domingo, 29 de julio de 2007

The OjO in the mano.
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El arañador noctámbulo, la mano guiada por el sueño perdido, irrecuperable, la mano que se comporta como si tuviera -lo tiene- un ojo que la susurrara en la oscuridad lo que tiene que tocar, arañar, agredir, acariciar. La mano que mira, la mano que ve, mi mano es una lechuza agazapada debajo de la sábana, esperando que aparezca una sombra, un reflejo, una pesadilla, para arañarla. Mi mano soñando con el ojo abierto al abismo de lo que no voy a poder recordar, ojo que no parpadea nada, que quieto, silencioso, invisible, espera.
De día, o de noche, cuando estoy despierto, a veces, distraídamente, miro mi mano. Observo que está limpia, roja muchas veces, o sucia, como usada, escareada, parece un trapo viejo otras, sólo llevo un anillo, algo gordo, de ese oro que va apagándose, noto que me van apareciendo algunas manchas, lo noto, lo miro, lo veo, pero no lo pienso, no me gustan todos esos pelos en mi mano, aunque tampoco tiene tantos, busco siempre la perfección de la mano, el ideal de la mano.
La palma de la mano, toda ella es una huella dactilar, con su ojo sin párpado puesto allí en el medio, no lo veo, pero sé que está allí, acostumbrado ya a las costumbres de mi mano, al teclado, a Ana, al brazo blanco de ella, tan claro, tan brillante, mi mano lavándose a menudo, pelando una manzana, firmando olvidos, el ojo viendo caer el violento chorro de agua después de algo, el ojo aclarado antes de dormir, para que pueda ver limpiamente por los sueños de la noche, para que pueda protegerme de las arañas que me acosan desde el cabecero de mi cama.

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Yo no podía haber notado nada, ni sentido nada, ni dolor o placer o prurito, ni reminiscencias inconscientes, ningún recuerdo ni oscuro, ni morboso, ni tétrico, nada de nada se quedó en mí que me hiciera desconfiar, ningún indicio ni pista ni sospecha ni duda. Ninguna uña astillada ni mellada, ni remordimiento confuso ni difuso, en realidad había pasado una de esas noches blancas totalmente reparadoras. Pero ella, mi mujer, me dijo, cuando nos vimos a la hora de la comida, que no le había dejado dormir, que estaba echa polvo, aunque no me despertó porque quería saber en qué acababa aquello.
Decidí dejarlo pasar, estoy acostumbrado a ese tipo de reproches irónicos, he dejado de contestarlos, hace mucho.
- Te has pasado toda la noche arañando el cabecero de la cama - me dijo después, ya al final de la comida, había estado esperando, escudriñando, yo creo que distraídamente atenta a mis gestos, querría comprobar algo, seguro, o quizá el brillo apagado de su mirada sólo era cansancio .
Fui, veloz, a ver nuestra cama: en el cabecero ni rastro ni sombra ni niebla de arañazo alguno detecté.
Veloz, decidí dejarlo pasar.

3 comentarios:

Estupor dijo...

Gracias por el enlace OjO: me ayudará a saber quién soy.
*
Maravilloso cuento de terror.

Rain en ZQ. dijo...

El punto irónico en clave.


Nicho, estuve pensando en el título de tu blog. Preciso.

Como a la vez, un aura ambigua hay en este texto... (¿aceptarás como dice Haneke, que las interpretaciones sean abiertas?)

Salute.

Rain en ZQ. dijo...

Ah, las ilustraciones : algunas son inquietantes.