viernes, 7 de septiembre de 2007

A la busca de un final lírico (46)

─ Uno no lo desea, pero prefiere siempre que muera el que está a su lado, en una misión o en una batalla, en una escuadrilla aérea o bajo un bombardeo o en la trinchera cuando las había, en un asalto callejero o en el atraco a una tienda o en un secuestro de turistas, en un terremoto, una explosión, un atentado, un incendio, da lo mismo: el compañero, el hermano, el padre o incluso el hijo, aunque sea niño. Y también la amada, también la amada, antes que uno mismo. Todas esas ocasiones en las que alguien cubre con su cuerpo a otro, o se interpone en la trayectoria de una bala o de una puñalada, son excepciones extraordinarias y por eso se destacan, y la mayoría son ficticias, están en las novelas y en las películas. Las pocas que se dan en la vida son impulsos irreflexivos o dictados por un sentido del decoro aún muy fuerte y cada vez más raro, hay quienes no podrían soportar que su hijo o su amada se fueran al otro mundo con la idea última de que uno no impidió su muerte, no se sacrificó, no dio su vida por salvar la de ellos, como si se tuviera interiorizada una jerarquía de vivos que ya va quedándose anticuada y pálida, los niños merecen más vivir que las mujeres y las mujeres más que los hombres y éstos más que los ancianos, algo así, así era antes, y esa vieja caballerosidad pervive en algunas personas, cada vez en menos, en los de ese decoro tan absurdo si bien se mira, porque, ¿qué debería importar el pensamiento último, el despecho o la decepción fugaces de quien un instante después ya estará muerto, sin más capacidad de decepción ni despecho ni de pensamiento? Es verdad que aún hay unos pocos que tienen esa preocupación arraigada y a los que eso importa, y que por lo tanto actúan para el testigo a quien salvan, para quedar bien ante él o ella, y ser recordados con admiración y agradecimiento eternos; sin acordarse de veras en el decisivo momento, sin plena conciencia entonces, de que nunca disfrutarán esa admiración ni ese agradecimiento, porque serán ellos quienes un instante después ya se habrán muerto.

Principio de Tu rostro mañana 3. Veneno y sombra y adiós, de Javier Marías (a la venta el próximo 24 de septiembre)

4 comentarios:

Rain en ZQ. dijo...

O es que no se se espera nada. Sólo se actúa (pienso en el pasado terremoto: si había que cubrir al hijo, a la hija, con el cuerpo, cuántos lo hubieran hecho para que no perezcan lo que vino de ellos. Sí, en ese caso es como una fuerza interiorizada. No quieres que se muera el que vino al mundo porque tuviste que ver en ello. Al final también hay cierta vanidad en el sacrificio...).

Aura dijo...

Pero claro, la muerte es algo tan hermoso... ¿Por qué no regalarla?

El pez dijo...

al fin la trilogía completa, el más bello diccionario de sinónimos jajaja, es broma

creo que es buena ocasión para leerlo todo del tirón, lo que pasa es que sigo sin mucho tiempo mental para leer...

grande dijo...

GRANDE, GARDEN