domingo, 11 de marzo de 2007

UN ESPEJO ARDIENTE

Una niebla hueca se había posado en sus pulmones (o por ahí), como escondiéndose en una hura de ausencia,
mientras veía un lacito de seda atado a su blanco brazo, ese terciopelo de brillo y deseo,

un azar soltado en el olor del aire,
la carne perfeccionada celebrando la exaltación del vuelo devengado.

Caía la tarde dulcemente cansada
de tanto domingo imposible.

Y la mujer -¿se llamaría Marta, Teresa, Albertina,...?
ajenamente amarilla.

Brillos pulidos por esa tristeza
que tiene la tarde en su hora sonámbula.

En los cristales, los reflejos abstractos y cambiantes
de luces, como la memoria autofotografiada.

Caía la tarde ya destemplada, ya destemporalizada.

Huía como una figura en sombra
envuelto en el incendio triste de si pasado.

Había un olor a olvido en el aire.

Y ella era como un arcoiris eléctrico,
una obscenidad de boca, voz, labios, lengua,
un infierno de delgadez y orgasmos.

Un ritmo hueco de calor.

Los dedos de ella, heridos de madrugada y blancor,
le marcaron la espalda de crímenes dactilares,
le revolvieron de ternura criminal
el cabello que no tienía.

Y DESPUÉS:

El vuelo silencioso de la mariposas de la madrugada.

Una nube de polvo seco
se desvanece, como los recuerdos en los cristales y
el espeso blancor de su olor.

Y AL FINAL:

Ella se pintaba los labios
mirándose en un espejo ardiente.

1 comentario:

Rain dijo...

La imagen del espejo ardiente permanece tiempo después de haber leido el poema.

Espejo ardiente.