miércoles, 31 de octubre de 2007

19 de agosto de 2067. Oficio de soledad.

Me llamo Oto Bratz, soy español de toda la vida, mi padre era hijo de un primo carnal de las famosas muñecas Bratzs, y siempre me han desasosegado las piscinas. Mi padre me llevó cuando era pequeño a piscinas de todos los estilos. Pero no teman, no les voy a contar todas mis andanzas por esas piscinas asquerosas, aunque algunas estaban en sitios privilegiados. Las piscinas también me intrigan, digamos, intelectualmente. De eso es de lo que les voy a hablar: de mi teoría general de las piscinas, es decir, de mi teoría particular de las piscinas. Empiezo. Vivimos todo el rato en zonas acotadas: el mar, la oficina, el teatro, un dormitorio, un psiquiátrico, un libro de poemas, una autopista, el cielo, el infierno, el aire libre. Pasamos de unas a otras sin solución de continuidad. Todos ellos son espacios cerrados que esconden tesoros de sensibilidad, de intercambio de apreciables comportamientos. Ahora recuerdo una piscina. Una joven nadadora practica cada tarde, serán las seis, las siete, los cuatro estilos de la natación –nada al estilo mariposa con gran armonía y flexibilidad- rodeada de padres con niños pequeños, adolescentes a la espera de un orgasmo, señoronas engordadas de tedio y plateresco, matrimonios taciturnos, algún llanto, un corro de niños juega con una pelota, el vigilante pita un silbato y les riñe, está prohibido. La interrumpe el continuo tráfico, pero nadie la mira, nadie la admira (yo sí). Algún mirón observa a alguna mujer sola sentada en una silla –soltera, nifomaniaca, abstemia, divorciada, lesbiana, casada, misántropa, oficinista, ingeniera, funcionaria, ociosa, rentista, matrimonializada con algo o alguien- que lee un libro, no logra ver el título. Hasta que aparece una mujer levemente dorada con un bolso de dior, un bikini de esos que usan las chicas playboy, lleva el pelo recogido en un moño bajo, gafas oscuras y grandes de prada, sandalias a juego, las uñas de los pies pintadas de un granate imposible. Nadie parece mirarla, tampoco (yo sí la miro). La camiseta ajustada. Se la quita, se ducha levemente (estas chicas no necesitan ducharse), se acerca al borde, da un salto –un brinquito- y desaparece deliciosamente en lo azul. Luego hay que esperar a que se decida a salir. Se acercará a la escalera y subirá los peldaños con un ritmo culebril de lo más mojado... Todo acabará poco después –se habrá tumbado un rato en una toalla perfumada de ella, vuelta y vuelta- cuando se aleje con su bolso al hombro, sus gafas puestas, sus sandalias oscuras, su camiseta mojada y el pelo húmedo peinado hacia atrás. La nadadora siguirá deslizándose por el agua con rapidez y elegancia, como un galgo corriendo a la caza de una liebre. Vivo en una arruga del tiempo.

3 comentarios:

Aura dijo...

Yo también vivo en una arruga del tiempo, Nicho. Por cierto, glorioso texto.

Estupor dijo...

Qué inquietante es eso de vivir en un arruga del tiempo.

cyborgs y zines dijo...

Nadar en el tiempo. Ahora, que lo pienso, la gracia de nadar reside en cómo el cuerpo asume las brazadas, los oleajes, el agua, el aire.

Parece imposible que existan seres que no admiren a los que nadan como si tomaran el agua como algo adherido al cuerpo en el acto de nadar.

Este texto tuyo es atesorable.


Abraxo.