jueves, 31 de mayo de 2007

A la busca de una automoribundia lírica (33)

Ya ha llegado la hora del resumen. Mi resumen es que no he visto más que cometer grandes injusticias al tiempo, siendo por eso que ya no me importa desaparecer.
¡Morir lo menos engañados que podamos!
...me asomo a las librerías donde los libros nuevos suelen decir lo mismo que los libros antiguos. ¡Es tan difícil escribir un libro verdaderamente nuevo!
Todo hay que sacrificárselo al ideal. Ser idealista es lo imprescindible: sin perjuicio de no perder de vista la realidad y luchar con ella para que respete nuestro ideal.
He intentado tener toda la dignidad que he podido. Nunca estaré con los hipócritas ni con los hiperbólicos, y no tomaré parte en cosas secretas.
Me hubiera gustado ser un retrato anónimo. Devolvería cuanto pudiese devolver de la notoriedad. Lo que me sobrase después de poder vivir al día. He tenido una gloria que me ha permitido que no me diesen demasiado la lata los demás. De la gloria no quiero ni esos cuernos que pone la corona de laurel en la frente. Mi triunfo es que sin dejar de aparecer me he disimulado.
Figurar y desaparecer, tener declarada intimidad con algunos ciudadanos que nos sorprenden en el café o en la calle, ser visto y no visto gracias a un mimetismo de distraído y de desprendido, escribir, lanzar libro tras libro y no sentirse aludido cuando se hable de esos libros.
En el no ser nada no he tenido que ser profesor, ni simular reticencias de profesor. Nada de eso, absolutamente nada de eso, y sin embargo vivir, asistir al espectáculo del mundo muy en medio de él, muriendo en pie.
El mundo le quiere ver a uno vencido y no perdona al invencible; quiere que uno esté llorando y durmiendo y yo río y estoy despierto; quiere que uno sea un invertido –quieras o no quieras en el culo te pinto un loro–, pero yo he podido vivir sin tener que incurrir en eso porque hay muchos mundos en el mundo.
Estoy en el momento en que todas mis admiradoras se tiñen.
Todos se van muriendo. ¡Pero qué trabajo hasta dejarles a todos colocados en sus nichos y hasta entrar uno en el propio! Ya pueden pasar todas las palomas que quieran, que yo me estoy muriendo en la terraza desde que comencé a mirar al mundo.
Parece que literatura hace que se pase el tiempo sin sentirlo, y si el escritor ha sido feliz lo fue de un modo extrañamente vertiginoso. (Todas las ventajas son para el lector.) Sin embargo, el artista no es viejo y tiene la edad de la bohemia, en que siempre se es joven.
Yo tengo la peor de las incumbencias: decir lo que no se dijo nunca. Así he logrado algo acabado en lo inacabado.
El mayor tesoro para el escritor es la soledad.
Así, haciendo esta vida, mi soledad ha de estar de acuerdo y en proporción a mi miseria. Ya sé que nadie quiere que yo sea rico. Ni yo tampoco. Pero con todo, soy un millonario sin millones. Que nadie se revuelva contra la idea de soledad.
Estoy en ese momento en que exclaman al vernos: "¡Cómo te pareces a tu padre!"
Al mirarme en un espejo que súbitamente me refleja me encuentro realmente parecido a mi padre. ¿Seré mi padre?
En esa angustia del espejo he querido gritar: "¡No quiero ser mi padre! ¡No quiero ser mi padre!"
...veo que el vivir es meterse en ese atolladero sin notarlo.
¿Quién me robó? ¿Es que se quedó con mi posibilidad aquel niño que haciéndose el inocente me preguntó la hora?
El lazarillo que lleva uno al lado es ciego, y precisamente él nos debe dirigir, porque nuestra vista es la que nos equivoca.
Sólo acaricio ese sueño de que sea mi premio de haber vivido como viví, el vivir en la ciudad del puro silogismo, cosa que no se realizará, porque artista significa "el que no realiza sus sueños", siendo quizá por eso el ser que está siempre soñándolos, y, por lo tanto, no se duerme en ellos y los describe para consolar a una humanidad sin sueños.
EPÍLOGO
En resumidas cuentas, viví y no supe lo que era vivir. Sin embargo, el gran consuelo de perder la vida es que uno muere pero los grandes ideales van a seguir viviendo, y nunca el mal podrá en definitiva con el bien.
No se muere por una enfermedad sino por cansancio de vivir, porque la vida quiere dormir, ¡dormir!, dormir en la muerte.
Hay que tener también en cuenta que siempre que se muere alguien se repite la muerte de todos, y al morir uno se descansa de ver el desesperante caso de ver morir a los demás. ¡Ah, después que yo me muera ya no veré morir a nadie!
Hay un momento en que está uno dispuesto a recibir todas las noticias, hasta la de su muerte. La vida es más corta que lo que se escribió.
Yo sé que si estuviese en España a la hora de la muerte –ya que cuando aquí son las 11 allí son las 3– llegaría a vivir cuatro horas más, ¡pero cuatro horas más, qué importan al moribundo! Y ahora, después de estas palabras, doy por terminada la edición príncipe de mi autobiografía, en que creo haber dejado concentrada mi conciencia y mi historia, pero si alguien dudase de la veracidad y exactitud de lo que digo: ¡que le fría un huevo!
AUTOMORIBUNDIA (1948), de Ramón Gómez de la Serna

2 comentarios:

El pez dijo...

Es un fenómeno. Estamos haciendo un documental sobre Don Ramón, la ciudad le debe un homenaje en toda regla.

Rain dijo...

Él, que escribió las greguerías...
sencillo, lejos del snobismo.

Y grande.

Escribe con naturalidad de la muerte, sin ápice de ampulosidad.