jueves, 15 de noviembre de 2007

29 de agosto de 2067

Creo que el primer libro que leí de Francisco Umbral, muerto hace un mogollón de años, y digo creo porque siempre he estado leyendo libros suyos –artículos o columnas menos, opino que sus artículos son muy inferiores a sus libros-, fue "La noche que llegué al Café Gijón". ¿Cómo empezaba? “La primera noche que entré en el Café Gijón puede que fuese una noche de sábado. Había humo, tertulias, un nudo de gente en pie, entre la barra y las mesas, que no podía moverse en ninguna dirección, y algunas caras vagamente conocidas, famosas, populares, a las que en aquel momento no supe poner nombre. Podían ser viejas actrices, podían ser prestigiosos homosexuales, podían se cualquier cosa. Yo había llegado a Madrid para dar una lectura de cuentos en el aula pequeña del Ateneo, traído por José Hierro, y encontré, no sé cómo, un hueco en uno de los sofás del café”. Se polemizó entonces mucho sobre el título: Lázaro Carreter defendía que lo correcto era decir “La noche en que…”. Umbral (o sea, Francisco Pérez), que sonaba mejor –eufonía, razones de oído- “La noche que llegué…”. Seguí leyendo los libros de este señor publicados por ediciones Destino, las del premio Nadal: “Memorias de un niño de derechas”, “Mortal y rosa”, “Memorias de un joven malvado”, “Los males sagrados”, y luego “Trilogía de Madrid”, “Madrid 650”, “Ramón y las vanguardias”, “La bestia rosa”, “Leyenda del César Visionario”, yo qué sé. Algunos opinan que escribe una prosa sonajero (Juan Marsé, le secundaría también Roberto Bolaño, y muchísimos más). A mí, niño perpetuo, o eso quiero, me encanta el sonido de sonajero de la prosa de Umbral.

He leído que a su entierro, las cuatro de la tarde en Madrid, con un calor de perros, sólo asistieron unas diez personas. No consiguió, y mira que lo intentó, dejar de ser un huérfano, un desarrapado, un apestado. Algunos han comparado esta asistencia con la que recibió Cervantes (¿siete?), o Larra. No estoy de acuerdo. ¿Quién iría al entierro de un pirata, de Jerónimo, el felino que vivía en un vagón de tren descarrilado por los estes de Madrid, rodeado de ortigas, de una cabra llamada Gilda, de algún gato huidizo y con una faca oxidada de vestigios en su faltriquera, o sea, cómo ir a ver cómo depositan en su nicho a un asaltador de tumbas y virginidades líricas?

2 comentarios:

El pez dijo...

el sonajero de Umbral te pone a 100.

Rain dijo...

¿Lo intentó?
¿Quiso hacia el final de su vida no ser un apestado?

irresoluto y duramente triste recuerdo a quién aún no conozco.