martes, 11 de septiembre de 2007

A la busca de un final lírico (47)

AGONÍA


¿Por qué no se pueden redimir los pecadores con la propia agonía?

William Faulkner


Estaba en las últimas y como buen católico pensaba embolicar a Dios arrepintiéndose in extremis. Su infiel memoria le traicionaba y le ocultaba una buena acción que había hecho, cuando todavía era joven. Un tejido de maldades y vilezas le impedía recordar aquella acción lejana, de la que pensaba que dependía su salvación eterna y de la que sólo sabía que había una víctima y un perdón. Pero el resto se le perdía entre fantasmas acusadores y las premuras del tiempo que se echaba encima. Cerró los ojos para reavivar la precisión de los recuedos y todos creyeron que había muerto; pero él seguía luchando desesperadamente contra la amenaza del infierno, que ya había empezado.


Tomado de "Cuentos del lejano oeste" de Luciano G. Egido.

3 comentarios:

Aura dijo...

Un pecador debe siempre agonizar con un alto sentido del savoir faire. Las deudas con Dios ya se tratarán en persona, pero lo primero es marcharse dando ejemplo.

Buenas noches Nicho...

Nicho dijo...

Así debería ser, Aura. El pecador nunca puede perder su dignidad. Pedir perdón en el último minuto queda muy poco elegante. Y esto es por mi cuenta: un pecador que no es elegante y valiente no es un pecador, es un delincuente.

Buenas noches Aura...

Anónimo dijo...

Escribe Manuel Vicent a propósito de Graham Green:

Su niñez estuvo dividida entre dos lealtades. Su padre era director del colegio de Berkhamsted, ubicado en un viejo edificio que se comunicaba con la casa natal del pequeño Graham por una puerta tapizada de bayeta verde.

Greene jugó a la ruleta rusa cuatro veces con una Smith & Wesson, calibre 32, cuyo tambor era de seis balas
Esa puerta daba también a dos lados de su propio cerebro. En una parte hervía la brutalidad escolar del patio donde sus compañeros le exigían compartir los ritos feroces contra los maestros; en otra estaban su padre y los hermanos dentro del orden apacible del hogar. En el recreo su timidez mórbida se hallaba a merced de las humillaciones que le infligía el más duro e inteligente de la banda, un tal Carter, para que tomara partido contra el director, y esta tortura le produjo una esquizofrenia de la que nunca se repuso. Graham Greene ha confesado que se hizo escritor sólo para vengarse de aquel tipo. Derrotar a Carter, enmascarado después en varios perdedores de sus novelas, se convirtió en un destino.

Esa neurosis tuvo un primer tributo. A los 16 años fue sorprendido acariciando la culata del revólver de su hermano mayor, un Smith & Wesson, calibre 32. Graham Greene jugó a la ruleta rusa cuatro veces con aquel arma, cuyo tambor era de seis balas. Durante el rodaje de Nuestro hombre en La Habana se lo contó a Fidel Castro. Y éste le dijo: "Si el tambor era de seis balas y se disparó en la sien en cuatro ocasiones, usted está matemáticamente muerto". Graham Greene contestó: "Yo no creo en las matemáticas". Después de todo, el azar de su vida fue un largo suicidio, unas veces feliz y otras atormentado, que duró 86 años.

A raíz de aquel lance sus padres lo dejaron en Londres en manos de un psicoanalista. Tumbado en el diván, el chico un día explicó su sueño erótico más recurrente. "Su mujer entra en mi habitación con los pechos desnudos y yo se los beso". El psicoanalista, sin pestañear, le preguntó: "¿Qué asocia en primer lugar con los senos de mi mujer?". El chico contestó: "Dos vagones del metro". Oído lo cual, el psicoanalista, para quitárselo de encima, lo dio por curado y Graham, embargado por un gran sentimiento de libertad, entró en Oxford como un caballo desbocado, se hizo periodista, redactor del Times, crítico literario y cinematográfico y a los 23 años se convirtió al catolicismo para poder casarse con la católica Vivien Dayrell Browning, pero sólo empezó a creer en el Dios de los católicos cuando conoció en México a un cura lujurioso y alcoholizado, perseguido por los revolucionarios, que estando ya a salvo fuera de la frontera vuelve a cruzarla hacia este lado para darle el sacramento a un agonizante y muere fusilado en pecado mortal. Este desecho humano, que luego sería el protagonista de su mejor novela, El poder y la gloria, le hizo degustar la sabrosura del pecado, y en medio de sus combates de la existencia Graham Greene supo que ese sabor era el único que le había dado sentido a su vida, como escritor, espía, esposo infiel, amante apasionado y viajero por los lugares más turbios del planeta.