jueves, 28 de junio de 2007

Un viaje feo, católico, vespertino y sentimental

Era la primavera del año de 2007 y la familia de Bratz paseaba por el Madrid de los Austrias y sus íntimos alrededores. Ocurrió entonces que se encontraron inesperadamente de repente insituados en la llamada Plaza de la Provincia.

Colindante no más se aprecia que hay otra plaza, la Plaza de Santa Cruz: son dos plazas contiguas, parecen una, pero son dos. Los interesados que consulten un callejero.

Situacionáronse los turistas provincianos en un instante de ese momento enfrente mismamente del sin par Palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores del Reino de España. Y miraron al unísono, quiere decirse a la vez, y sin duda impelidos por un afán de curiosidad de carácter consanguíneo, diríase que con la sincronía característica de los provincianos de provincias, al este de la citada plaza, y encontráronse con esta mezcla de una torre picudamente triangular y de otra torre con un acabado descaradamente cuadrangular:

Da igual que hablaran mucho o poco entre ellos, pues lo importante, lo que verdaderamente hay que destacar ahora, es que se quedaron sin palabras. O sea, momentáneamente mudos, respirando a la vez por la nariz y por la boca. ¡Qué diversidad! Y como tenían una aversión visceral al quietismo/estatismo/o sea/ a la contemplación, viraron rápidamente hacia el oeste.
Y siguieron quedándose sin palabras. Respirando al unísono por la nariz y por la boca. No podían dar crédito verbal del espectáculo que se les ofreció cuando se encaminaron, con el atonlondramiento inherente a su temperamento y condición, hacia la Plaza Mayor de la Corte.
Ésta fue la visión que les fue deparada en ese momento:


Pero nunca perdieron la compostura. Con la parsimonia propia de las familias perpetuamente pasmadas, cruzaron la Plaza -iban hieráticos, como estatuas atrofiadas de genes de sus antepasados impasibles- y se percipitaron por la salida de la izquierda (fondo sur). Estaban en la calle de Toledo, archiconocida arteria de la antigua ciudad. Y ocurrió en ese mismísimo el momento más provinciano de toda esa instantaneidad de momentos: un suceder de nubes:

Cúspide de la Colegiata de San Isidro

Entonces Ana Bratz dijo que quería un helado de dulce de leche.
Cuando lo acabó, le dio tiempo para fijarse en estas flores exhibidas con un toque de perturbación en un escaparate:

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