jueves, 26 de julio de 2007

A la busca de un final lírico (cuarenta y tres, me arrodillo a tus pies)

Mis padres, cuando por fin me emancipé, me regalaron como premio el DICCIONARIO DE FILOSOFÍA, de José Ferrater Mora. Lo tengo en la mesilla de mi cama, como libro de cabecera, junto con el Plan General Contable. Amo, desesperadamente, estos libros. Bueno, el Diccionario de Filosofía son cuatro gruesos volúmenes. Con ellos he logrado poner algo de sentido común a mi vida, llena de delirios intranscendentes, pueriles. El DICCIONARIO está lleno de autorreferencias internas (Cfr., VÉASE, tomo II de la obra De la matière à l´esprit, (1) (2) (3), etc.). Forget the night. La lectura de estos libros autorreferenciados, deicidas, que crean un universo cerrado, cada cosa colocada en su sitio, no pasa ninguna de esas enormes pelusas que se cruzaban en el camino de Clint Eastwood cuando atravesaba los desiertos de Almería, ni siquiera una mota de polvo, cada noche, nada se estorba, ni se cruza, ni saca los pies del tiesto, todo tiene una explicación, que a su vez te abre otra puerta, y si te asomas a la ventana verás cómo el universo es inmenso, pero explicable, veo a una muchacha columpiándose y enseñando las bragas a su profesor de matemáticas, las pesadillas, cuando uno se familiariza con el contenido de estos libros, no dan pánico, como antes, piensas, mientras sueñas, esto lo voy a consultar luego en el PLAN O EN EL DICCIONARIO, en fin, a lo que iba, una entrada de este último, que he leído varias veces, se titula MUERTE.

Entresaco algunas cosas:

"Platón afirmó que la filosofía era una meditación sobre la muerte. Toda vida filosófica, escribió después Cicerón, es una commentatio mortis. Veinte siglos después Santayana dijo que "una buena manera de probar el calibre de una filosofía es preguntar lo que piensa acerca de la muerte". Según estas opiniones, una historia de las formas de la "meditación de la muerte" podría coincidir con una historia de la filosofía. Ahora bien, tales opiniones pueden entenderse en dos sentidos. En primer lugar, en el sentido de que la filosofía es o exclusiva o primariamente una reflexión acerca de la muerte. En segundo término, en el sentido de que la piedra de toque de numerosos sistemas filosóficos está constituida por el problema de la muerte. Sólo este segundo sentido parece plausible.
Por otro lado, la muerte puede ser entendida de dos maneras. Ante todo, de un modo ambiguo; luego, de una manera retringida. Ampliamente entendida, la muerte es la designación de todo fenómeno en el que se produce una cesación. En sentido restringido, en cambio, la muerte es considerada exclusivamente como la muerte humana. Lo habitual ha sido atenerse a este último significado, a veces por una razón puramente terminológica y a veces porque se ha considerado que sólo en la muerte humana adquiere plena significación el hecho de morir. Esto es especialmente evidente en las direcciones más "existencialistas" del pensamiento filosófico, no sólo las actuales, sino también las pasadas. En cierto modo, podría decirse que el significado de la muerte ha oscilado entre dos concepciones extremas: una concibe el morir por analogía con la desintegración de lo inorgánico y aplica esta desintegración a la muerte del hombre, y otra, en cambio, que concibe inclusive toda cesación por analogía con la muerte humana".

Cuando llego aquí, casi invariablemente, me vence el cansancio, y caigo medio muerto de miedo por una pendiente de jerarquías que se van bifurcando indefinidamente... pero que trato de enervar viajando por el acelerado aire del sueño...

3 comentarios:

Aura dijo...

Me he guardado este post. No le puedo decir más.
Estoy KO.

street trilce dijo...

Nicho, la filsofía nos puede matar. Y no es que no importe morir por ella o por lo que suscite, sino que con ella (ah cómo me gusta que tenga sonido a mujer) se vive mejor que sin ella...

la muerte, esa palabra aún tabú para gente que escribe. siempre la muerte (y he aquí que suena a mujer y niet, pienso que la muerte es una entidad andrógina...)oculta en cada suceso, celebración o ficción...

Un gran salute (y abraxo).

El pez dijo...

Yo, cuando me independicé definitivamente me regalaron la mitad del piso, que es menos emotivo que un libro de filosofía pero, vistas las cosas, les estaré eternamente agradecido.
En cuanto a lo de abrir y cerrar puertas, en eso con mi regalo lo tengo mas sencillo porque mi piso no tiene más que la de la calle (bueno, y dos de cristal en el WC, pero esas no cuentan).

Arriba la filosofía, abajo el Euribor.