jueves, 1 de febrero de 2007

Longtemps, je me suis couché de bonne heure (1)

El señor Nichodades dejó una lista con los cuentos que más le gustaron de los que pudo leerle. Se los leía a la hora de la siesta a su costillita, doña Consuelo, padecía insomnio vespertino, y la voz ronca, terca, teatrera y alevosa de su cónyuge lírico le dejaba en un estado de relajación y ansiedad de mucho cuidado. Su selección se adaptaba, podríamos decir, al canon, al gusto general del tiempo que le tocó vivir. Muchos son muy conocidos. Otros puede que menos. Voy a ir poniendo algunos, por si a alguien (nunca más de diez, por favor) le apetece utilizarlos en las austeras tardes somnolientas (soñolientas, el sueño a tientas). Tenía en la cabecera de la lista, tan arbitraria como sus propios impulsos, como sus anárquicas inercias, pero siempre respetuosa con el canon, eh, subrayado con rojo y en mayúsculas, UNA ROSA PARA EMILIA, cómo no.

También se puede leer en Ciudad Selva una entrevista.

Y un artículo que compara el cuento citado con otro cuento.

ADDENDA:

-¿Puede usted decir cómo empezó su carrera de escritor?

-Yo vivía en Nueva Orleáns, trabajando en lo que fuera necesario para ganar un poco de dinero de vez en cuando. Conocí a Sherwood Anderson. Por las tardes solíamos caminar por la ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes del mediodía nunca lo veía. Él estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer lo mismo. Yo decidí que si esa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío y me puse a escribir mi primer libro. En seguida descubrí que escribir era una ocupación divertida. Incluso me olvidé de que no había visto al señor Anderson durante tres semanas, hasta que él tocó a mi puerta -era la primera vez que venía a verme- y me preguntó: "¿Qué sucede? ¿Está usted enojado conmigo?". Le dije que estaba escribiendo un libro. Él dijo: "Dios mío", y se fue. Cuando terminé el libro, La paga de los soldados, me encontré con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo iba el libro y le dije que ya lo había terminado. Ella me dijo: "Sherwood dice que está dispuesto a hacer un trato con usted. Si usted no le pide que lea los originales, él le dirá a su editor que acepte el libro". Yo le dije "trato hecho", y así fue como me hice escritor.

-¿Qué tipo de trabajo hacía usted para ganar ese "poco dinero de vez en cuando"?

-Lo que se presentara. Yo podía hacer un poco de casi cualquier cosa: manejar lanchas, pintar casas, pilotar aviones. Nunca necesitábamos mucho dinero porque entonces la vida era barata en Nueva Orleáns, y todo lo que quería era un lugar donde dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. Había muchas cosas que yo podía hacer durante dos o tres días a fin de ganar suficiente dinero para vivir el resto del mes. Yo soy, por temperamento, un vagabundo y un golfo. El dinero no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas... lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar. Y esa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz a sí mismo y a todos los demás.

-Usted debe sentirse en deuda con Sherwood Anderson, pero, ¿qué juicio le merece como escritor?

-Él fue el padre de mi generación de escritores norteamericanos y de la tradición literaria norteamericana que nuestros sucesores llevarán adelante. Anderson nunca ha sido valorado como se merece. Dreiser es su hermano mayor y Mark Twain el padre de ambos.

-Entonces, ¿usted nunca siente la necesidad de discutir sobre su obra con alguien?

-No; estoy demasiado ocupado escribiéndola. Mi obra tiene que complacerme a mí, y si me complace entonces no tengo necesidad de hablar sobre ella. Si no me complace, hablar sobre ella no la hará mejor, puesto que lo único que podrá mejorarla será trabajar más en ella. Yo no soy un literato; sólo soy un escritor. No me da gusto hablar de los problemas del oficio.

1 comentario:

Rain dijo...

Onetti apoyándose en Faulkner, a su manera.
Faulkner, sin atenuantes, manifestándose sin suntuosidad verbal...

Lo que se puede hacer, por escribir..., es cierto. Ah, un detalle, aquello de que a la mujer si se la trata con puño, eso hará que ella se acerque, no creo que sea absoluto. La mujer dejó de ser la muñequita que clama por sus amores...

:) Abraxo y muchas gracias por los links tan plenos.