viernes, 16 de febrero de 2007

A la busca de un final lírico (18)

Encuentro verosímil un recuerdo mío (no tengo ganas de levantarme ahora a verificarlo) según el cual Borges opinaba que la Teología y la Filosofía no eran más que meras ramas de la Literatura Fantástica ("pleonasmo"). Una consecuencia posible de esa opinión sería considerar que el Universo también es una especie de la literatura. Claro, que si la literatura es "un sueño dirigido", la deducción anterior empieza a ser cuestionable. En todo caso, el texto que sigue es un ejemplo excelso de literatura.

Asimismo, me parece oportuno practicar en este caso (pues complementa, aclara, oscurece) el vicio de la auto/hetero cita.

LA DOCTRINA DE LA IGLESIA (Tomado de El libro del cielo y del infierno, de Borges y Bioy Casares. Es de 1960)

Exceptuando la tierra, cielo significa todo el mundo creado, es decir, el firmamento y el mundo de los astros, y también la morada de Dios y de los elegidos, de los ángeles y de los santos. Ninguna revelación tenemos sobre la naturaleza de la morada de Dios y de los bienaventurados y lo que sobre ella se nos ha revelado, se confunde con el mismo estado de los santos.

El cielo es, de toda eternidad, la morada de la Santísima Trinidad y la de todos los ángeles; desde la creación fue también, hasta el momento de su caída, la de los ángeles caídos. Los hombres perfectos, desde su perfección por medio de la Redención, los justos de los tiempos antiguos, los Patriarcas, los Profetas, etc., etc., esperaban, en el limbo la venida del Salvador, es decir, en un lugar inferior porque sus pecados no se habían destruido todavía y porque nada impuro puede penetrar en el Cielo. Esperaban con ardor el día del Salvador, le vieron y se llenaron de alegría (1). «Después de su muerte, el Salvador bajó a los infiernos a predicar a los espíritus que se hallaban aprisionados (2) y a anunciarles su próxima libertad.»

Después de la Ascención del Salvador, empezó la de los justos de la Antigua Alianza y la de los hijos del Nuevo Reino del Cielo sobre la Tierra. Estos últimos, que procediesen del paganismo o del judaísmo, que hubieren o no nacido de padres cristianos fueron al Cielo, si habían salido del mundo después del bautismo y sin haber cometido ningún pecado.

Los santos de Dios sobre la tierra entran sin demora en el Cielo al dejar la vida del cuerpo. Otros que han muerto en estado de gracia, pero que tienen todavía que expiar la pena de ciertos pecados, o que borrar ciertas manchas, pasan primero por el fuego durante un tiempo marcado. Este fuego del Purgatorio (3), siendo intermediario y temporal, dejará de existir el día del juicio. A la cuestión sobre el lugar de purificación de los justos que puedan vivir todavía cuando se acabe el mundo, y que para entonces no estuvieren perfectamente purificados, los teólogos contestan diciendo que esta purificación debe efectuarse por medio del fuego que ha de consumir el mundo (4). Que hayan adquirido su perfección sobre la tierra o por el fuego del purgatorio, los espíritus de los justos perfectos, entran desde luego en el pleno goce de la beatitud. Este goce no empieza, por consiguiente, después de la resurrección de los cuerpos o del juicio final en que el reino de Dios será perfecto «y en que el Hijo será sometido a aquel que le habrá sometido todas las cosas con el fin de que Dios esté en todos.» (5)

Tienen el pleno goce de la beatitud (6), poseen también por consiguiente la certeza de su eterna salvación (7). Sin embargo, hay grados o diferencias en los goces de los espíritus bienaventurados, grados que están determinados por el mérito moral que cada uno ha adquirido y según la medida de las gracias que le fueron concedidas. Pero estas diferencias son de tal naturaleza que cada santo recibe en su grado la plenitud de la beatitud de que es capaz y que por lo tanto no aspira a un grado superior de felicidad, pues si pudiese esperar algo más, se puede decir que no habría alcanzado el Cielo.

Entre otros Concilios, así se pronuncia el decreto de unión del Concilio de Florencia: «Declaramos que las almas de los que después del bautismo no se han manchado ya con ningún pecado y que las que después de haberse manchado se han purificado, sea en esta vida, sea después de haber abandonado su cuerpo, entrarán inmediatamente en el Cielo y verán sin velo a la Santísima Trinidad, tal como es, empero, los unos más perfectamente que los otros, según la diversidad de sus méritos: meritorum tamen diversitate, alius alio perfectius.» (8)

El estado de los bienaventurados en el cielo consiste negativamente en verse libre de todos los males imaginables y positivamente en la contemplación de Dios; esta libertad y goce son eternos. Respecto de este particular, el Catecismo romano se expresa en los siguientes términos: «Se necesita, sobre todo, detenerse en esta diferencia (del estado de los bienaventurados) que nos ha sido enseñada por los teólogos más expertos y que admite dos clases de bienes, una perteneciente a la beatitud, y siendo la otra el resultado de ésta. Por este motivo la primera fue llamada de bienes esenciales, y la segunda de bienes accesorios (accesoria)» (9). Según esto, el Cielo, llamado también vida eterna, es el reino de Dios, el reino eterno, el reino o la casa del Padre, la corona de justicia, la alegría del Señor, la gloria, el eterno patrimonio, el nuevo Cielo, el Cielo de los cielos, la nueva Jerusalén, etc., la herencia en la cual nada puede destruirse, corromperse ni marchitarse (10). Los bienaventurados no pueden pecar porque no lo quieren, y no lo quieren porque ya no lo pueden, puesto que la posibilidad del pecado reconoce por origen un estado imperfecto y ellos son perfectos. Se hallan en la completa posesión de todos los dones divinos, del don de la perseverancia. Están libres de todos los sufrimientos; como se hallan libres del pecado, están también exentos de todos sus resultados. La muerte y todo lo corruptible quedará lejos de ellos (11). No habrá ya ni muerte, ni gemidos, ni dolor (12). Para ellos no existirá ni el hambre ni la sed, no estarán ya incomodados por el hambre ni la sed, ni por ningún aire abrasador; y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos (13).

Desde el punto de vista positivo, el Cielo es la contemplación directa de Dios (14). Pero si los bienaventurados ven a Dios tal como es, es necesario que su ser haya cambiado hasta el punto de que sean capaces de esta contemplación. Sólo el espíritu de Dios puede penetrar las profundidades de la divinidad, y es por lo tanto necesario que los espíritus perfectos sean en cierta manera llevados a la altura de Dios, y que estén transformados en su imagen. Cuando contemplemos la gloria del Señor, estaremos transformados en la misma imagen, adelantándonos de claridad en claridad, como por la iluminación del espíritu del Señor (15).

Esta transformación en su imagen es la unión más íntima con Dios; es en cierto modo, la divinización de alma humana como decimos en la Misa: «Dignaos hacernos participantes de la divinidad de Aquel que se ha dignado participar de nuestra humanidad.» Esta participación de los bienaventurados, de los ángeles como de los hombres, en la naturaleza de Dios, de ninguna manera consiste en la absorción de la naturaleza humana en Dios; la naturaleza humana o angelical queda inmutable aunque se transforme en Dios (16).

Así es como se confunden el conocimiento perfecto e intuitivo de Dios, intuitiva, la contemplación de Dios frente a frente, la transformación en Dios o la divinización, la posesión y el goce entero de Dios. Este estado constituye las delicias, la felicidad y la beatitud del Cielo; el conocimiento y el amor de Dios forman la vida eterna, la alegría del señor (17). Pero los bienaventurados no ven al Señor con los ojos del cuerpo; pues como Dios es espíritu (18) lo ven en espíritu. Su contemplación es infinita, puesto que Dios es incomprensible al pensamiento, es decir, al espíritu finito (19).

Dice San Agustín que es ya una gran beatitud el poder bajo ciertos conceptos, alcanzar a Dios con nuestro espíritu; abarcarle y concebirle es absolutamente imposible, pues si se concibiera ya no sería Dios. El espíritu creado ve al Ser divino pero a su manera, es decir, de un modo finito (20).

A la beatitud de la contemplación divina vienen a juntarse la honra o glorificación del Señor, la gloria de los santos, la comunión con el innumerable ejército compuesto de todas las naciones, todas las tribus, todos los pueblos, todas las lenguas que están en pie ante el trono y ante el Cordero (21).

Esta beatitud del Cielo, negativa y positiva, es inmutable y por este motivo se llama también la vida eterna, la imperecedera corona de la gloria en que se ve a Dios sin fin, se le ama sin pensar y se le alaba sin cansancio (22); «donde descansaremos contemplando, donde contemplaremos amando y donde amaremos alabando. Y esto es lo que se verificará en el término que no tiene término».

Lo que precede hace comprender el error de Orígenes y sus partidarios sobre el estado de los bienaventurados, cuando dice que en el Cielo progresarán como los hombres en la tierra, progresos que podrían hasta causar una nueva caída. Orígenes cree que la mayor parte de los santos serán primero destinados a un lugar de la tierra a donde serán purificados e instruidos de todo lo que ignoren, luego que serán transportados a los espacios etéreos y a esferas aun más sublimes y que, en fin, serán elevados por cima del Cielo hasta Cristo en quien podrán contemplar los últimos principios de todas las cosas. Allí, dice, están San Pablo y todos los que, siendo perfectos, lo ven todo en Dios (23). La Iglesia se ha pronunciado contra este error en el segundo Concilio de Constantinopla (24) que condena la teoría del progreso en el Cielo como un error y no como una doctrina dudosa, dubia.

Este desvarío origenista destruye la idea de la beatitud cuya esencia consiste en la perfeccción. La plena satisfacción que aniquila todo deseo de un progreso nuevo, puesto que habiéndolo obtenido todo, ya no puede adquirir nada y que siendo una vez perfecta ya no puede perfeccionarse. Esta opinión es contraria a la bondad de Dios que lo da todo, y que se da por completo a los bienaventurados, libertados para siempre de toda caída posible.

El Testamento apócrifo de los doce patriarcas reconoce siete Cielos. El primero, es decir, el que es para ellos el Cielo inferior, es el espacio situado entre la tierra y las nubes. En el segundo moran las nubes, el agua, la piedra y los demonios. En el tercero, que es mucho más alto y más brillante, habitan los ejércitos celestiales que en el día del juicio han de castigar a los malos ángeles. En el cuarto están los ángeles; en el quinto los ángeles que interceden en favor de los pecados de los justos; en el sexto, los ángeles que llevan las contestaciones a los ángeles que han intercedido con sus ruegos; y en fin, en el séptimo están los ángeles que alaban al Señor sin cesar.

Diccionario enciclopédico de la Teología Católica, tomo V (1867).

[1] San Juan, 56.

[2]I Pedro, III, 19.

[3] Dante sitúa esta montaña en el Polo Sur.

[4] Clem. A, Poed., I.I, c. 9 Lact., Inst. div. VIII, c. 21,

etc., Hilar in Psal. 117, n. 4, 12. Aug. de Civ. Dei, XXI,

c. XIII, 16.

[5]I Cor., XV, 28, Bellarm.

[6] Aug., de Civ. Dei, XI, c. II, 12.

[7] Id., de Corr. et Grat., c. II; de Don. pers., c. VII; de

Civ. Dei, XII, c, 9.

[8]A. D. 1439‑1441.

[9] Cat. rom., p. I, cap. XIII, quaest. 5.

[10]I Pedro, I, 4. Ef., V, 27.

[11]I Cor., XV, 53.

[12) Apoc. XXI, 4.

[13] Apoc. VII, 16.

[14] Juan, XVII, 3, Juan, 2, etc.

[15] II Cor., III, 18.

[16] S. Tom., Summa, p. III, supl. quaest. 92.

[17] Mat., XXV, 21.

[18] Juan, IV, 24.

[19] Jerem., XXXII, 19.

[20] S. Tom., I. c., quaest. 92, art. 3.

[21] Apoc., VII, 9.

[22] Aug. de Civ. Dei, XXII, 30.

[23] Oríg. Opera Omnia, I, II, cap. último. Conf. Hom. 7 in Lev Bellar, I, c.

[24] Conf. can. adv. Orig., can. VII, 9, en Bauzio. Conc. t. VI, 223.

2 comentarios:

Rain (v.m.t.) dijo...

Qué perfección tan grandiosa a la que llegar sería terrible :)

lo que decía Cioran acerca de la parfernalia teológica, me resulta más cierto que nunca. El exquisito lengujaje con el que se ha descrito estas glorias, da escalofríos.

Abraxo.

Nicho dijo...

Rain, parece una elaboración kafkiana, o a la viceversa.