martes, 25 de septiembre de 2007

9 de agosto de 2067

El polvo. El polvo cae sobre las cosas con una paciencia similar a la de la nieve en los países donde nieva todo el rato, que no sé si existen. El polvo cae sobre las cosas con una paciencia similar a la de la lluvia en los países en los que llueve con una paciencia infinita. El polvo cae sobre las cosas con una paciencia similar a la del calor/frío en los países en los que ni llueve ni nieva, pero en los que el calor/frío caen con una paciencia infinita. No lo vemos, pero quizá estamos cubiertos por un océano de invisible intranscendencia. Nos cubre una finísima capa de polvo por las mañanas, cuando nos despertamos. Una esquiva, pero pegajosa, y levísima nieve de tedio y plateresco, insonora, se deposita con su veterana lentitud sobre nuestros hombros, durante el día. Nieva tiempo sobre nosotros también mientras dormimos, ya se dijo. Desde que me di cuenta de este fenómeno obvio (soy muy lento, siempre llego tarde, cuando ya se ha ido todo el mundo, siempre voy el último), cada mañana, maniáticamente, me paso el dedo por algún lado, un brazo, la cara, el barrigón. Luego me miro el dedo para comprobar si tiene restos, restos de tiempo, restos de nieve.

3 comentarios:

la vida soñada de los ángeles dijo...

Como una pátina del tiempo, el polvo y al final el polvo que uno será, aparece en el intersticio de la lectura.

(Hermosa la imagen de la nieve, la reiteración musical, y esos restos de tiempo, la pátina...)

Aura dijo...

Tiene un delicioso sabor a vanitas este texto Nicho...
Me sacudo y me restrego los ojos.

samsa777 dijo...

Fantástico