domingo, 28 de octubre de 2007

17 de agosto de 2067

Un melocotón se me ha caído de la mano -se me escurrió-, mismamente cuando iba a darle un mordisco culpable, pecaminoso. Huyó, diríamos que como un cobarde. Nada que ver con la manzana de Eva, es que era el último que quedaba en el frutero. Siento lo mismo -un difuso remordimiento- cuando me como la última gamba, la última aceituna, la última patata frita. Un susto -un portazo, una caricia, la dulce voz de Ana Bratz, la intuición de un timbrazo, la misma quietud del silencio, una corriente de aire- hizo tiritar el melocotón en mi mano inexperta. Lo recogí del limpio suelo y lo volví a intentar de nuevo. Fue un éxito total. No lo había pelado, estaba intacto con su piel amelocotonada. Lo que más me gusta del melocotón es su color anaranjado y ese sabor con reminiscencias de besos antiguos. De besos de películas en blanco y negro, extrañamente. Hay gente a la que le gusta morder mofletes, la parte interior de los brazos de las mujeres, esa que siempre está blanquísima y lisa como una pista de patinaje sobre hielo pero tibia como la piel de un melocotón,… y también son muy mordibles, es una obviedad, pero en este caso es indispensable amarrarse a lo obvio, los culos blancos, sobre todo en verano, que se ponen más blancos todavía, en contraste con el moreno de las piernas y de la espalda. A mí también me gusta morder, pero casi no me dejan. Tengo que ir a comprar más melocotones.

2 comentarios:

El pez dijo...

Jajaja. Qué bueno. A mi me gustan las cerezas, que me recuerdan a la puntita de la nariz, una de las cosas que más me gusta morder.
Y luego, el sonido de una zanahoria cuando se parte, de un seco bocado.

Aura dijo...

El caso es morder, don Nicho. Melocotones, brazos o besos. Lo que sea.