la insólita versatilidad de los leales?

No mucho tiempo después de aquello, viajando yo, según recuerdo, de Londres a Ginebra, fue él alevosamente conducido de Ginebra a Madrid mediante el conocido truco del «cabestro». Pasó así de la clandestinidad a la prisión y, luego de ésta, al exilio y a la vida interior, cosas todas ellas, como se ve, no para ser muy visto.

También su obra, me refiero ahora a los escasos textos que había publicado en vida, fue objeto de un elegante y total desapercibimiento. El único texto suyo que tuvo, con independencia del autor, éxito mencionable, fue un artículo del año 1967 que, en la excelente versión italiana de la baronesa Cecilia Cope di Valromita, fue literal y abundantemente utilizado, sin la menor mención de nuestro muerto, por el eminente líder de la izquierda socialista Onorevole Riccardo Lombardi. La justa prisa y la natural desaprensión de nuestros grandes promotores de historia hizo que ninguno de éstos tuviera tiempo para reparar en él y lo olvidaron sin reparos. Se entiende así que al frente de lo que hoy se considera su testamento político, una colección de mil palabras cruzadas, pusiera nuestro muerto esta dedicatoria: A Luis Martín Santos, que tiene tiempo de sobra.

Sobre su misma extinción o tránsito tampoco hay. noticia detallada. Algunos devotos de provincias han llegado a asegurar que no había muerto. Pero esta actitud, además de emanar de un sebastianismo peligroso, contradice la sencilla e irrebatible aseveración de los albaceas, según los cuales, la muerte lo llevó a las urnas por primera vez, pues fue incinerado, a los cincuenta años de edad.

Lloro, pues, hoy en él al hombre y al amigo, y al único jefe político al que he podido, en cuanto tal, reconocer las dotes, la pasión, la calidad y el merecimiento. Propongo que con él o en su memoria y con algunos pocos amigos que aún le quedan, todos vagamente difuntos, fundemos un partido de oposición permanente, una especie de trotskismo de las ánimas, que cabría intitular Frente de la Santa Compaña. Además de aparecer de sopetón en los más sumergidos y oscuros cenagales de la vida española, tendría el Frente la ventaja de que ninguno de sus miembros podría nunca llegar a ser ministro ni gravaría los públicos haberes ni la atención comunitaria más que con la mínima demanda de una breve oración.

1. Albaceas de Cerón: Mil palabras cruzadas, 1977. Albaceas de Cerón (auténticos): Dos libros en uno, 1978. Convergencia de Albaceas: Prólogo y entrevista, 1978. José Angel Valente poeta, licenciado en Filosofía y Letras. Obtuvo el Premio Adonais y el Premio de la Crítica Catalana por sus Poemas a Lázaro.

miércoles, 8 de noviembre de 2006

Prólogo con libélulas y gusanos de seda

Es cosa de libélulas,
de caballitos del diablo: aletean eléctricos,
vibran como cuerdas de una guitarra
que alguien acaba de pulsar,
zigzaguean como relámpagos,
rubrican la mañana azul.

Cosa también de cazadores de libélulas:
nos dejan en los dedos un grumillo de muerte,
un residuo viscoso, una turbiedad amarilla.

A veces se realiza el milagro:
el cazador cobra su pieza intacta y viva.
Comienza entonces la tarea primorosa del entomólogo:
le clava un alfiler para que muera poco a poco
a fin de que conserve intacta su belleza,
su perfección, su apariencia de vida
(porque de eso se trata).
Es cosa de entomólogos, es cosa de poetas,
maquilladores y embalsamadores de cadáveres.

Es cosa de gusanos de seda:
segregan tenues hilos de oro
con los que van edificando
su alcázar, cárcel, túmulo,
su oscuridad definitiva;
se desangran en oro, resignados
a no ver desde fuera nunca jamás su obra concluída.

Un día algo despierta en el recinto silencioso
–resurrección o transfiguración–:
ya no es el tejedor apresurado de la saliva de oro
sino una mariposa, torpe y gorda,
que ni siquiera lo recuerda
(igual que el cuerpo no recuerda
al alma que era suya antes de que él naciera).
La nueva criatura nace a cambio
de destruir lo que fue la razón de vivir y de morir
de alguien que fue ella misma
y que es ahora nada más que un hueco.

Se trata ahora de un hueco donde ocurrió el prodigio,
de una sombra en la entraña de la seda,
de una sombra y un hueco en el que suena
un motor de automóvil.

Escucho ese motor desesperadamente
para saber que no estoy sordo.
Segrego seda para probar que sigo vivo,
para encerrar conmigo el automóvil
y no dejar jamás de oír su música
(yo, como Marinetti, creo ahora
que un automóvil es más bello
que la Victoria de Samotracia).

A los 65 años de mi vida
cambié mi viejo coche.
Y ahora, a los 67, escucho al nuevo
sonar por penúltima vez.
No queda tiempo ya.
Yo he sido para él su amor primero
como él para mí el último.

Y me abandonará dentro de nada
(como al amante viejo la amada joven),
cuando no pueda acariciarlo.
Si él fuese un perro me daría compañía
y se dejaría morir cuando muriese yo.
Pero es únicamente un artilugio mecánico
–metal, cristal, plástico, goma–,
esclavo dócil que obedecerá
mientras mi mano sea firme.

Quiero pensar, lo necesito, que me recordará
desde algún cementerio de automóviles
cuando yo esté en mi camposanto de cipreses y cruces
(o, mejor, cuando sea cenizas diluidas
en la palpitación de la mar).

Entro en la seda del poema roto
donde alguien, que fui yo, murió más de una vez.
No hay nadie, nada: tan sólo un automóvil.
Pongo el motor en marcha: le hablo de libélulas,
de gusanos de seda.
Le pregunto
qué será lo que yo quería decir.

José Hierro

lunes, 6 de noviembre de 2006

POR SIMPATÍA ME RESIGNO

Vivían en la cama, y escribían: Vicente Aleixandre, Marcelo Proust, Juan Carlos Onetti, por ejemplo. También escribía en la cama don Ramón María del Valle-Inclán y Montenegro.

Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, clavados en la ventana en lugar de los vidrios.
Me paseaba con medio cuerpo desnudo, aburrido de estar tirado, desde mediodía, soplando el maldito calor que junta el techo y que ahora, siempre en las tardes, derrama adentro de la pieza. Caminaba con las manos atrás, oyendo golpear las zapatillas en las baldosas, oliéndome alternativa­mente cada una de las axilas. Movía la cabeza de un lado a otro, aspirando, y esto me hacía crecer, yo lo sentía, una mueca de asco en la cara. La barbilla, sin afeitar, me rozaba los hombros.

sigue

Addenda.

sábado, 4 de noviembre de 2006

Diacronía/sincronía de una mujer

La parte final del poema “Espacio” de Juan Ramón Jiménez

¡Que os sea leve!

Conciencia ... Conciencia, yo, el tercero, el caído, te digo a ti (¿me oyes tú conciencia?). Cuando te quedes libre de este cuerpo, cuando te esparzas en lo otro (¿qué es lo otro?) ¿te acordarás de mí con amor hondo; este amor hondo que yo creo que tú y mi cuerpo se han tenido tan llenamente, con un convencimiento doble que nos hizo vivir un convivir tan fiel como el de un doble astro cuando nace en dos para ser uno? ¿Y no podremos ser por siempre lo que es un astro hecho de dos? No olvides que, por encima de lo otro y de los otros, hemos cumplido como buenos nuestro mutuo amor. Difícilmente un cuerpo habría amado así a su alma, como mi cuerpo a ti, conciencia de mi alma, porque tú fuiste para él suma ideal y él se hizo por ti, contigo lo que es. ¿Tendré que preguntarte lo que fue? Esto lo sé yo bien, que estaba en todo. Bueno, si tú te vas, dímelo antes claramente y no te evadas mientras mi cuerpo esté dormido; dormido suponiendo que estás con él. Él quisiera besarte con un beso que fuera todo él, quisiera deshacer su fuerza en este beso, para que el beso quedara para siempre como algo, como un abrazo, por ejemplo, de un cuerpo y su conciencia en el hondón más hondo de lo hondo eterno. Mi cuerpo no se encela de ti, conciencia, mas quisiera que al irte fueras todo él, al darte tú a quien sea, lo suyo todo, este amar que te ha dado tan único, tan solo, tan grande como lo único y lo solo. Dime tú todavía: ¿No te apena dejarme? ¿Y por qué te has de ir de mí, conciencia? ¿No te gustó mi vida? Yo te busqué tu esencia. ¿Qué sustancia le pueden dar los dioses a tu esencia, que no pudiera darte yo? Ya te dije al comenzar: “Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo”. ¿Y te has de ir de mí tú a integrarte en un dios, en otro dios que éste que somos mientras tú estás en mí, como de Dios?

Juan Ramón Jiménez, La Florida, 1941-1942-1954.

viernes, 3 de noviembre de 2006

miércoles, 1 de noviembre de 2006