miércoles, 28 de febrero de 2007

Introducción del libro de GEORGE STEINER titulado LECCIONES DE LOS MAESTROS

Después de pasar más de medio siglo dedicado a la enseñanza en numerosos países y sistemas de estudios superiores, me siento cada vez más inseguro en cuanto a la legitimidad, en cuanto a las verdades subyacentes a esta «profesión». Pongo esta palabra entre comillas para indicar sus complejas raíces religiosas e ideológicas. La profesión del «profesor» —este mismo un término algo opaco— abarca todos los matices imaginables, desde una vida rutinaria y desencantada hasta un elevado sentido de la vocación. Comprende numerosas tipologías que van desde el pedagogo destructor de almas hasta el Maestro carismático. Inmersos como estamos en unas formas de enseñanza casi innumerables —elemental, técnica, científica, humanística, moral y filosófica—, raras veces nos paramos a considerar las maravillas de la transmisión, los recursos de la falsedad, lo que yo llamaría —a falta de una definición más precisa y material— el misterio que le es inherente. ¿Qué es lo que confiere a un hombre o a una mujer el poder para enseñar a otro ser humano? ¿Dónde está la fuente de su autoridad? Por otra parte, ¿cuáles son los principales tipos de respuesta de los educados? Estas cuestiones desconcertaron a san Agustín y aparecen con toda su crudeza en el clima libertario de nuestra propia época.

Simplificando, podemos distinguir tres escenarios principales o estructuras de relación. Hay Maestros que han destruido a sus discípulos psicológicamente y, en algunos raros casos, físicamente. Han quebrantado su espíritu, han consumido sus esperanzas, se han aprovechado de su dependencia y de su individualidad. El ámbito del alma tiene sus vampiros. Como contrapunto, ha habido discípulos, pupilos y aprendices que han tergiversado, traicionado y destruido a sus Maestros. Una vez más, este drama posee atributos tanto mentales como físicos. Recién elegido rector, un Wagner triunfante desdeñará al moribundo Fausto, antaño su magister. La tercera categoría es la del intercambio: el eros de la mutua confianza e incluso amor («el discípulo amado» de la Ultima Cena). En un proceso de interrelación, de ósmosis, el Maestro aprende de su discípulo cuanto le enseña. La intensidad del diálogo genera amistad en el sentido más elevado de la palabra. Puede incluir tanto la clarividencia como la sinrazón del amor. Consideremos a Alcibíades y Sócrates, a Eloísa y Abelardo, a Arendt y Heidegger. Hay discípulos que se han sentido incapaces de sobrevivir a sus Maestros.

Cada uno de estos modos de relación —y las ilimitadas posibilidades de mezclas y matices entre ellos— han inspirado testimonios religiosos, filosóficos, literarios, sociológicos y científicos. Los materiales existentes desafían cualquier análisis exhaustivo, siendo como son verdaderamente planetarios. Los capítulos que siguen pretenden ofrecer la más sumaria de las introducciones; son casi ridículamente selectivos.

Están en juego tanto cuestiones enraizadas en la circunstancia histórica como interrogantes perennes. El eje del tiempo cruza y vuelve a cruzar. ¿Qué significa transmitir (tradendere)? ¿De quién a quién es legítima esta transmisión? Las relaciones entre traditio, «lo que se ha entregado», y. lo que los griegos denominan paradidomena, «lo que se está entregando ahora», no son nunca transparentes. Tal vez no sea accidental que la semántica de «traición» y «traducción» no esté enteramente ausente de la de «tradición». A su vez, estas vibraciones de sentido y de intención actúan poderosamente en el concepto, siempre desafiante él mismo, de «translación» (translatio). ¿Es la enseñanza, en algún sentido fundamental, un modo de translación, un ejercicio entre líneas, como dice Walter Benjamin, cuando atribuye a lo interlineal eminentes virtudes de fidelidad y transmisión? Veremos que hay muchas respuestas posibles.

Se ha dicho que la auténtica enseñanza es la imitatio de un acto trascendente o, dicho con mayor exactitud, divino, de descubrimiento, de ese desplegar verdades y plegarlas hacia dentro que Heidegger atribuye al Ser (aletheia). El manual secular o el estudio avanzado son la mimesis de una plantilla y de un original sagrados, canónicos, que fueron también ellos comunicados oralmente, en lecturas filosóficas y mitológicas. El profesor no es más, pero tampoco menos, que un auditor y mensajero cuya receptividad, inspirada y después educada, le ha permitido aprehender un logos revelado, la «Palabra» que «era en un principio». Éste es, en esencia, el modelo que presta validez al maestro de la Tora, al explicador del Corán y al comentador del Nuevo Testamento. Por analogía —y cuántas perplejidades salen a la luz en los usos de lo análogo—, se extiende este paradigma a la difusión, transmisión y codificación del conocimiento secular, de la sapientia o Wissenschaft. Incluso en los Maestros de las Sagradas Escrituras y su exégesis encontramos ideales y prácticas que se adaptan a la esfera secular. Así, san Agustín, Akiba y Tomás de Aquino tienen un lugar en la historia de la pedagogía.

Por el contrario, desde la autoridad pedagógica se ha sostenido que la única licencia honrada y demostrable para enseñar es la que se posee en virtud del ejemplo. El profesor demuestra al alumno su propia comprensión del material, su capacidad para realizar el experimento químico (el laboratorio alberga a «demostradores»), su capacidad para resolver la ecuación de la pizarra, para dibujar con precisión el vaciado de escayola o el desnudo en el taller. La enseñanza ejemplar es actuación y puede ser muda. Tal vez deba serlo. La mano guía la del alumno sobre las teclas del piano. La enseñanza válida es ostensible. Muestra. Esta «ostentación», que tanto intrigaba a Wittgenstein, está inserta en la etimología: el latín dicere, «mostrar» y, sólo posteriormente, «mostrar diciendo»; el inglés medio token y techen con sus connotaciones implícitas de «lo que muestra». (¿Es el profesor, a fin de cuentas, un hombre espectáculo?) En alemán, deuten, que significa «señalar», es inseparable de bedeuten, «significar». La contigüidad impulsa a Wittgenstein a negar la posibilidad de toda instrucción textual honrada en filosofía. Con respecto a la moral, solamente la vida real del Maestro tiene valor como prueba demostrativa. Sócrates y los santos enseñan existiendo.

Acaso estos dos escenarios sean idealizaciones. El punto de vista de Foucault, por simplificado que esté, tiene su pertinencia. Se podría considerar la enseñanza como un ejercicio, abierto u oculto, de relaciones de poder. El Maestro posee poder psicológico, social, físico. Puede premiar y castigar, excluir y ascender. Su autoridad es institucional, carismática o ambas a la vez. Se ayuda de la promesa o la amenaza. El conocimiento y la praxis mismos, definidos y transmitidos por un sistema pedagógico, por unos instrumentos de educación, son formas de poder. En este sentido, hasta los modos de instrucción más radicales son conservadores y están cargados con los valores ideológicos de la estabilidad (en francés, tenure es estabilización) . Las «contraculturas» de hoy y la polémica de la New Ageque tiene sus antecedentes en la querella con los libros que encontramos en el primitivismo religioso y en la anarquía pastoral ponen al conocimiento formal y a la investigación científica la etiqueta de estrategias de explotación, de dominio de clase. ¿Quién enseña qué a quién, y con qué fines políticos? Como veremos, es este plan de dominio, de enseñanza como poder bruto, elevado al extremo de la histeria erótica, lo que se satiriza en La leçon [La lección] de Ionesco.

Casi no se han analizado las negativas a enseñar, las negativas a la transmisión. El Maestro no encuentra ningún discípulo, ningún receptor digno de su mensaje, de su legado. Moisés destruye las primeras Tablas, precisamente las escritas por la propia mano de Dios. Nietzsche está obsesionado por la falta de discípulos adecuados precisamente cuando su necesidad de recepción es angustiosa. Este motivo es la tragedia de Zaratustra.

O tal vez sea que la doxa, la doctrina y el material que hay que enseñar, se juzgue demasiado peligrosa como para ser transmitida. Está enterrada en algún lugar secreto que no será redescubierto durante mucho tiempo o, de manera más drástica, se deja que muera con el Maestro. Hay ejemplos en la historia de la tradición alquímica y cabalística. Más frecuentemente, sólo a un puñado de elegidos, de iniciados, se les dará conocimiento de lo que verdaderamente quiere decir el Maestro. Al público general se le sirve una versión diluida, vulgarizada. Esta distinción entre la versión esotérica y la exotérica anima las interpretaciones que hace Leo Strauss de Platón. ¿Existen hoy posibles paralelismos en la biogenética o en la física de partículas? ¿Son estas hipótesis demasiado amenazadoras (socialmente, humanamente) como para comprobarlas, debiendo dejar descubrimientos sin publicar? Los secretos militares podrían ser el disfraz, a modo de farsa, de un dilema más complejo y clandestino.

Puede también haber pérdida, desaparición por accidente, por autoengaño —¿había resuelto Fermat su propio teorema?— o por acción histórica. ¿Cuánta sabiduría y ciencia oral, por ejemplo en botánica y terapia, se ha perdido sin remedio; cuántos manuscritos y libros se han quemado, desde Alejandría hasta Sarajevo? De las escrituras de los albigenses sólo se han conservado mínimas conjeturas. Es una inquietante posibilidad que ciertas «verdades», que ciertas metáforas e ideas fundamentales, especialmente en las humanidades, se hayan perdido, estén irrevocablemente destruidas (Sobre la comedia, de Aristóteles). Hoy somos incapaces de reproducir, si no es fotográficamente, ciertos colores mezclados por Van Eyck. Según se dice, no podemos ejecutar cierta fermata, con triple elevación de tono presionando con el dedo, que Paganini se negó a enseñar. ¿Por qué medio se transportaron a Stonehenge o se plantaron derechas en la Isla de Pascua aquellas piedras ciclópeas?

Evidentemente, las artes y los actos de enseñanza son, en el sentido propio de este término tan denostado, dialécticos. El Maestro aprende del discípulo y es modificado por esa interrelación en lo que se convierte, idealmente, en un proceso de intercambio. La donación se torna recíproca, como sucede en los laberintos del amor. «Cuando soy más yo es cuando soy tú», como dijo Celan. Los Maestros repudian a los discípulos si los hallan indignos o desleales. El discípulo, a su vez, piensa que ha dejado atrás a su Maestro, que debe abandonar a su Maestro para convertirse en sí mismo (Wittgenstein le conminará a que así lo haga). Esta superación del Maestro, con sus componentes psicoanalíticos de rebelión edípica, puede ser causa de una tristeza traumática. Como cuando Dante se despide de Virgilio en el Purgatorio, o en The master of go, de Kawabata. O acaso puede ser una fuente de vengativa satisfacción tanto en la ficción —Wagner triunfa sobre Fausto— como en la realidad —Heidegger prevalece sobre Husserl y lo humilla.

Son algunos de estos múltiples encuentros en la filosofía, en la literatura o en la música lo que quiero considerar ahora.

martes, 27 de febrero de 2007

EL SEÑOR NICHODADES SALE DE MERIENDA

A tomar un chocolate con churros sale todos los jueves en la temporada invernal el matrimonio de Nichodades, más o menos alrededor de las seis de la tarde. Consuelo, por la mañana, va a la peluquería a alisarse su enrabietado pelo negro rubísimo. Luego se da un baño sumergiéndose en una artificial leche de burra. Se pasa allí por lo menos tres cuartos de hora. Julio le lleva, cuando considera oportuno, un aperitivo: vemuth rojo on the rocks con una aceituna pinchada en un palillo de madera de boj. Ella escucha música inestable para calmarse aún más los nervios. Luego de vaciar la bañera, se aclara durante un buen rato, para no dejar ni rastro del olor a leche en su cuerpo, pues que el señor Cerone aborrece el lechoso tufo. Dicho sea de paso, el chocolate que se toman para merendar está hecho al estilo pobre y clásico, con agua, o sea, nada de leche. Julio acude solícito con una toalla enorme cuando doña Consuelo carraspea, la deposita suavemente sobre sus hombros y se larga de allí, pues ella le tiene terminantemente prohibido observar cómo se seca. Eso sí, al poco rato le reclama su ayuda para que le ponga las medias, actividad delicada y compleja en la que el señor Nichodades pone todo su interés. Antes de salir se dan un morreo de al menos cinco minutos, de una intensidad salivar considerable. Sus bocas, en los momentos previos a la ingesta del chocolate, saben al agua de sí mismos. No volverán a besarse hasta bien pasada la noche, cuando Consuelo, con su mano lírica, acaricie la luz de la madrugada.
Después de la merienda, se dan un paseo, aunque llueva a chuzos, cogidos del brazo, felinos y nocturnos como senegaleses.

lunes, 26 de febrero de 2007

domingo, 25 de febrero de 2007

Acerca de la brevedad

Cuando uno escribe textos breves ("o largos, por qué no, a ver, señorita, usted, tan encantadora, tan juguetona con el tiempo infinito que tiene por delante, qué bonito es no preguntarse en serio todavía sobre lo que es largo o corto, longitudinal o breve, ah, señorita"), en un momento u otro, hay excepciones ("entre nosotros, no las hay"), se pone inevitablemente transcendente.

Julio Cerone

Acaba uno adverbializándose. Marcando músculo con los gerundios. Intimidad gramatical irresistible. Fatal.
Mismamente.

Post post:

Hacer borradores en el tiempo tonto que se me ha dado, escribir en sucio sobre la virginal luz electrónica, el desahogo de la mano mecánica que hace caligrafía hierática, sobria, fogosamente contenida, que sí, que sigo respirando, no te preocupes tanto, mis venas padecen una procesión de indefinidas hormigas que ya han invadido mi cerebro. Siento su incesante trasiego por mis íntimas propiedades anímicas colesterolizadas. Todas mis ideas -abstracciones, generalizaciones, ofuscaciones, delectaciones, opiniones (contundentes), forniforniciones, estupefacciones, estupidificaciones- han acabado cosquilleadas por estos hemosos animalitos.

Cerone

viernes, 23 de febrero de 2007

Longtemps, je me suis couché de bonne heure (3)

Leí este cuento a Consuelo una tarde de invierno en que estaba sometido a una inconmensurable presión crepuscular. Una sombra estuvo rondando por allí durante toda la lectura. Consuelo, de vez en cuando, se acariciaba su cadera (curvilínea) con su mano lírica. Mi voz matrimonial aturdía de monotonía sus/mis oídos (mi oído interno). Adopté una postura narrativa realmente discutible: leer de corrido, sin variaciones ni altibajos ni inflexiones ni teatralidades ni teatralismos ni teatrolirismos. Leí (plúmbeo). Debí de caer autodormido al final mismo de la lectura. Consuelo me dijo, muchas semanas después, que aquella noche no había roncado, y que mi respiración había sido tan apacible que le recordó a la de un muerto. De hecho, hasta llegó a ponerme un espejo en la boca para comprobar si tenía todavía aliento. En el vaho tenue (mojado, tenuemente, el espejo de pintarse los labios) que dejé en el espejo (el espejo es un vidrio en su momento metafórico) estampó su huella dactilar (indeleble).

LA PISCINA HUÉRFANA, de John Updike.

En anteriores episodios:

UNA ROSA PARA EMILIA, de William Faulkner.
MENOS ESCRÚPULOS, de Javier Marías.

Añadido: Muerte en la piscina

jueves, 22 de febrero de 2007

A la busca de un final lírico (19)

Un plástico enorme y turbio, como sucio en su transparencia o con su transparencia sucia -parecía un simple velo de novia-, sobado de niebla, pasó volando, descontrolado como si fuera la sábana amarillenta sobre la que hacía muchos lustros algunos cuerpos lechosos habían fornifollado hasta quedarse vacíos. Vacíos de palabras, de espumas, de roneos, vacíos de tedio, de aliento, de sabor.

mujer tumbada oliendo las sábanas
sábanas oliendo a esa mujer
piel sobre piel
olor entre olores
soy una mujer sábana
que huele a limpia noche
serena como la suave
vigilia del aire del sueño
y me muevo al ritmo
lento de las nubes
durante las dichosas
pesadillas

miércoles, 21 de febrero de 2007

martes, 20 de febrero de 2007

PITORREO DE LA ERRE

pitorreo arreo recreo
rimbombante retambufa
arrebato rematado
risa roneo
respeto racaneo
rebosante horripilante
rúbrica restallante
ajoarriero rojo
enrojecido enrarecido
rosario rabo
rabia arrestos
renacuajo rescate
rostro rinoceronte
reo arreo
ronco robusto
recio rubicundo
respiro relajado
rincón rugido
rostro repetido
raro raro raro

lunes, 19 de febrero de 2007

ELOGIO DE LA MOSCA, por Luciano de Samosata

"El elogio de la mosca" fue una de las lecturas favoritas de Salvador Dalí.

1.- La mosca no es el más diminuto de los seres alados, si se la compara con los mosquitos y con otros insectos más livianos; supera a estos en tamaño, pero no alcanza el de la abeja. No tiene, como los demás habitantes del espacio, el cuerpo cubierto de plumas, las más largas de las cuales sirven para volar; pero sus alas parecidas a la de los saltamontes, las cigarras y las abejas, están formadas por una membrana cuya delicadeza excede tanto la de otros insectos como un tejido de Grecia. Va adornada de matices como los pavos reales, si se la observa con atención, en el momento en que, desplegándose al sol, se dispone a volar.

2.- Su vuelo no es, como el de los murciélagos, un batir de alas interrumpido, ni un salto como el del saltamontes; no hace oír un sonido estridente como la avispa, sino que planea con gracia en la zona del espacio a la que puede elevarse.
Tiene todavía otra ventaja; la de que no permanece en silencio, sino que canta mientras vuela, sin producir de todos modos el ruido insoportable de los moscardones y mosquitos, ni el zumbido de la abeja, ni el temblor terrible de la avispa: ella les aventaja a todos en dulzura, del mismo modo que la flauta posee acentos más melodiosos que la trompeta y los tambores.

3.- Por lo que se refiere al cuerpo, su cabeza se haya adherida al cuello por una sujeción extraordinariamente tenue; se mueve en todas direcciones con facilidad y no permanece quieta como el saltamontes; sus ojos son saltones, sólidos, y se parecen mucho a antenas; su pecho está bien encajado, y los pies se adhieren, sin quedar pegados como el de la avispa.
Su vientre está fuertemente protegido, y parece una coraza con sus franjas y sus escamas. No se defiende de sus enemigos con su trasero, como la avispa y la abeja, sino con la boca y la trompa, de la que está armada, como los elefantes, y de la que se vale para agarrar los alimentos, coger los objetos, a los que se adhiere por medio de un cotiledón colocado en su extremo. Le sobresale un diente con el que aguijonea y bebe la sangre. También bebe leche, pero prefiere la sangre, y su punzada no causa mucho dolor. Tiene seis patas, pero camina sólo con cuatro; las dos delanteras le sirven de manos. Se la ve pues andar con cuatro patas, sosteniendo en sus manos algún alimento que mantiene en el aire de un modo muy humano, absolutamente como nosotros.

4.- No nace tal como la vemos: es al principio un gusano que se reproduce en el cadáver de un hombre o de un animal; pronto se le forman los pies, y le crecen las alas, de reptil se convierte en pájaro; después, fecunda a su vez, produce un gusano destinado a ser más tarde una mosca. Se nutre con los hombres, es su comensal y su invitada, y gusta de todos los alimentos excepto del aceite: beberlo representa para ella la muerte. Por rápido que sea su destino, pues su vida se haya limitada a un corto intervalo, está a gusto a la luz del sol y vagabundea por ahí de día. Por la noche, descansa en paz, no vuela ni canta sino que permanece acurrucada y sin movimiento.

5.- La mosca tiene tal fortaleza, que hiere todo lo que muerde. Su mordedura no sólo penetra la piel del hombre, sino que también la del caballo y la del buey. Atormenta al elefante, introduciéndose en sus pliegues, y lo hiere con su trompa en la medida que el espesor de su piel se lo permite. En sus amores y su himeneo, goza de la más completa libertad; el macho como el gallo, no se apea tan pronto como se ha sabido, y cabalga durante tanto tiempo a la hembra, que esta lleva a su esposo en la espalda y vuela así con él, sin que nada perturbe su unión aérea. Si se le corta la cabeza, el resto del cuerpo sigue vivo y respira aún por mucho tiempo.

6.- Pero el don más precioso con la que la ha engalanado la naturaleza es el del que voy a hablar ahora; me parece que Platón ha observado este hecho en su libro sobre la inmortalidad del alma. Cuando la mosca ha muerto, si se le echa un poco de ceniza, resucita al instante, como si renaciera, y recomienza una segunda vida. Lo cual debería servir para que todo el mundo estuviera convencido de que el alma de las moscas es inmortal, y de que, si ella se aleja de su cuerpo por algunos instantes, regresa poco después, lo reconoce, lo reanima y lo hace reemprender el vuelo. En fin, convierte en verosímil la fábula de Hemotimus de Clazomena, que decía que a menudo su alma le abandonaba, y viajaba sola, para regresar enseguida, reingresando en su cuerpo y resucitando a Hermotimus.

7.- Hay una especie singular de moscas grandes, que acostumbran a llamarse moscas de cuartel o moscardones: dejan oír un zumbido muy pronunciado; su vuelo es rapidísimo; disfrutan de larga vida y pasan el invierno sin ingerir alimentos, escondidas de preferencia en los artesonados. Lo más extraordinario es que realizan por turnos las funciones de macho y de hembra, montando a la otra tras haber sido montada, y reuniendo, como el hijo de Mercurio y Afrodita, doble sexo y doble belleza. Podría añadir muchas anécdotas a este elogio, pero me detengo, temeroso de parecer, como dice el refrán, que quiero hacer de una mosca un elefante.

MÁS DE LUCIANO.

domingo, 18 de febrero de 2007

Estuve llamándola por teléfono muchos días, a todas horas. Era un desahogo compulsivo de mi deseo (atascado) de ella, deicida y totalizador. Pero ella nunca contestaba. Hasta que llegó el día en que a él lo único que le interesaba era colgar cuando terminaba el tercer ring. Entonces colocaba con delicadeza el auricular en su nicho, convencido de que estaba haciendo todo lo posible. Lo último que hubiera querido era empezar a sospechar que ella pensara que se estaba poniendo pesado o insistente.

sábado, 17 de febrero de 2007

HABLEMOS DE JOSE (sin acento) MARI QUE ES ABRACADABRANTE

Quién ha sido

BASILIO BALTASAR 16/02/2007

El saludable escepticismo de los tiempos modernos ha moderado las aspiraciones heroicas de la condición humana y mediante un informado ejercicio de buen humor ha conseguido sosegar la ansiedad de los hombres inclinados a sentir la llamada del destino.

Pero del mismo modo que formas vegetales arcaicas perduran gracias a casi extinguidos sistemas de fecundación, subsisten en nuestras sociedades individuos dispuestos a resucitar caducas maneras de conducir a los hombres.

El anhelo que distingue a los héroes imbuidos por este furtivo instinto de predestinación suele ser un irreprochable fervor altruista, pues la ambición de poner un poco de orden en la sociedad es la única que alienta sus generosos desvelos.

Thomas Carlyle creyó que un solo hombre puede enderezar el rumbo del mundo y dedicó a este héroe su elegía: "Al capitán, al superior, al que asume el mando, al que está por encima de los demás hombres; aquél a cuya voluntad se someten los otros, a éste debe considerársele como el más importante entre los grandes hombres".

No hace falta indagar en las profundidades psicológicas del personaje para comprender la influencia que esta escuela de pensamiento político ha tenido en la formación de José María Aznar. Ya en el congreso de Sevilla, cuando en 1990 conquistó la jefatura del Partido Popular, Aznar se presentó como portador de las cualidades que adornan al héroe: "Abnegación, entrega, hombría de bien y sufrimiento".

Muchos de sus colaboradores creyeron seguir al actor de los discursos que allanan el camino de La Moncloa, pero poco a poco hasta los más incautos adivinaron lo que estaba sucediendo: Aznar se precipitaba a fundir en una única figura su imaginación y su identidad.

La modesta y tímida incubación del espíritu providencial fue dando sus frutos y procurándole la elocuencia que tronaría más allá de nuestras fronteras: "los débiles gobiernos de las democracias occidentales cederán al chantaje de los cuerpos mutilados y sus frágiles sociedades terminarán derrumbándose como naipes".

Los gestos autoritarios y las declaraciones intempestivas podían parecer consecuencia del satisfecho mandato alcanzado en dos citas electorales, pero en realidad pertenecían a un género más elevado de impaciencia. Su mímica delataba sin cesar esa irritación que distingue a los grandes hombres conscientes de estar perdiendo el tiempo. "Hacen falta", decía en Jerusalén, "líderes fuertes y firmes con un claro sentido de su misión".

Sólo un combativo altruismo transmuta el sacrificio personal en la más duradera fuente de placer. Pero comprender la figura heroica de Aznar requiere además saber cómo se propuso pasar a la Historia.

No era suficiente haber salido ileso de un atentado ni entrar en guerra contra Irak. Para dotarse con los rasgos de una personalidad admirable, Aznar debía escenificar la envergadura mítica de su gallardía y mostrarnos el camino que toma un hombre destinado a convertirse en héroe: la renuncia al poder.

Ya en 1996 especulaba sobre sí mismo indirectamente preguntándose en público: "¿Cómo será España cuando la deje dentro de ocho años?".

Con la singular determinación de abandonar el poder, Aznar no sólo quiso asombrar a una población resignada al duradero empecinamiento de los políticos profesionales, sino elevarse por encima de sus colegas y avergonzar a sus adversarios con una grandilocuente lección moral.

Que la ingeniería financiera del Partido Popular garantizara este atajo a la gloria sin cerrar la puerta de su retorno triunfal, no empañaba el lustre que su figura paseó por medio mundo.

En declaraciones al diario francés Le Monde, hechas poco antes de las elecciones de 2004, José María Aznar citaba las dos grandes figuras históricas a las que puede compararse un gobernante sin apego al poder: el emperador romano Cincinnatus y el emperador Carlos V.

Teniendo como antepasados tan ilustres precedentes, es fácil caer en la angustiada desazón, la perturbada confusión y el inquieto desánimo que sufrirá el hombre empujado a ser de nuevo un simple mortal. Pero el acontecimiento que desmoronó la heroica complacencia de su figura, tan disciplinadamente tallada, no fue la bomba de los integristas en Atocha ni la catástrofe electoral del 14-M.

El carisma de la figura a la que Aznar había conseguido insuflar vida propia no provenía tan solo de la abnegada renuncia al mando sino del constante alarde de una rara cualidad: el valor de la palabra dada.

En un mundo sometido a la frivolidad de los charlatanes, hete aquí que surge con orgullo el que habiendo dicho "me voy", añade: "El arte de gobernar no es sólo tomar decisiones y saber mantenerse en el timón cuando soplan vientos huracanados en contra, sino también saber dejarlo".

Cetro diamantino de la misión trascendente que aceptó cumplir, la palabra del presidente Aznar fue la más temible amenaza que podía dirigir contra sus enemigos y el más fiable de los pendones ofrecidos a sus partidarios. ¿No era acaso esta palabra dada y cumplida un motivo de temor y reverencia?

Pero la voluble fortuna altera con crueldad los sueños de los hombres. Explotó la bomba en Atocha, murieron los ciudadanos de Madrid y el temor a perder el poder que había prometido entregar a su sucesor -"para no aprovechar las tendencias caudillistas de España"- le obligó a empeñar su palabra de honor ante los más fidedignos testigos de su confidencia. Durante los tensos momentos posteriores a las explosiones del 11-M, el presidente Aznar telefoneó a los directores de los principales periódicos españoles para hacerles partícipes de su documentada convicción: ha sido ETA, vino a decir.

Temeraria declaración, como comprobaron luego los que no quisieron desconfiar de la palabra de honor dada por un presidente en tan aciagas circunstancias.

Fue suficiente un dramático encontronazo con el destino adverso para que Aznar perdiera el temple propio de los héroes.

Pocas horas después, el presidente en funciones entraba con su esposa en el colegio electoral de Nuestra Señora del Buen Consejo de Madrid y frunciendo el ceño atravesó el tumulto ciudadano reunido para abuchearle. Quién ha sido, quién ha sido, gritaba igualmente furiosa la muchedumbre.

Ahora da comienzo el juicio que sentenciará la autoría de los brutales atentados de Atocha. Después de meses de descabellada polémica, el Partido Popular redoblará sus esfuerzos de agitación, será insistente el despliegue de sus periódicos y vocinglero el oratorio radiofónico contra los jueces y policías responsables de la investigación.

Pero una más completa comprensión del proceso judicial nos exigirá no perder de vista el origen de esta infatigable campaña de sospechas, bagatelas y clamores: el arrojo que un héroe caído puso en rehabilitar su fama.

viernes, 16 de febrero de 2007

A la busca de un final lírico (18)

Encuentro verosímil un recuerdo mío (no tengo ganas de levantarme ahora a verificarlo) según el cual Borges opinaba que la Teología y la Filosofía no eran más que meras ramas de la Literatura Fantástica ("pleonasmo"). Una consecuencia posible de esa opinión sería considerar que el Universo también es una especie de la literatura. Claro, que si la literatura es "un sueño dirigido", la deducción anterior empieza a ser cuestionable. En todo caso, el texto que sigue es un ejemplo excelso de literatura.

Asimismo, me parece oportuno practicar en este caso (pues complementa, aclara, oscurece) el vicio de la auto/hetero cita.

LA DOCTRINA DE LA IGLESIA (Tomado de El libro del cielo y del infierno, de Borges y Bioy Casares. Es de 1960)

Exceptuando la tierra, cielo significa todo el mundo creado, es decir, el firmamento y el mundo de los astros, y también la morada de Dios y de los elegidos, de los ángeles y de los santos. Ninguna revelación tenemos sobre la naturaleza de la morada de Dios y de los bienaventurados y lo que sobre ella se nos ha revelado, se confunde con el mismo estado de los santos.

El cielo es, de toda eternidad, la morada de la Santísima Trinidad y la de todos los ángeles; desde la creación fue también, hasta el momento de su caída, la de los ángeles caídos. Los hombres perfectos, desde su perfección por medio de la Redención, los justos de los tiempos antiguos, los Patriarcas, los Profetas, etc., etc., esperaban, en el limbo la venida del Salvador, es decir, en un lugar inferior porque sus pecados no se habían destruido todavía y porque nada impuro puede penetrar en el Cielo. Esperaban con ardor el día del Salvador, le vieron y se llenaron de alegría (1). «Después de su muerte, el Salvador bajó a los infiernos a predicar a los espíritus que se hallaban aprisionados (2) y a anunciarles su próxima libertad.»

Después de la Ascención del Salvador, empezó la de los justos de la Antigua Alianza y la de los hijos del Nuevo Reino del Cielo sobre la Tierra. Estos últimos, que procediesen del paganismo o del judaísmo, que hubieren o no nacido de padres cristianos fueron al Cielo, si habían salido del mundo después del bautismo y sin haber cometido ningún pecado.

Los santos de Dios sobre la tierra entran sin demora en el Cielo al dejar la vida del cuerpo. Otros que han muerto en estado de gracia, pero que tienen todavía que expiar la pena de ciertos pecados, o que borrar ciertas manchas, pasan primero por el fuego durante un tiempo marcado. Este fuego del Purgatorio (3), siendo intermediario y temporal, dejará de existir el día del juicio. A la cuestión sobre el lugar de purificación de los justos que puedan vivir todavía cuando se acabe el mundo, y que para entonces no estuvieren perfectamente purificados, los teólogos contestan diciendo que esta purificación debe efectuarse por medio del fuego que ha de consumir el mundo (4). Que hayan adquirido su perfección sobre la tierra o por el fuego del purgatorio, los espíritus de los justos perfectos, entran desde luego en el pleno goce de la beatitud. Este goce no empieza, por consiguiente, después de la resurrección de los cuerpos o del juicio final en que el reino de Dios será perfecto «y en que el Hijo será sometido a aquel que le habrá sometido todas las cosas con el fin de que Dios esté en todos.» (5)

Tienen el pleno goce de la beatitud (6), poseen también por consiguiente la certeza de su eterna salvación (7). Sin embargo, hay grados o diferencias en los goces de los espíritus bienaventurados, grados que están determinados por el mérito moral que cada uno ha adquirido y según la medida de las gracias que le fueron concedidas. Pero estas diferencias son de tal naturaleza que cada santo recibe en su grado la plenitud de la beatitud de que es capaz y que por lo tanto no aspira a un grado superior de felicidad, pues si pudiese esperar algo más, se puede decir que no habría alcanzado el Cielo.

Entre otros Concilios, así se pronuncia el decreto de unión del Concilio de Florencia: «Declaramos que las almas de los que después del bautismo no se han manchado ya con ningún pecado y que las que después de haberse manchado se han purificado, sea en esta vida, sea después de haber abandonado su cuerpo, entrarán inmediatamente en el Cielo y verán sin velo a la Santísima Trinidad, tal como es, empero, los unos más perfectamente que los otros, según la diversidad de sus méritos: meritorum tamen diversitate, alius alio perfectius.» (8)

El estado de los bienaventurados en el cielo consiste negativamente en verse libre de todos los males imaginables y positivamente en la contemplación de Dios; esta libertad y goce son eternos. Respecto de este particular, el Catecismo romano se expresa en los siguientes términos: «Se necesita, sobre todo, detenerse en esta diferencia (del estado de los bienaventurados) que nos ha sido enseñada por los teólogos más expertos y que admite dos clases de bienes, una perteneciente a la beatitud, y siendo la otra el resultado de ésta. Por este motivo la primera fue llamada de bienes esenciales, y la segunda de bienes accesorios (accesoria)» (9). Según esto, el Cielo, llamado también vida eterna, es el reino de Dios, el reino eterno, el reino o la casa del Padre, la corona de justicia, la alegría del Señor, la gloria, el eterno patrimonio, el nuevo Cielo, el Cielo de los cielos, la nueva Jerusalén, etc., la herencia en la cual nada puede destruirse, corromperse ni marchitarse (10). Los bienaventurados no pueden pecar porque no lo quieren, y no lo quieren porque ya no lo pueden, puesto que la posibilidad del pecado reconoce por origen un estado imperfecto y ellos son perfectos. Se hallan en la completa posesión de todos los dones divinos, del don de la perseverancia. Están libres de todos los sufrimientos; como se hallan libres del pecado, están también exentos de todos sus resultados. La muerte y todo lo corruptible quedará lejos de ellos (11). No habrá ya ni muerte, ni gemidos, ni dolor (12). Para ellos no existirá ni el hambre ni la sed, no estarán ya incomodados por el hambre ni la sed, ni por ningún aire abrasador; y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos (13).

Desde el punto de vista positivo, el Cielo es la contemplación directa de Dios (14). Pero si los bienaventurados ven a Dios tal como es, es necesario que su ser haya cambiado hasta el punto de que sean capaces de esta contemplación. Sólo el espíritu de Dios puede penetrar las profundidades de la divinidad, y es por lo tanto necesario que los espíritus perfectos sean en cierta manera llevados a la altura de Dios, y que estén transformados en su imagen. Cuando contemplemos la gloria del Señor, estaremos transformados en la misma imagen, adelantándonos de claridad en claridad, como por la iluminación del espíritu del Señor (15).

Esta transformación en su imagen es la unión más íntima con Dios; es en cierto modo, la divinización de alma humana como decimos en la Misa: «Dignaos hacernos participantes de la divinidad de Aquel que se ha dignado participar de nuestra humanidad.» Esta participación de los bienaventurados, de los ángeles como de los hombres, en la naturaleza de Dios, de ninguna manera consiste en la absorción de la naturaleza humana en Dios; la naturaleza humana o angelical queda inmutable aunque se transforme en Dios (16).

Así es como se confunden el conocimiento perfecto e intuitivo de Dios, intuitiva, la contemplación de Dios frente a frente, la transformación en Dios o la divinización, la posesión y el goce entero de Dios. Este estado constituye las delicias, la felicidad y la beatitud del Cielo; el conocimiento y el amor de Dios forman la vida eterna, la alegría del señor (17). Pero los bienaventurados no ven al Señor con los ojos del cuerpo; pues como Dios es espíritu (18) lo ven en espíritu. Su contemplación es infinita, puesto que Dios es incomprensible al pensamiento, es decir, al espíritu finito (19).

Dice San Agustín que es ya una gran beatitud el poder bajo ciertos conceptos, alcanzar a Dios con nuestro espíritu; abarcarle y concebirle es absolutamente imposible, pues si se concibiera ya no sería Dios. El espíritu creado ve al Ser divino pero a su manera, es decir, de un modo finito (20).

A la beatitud de la contemplación divina vienen a juntarse la honra o glorificación del Señor, la gloria de los santos, la comunión con el innumerable ejército compuesto de todas las naciones, todas las tribus, todos los pueblos, todas las lenguas que están en pie ante el trono y ante el Cordero (21).

Esta beatitud del Cielo, negativa y positiva, es inmutable y por este motivo se llama también la vida eterna, la imperecedera corona de la gloria en que se ve a Dios sin fin, se le ama sin pensar y se le alaba sin cansancio (22); «donde descansaremos contemplando, donde contemplaremos amando y donde amaremos alabando. Y esto es lo que se verificará en el término que no tiene término».

Lo que precede hace comprender el error de Orígenes y sus partidarios sobre el estado de los bienaventurados, cuando dice que en el Cielo progresarán como los hombres en la tierra, progresos que podrían hasta causar una nueva caída. Orígenes cree que la mayor parte de los santos serán primero destinados a un lugar de la tierra a donde serán purificados e instruidos de todo lo que ignoren, luego que serán transportados a los espacios etéreos y a esferas aun más sublimes y que, en fin, serán elevados por cima del Cielo hasta Cristo en quien podrán contemplar los últimos principios de todas las cosas. Allí, dice, están San Pablo y todos los que, siendo perfectos, lo ven todo en Dios (23). La Iglesia se ha pronunciado contra este error en el segundo Concilio de Constantinopla (24) que condena la teoría del progreso en el Cielo como un error y no como una doctrina dudosa, dubia.

Este desvarío origenista destruye la idea de la beatitud cuya esencia consiste en la perfeccción. La plena satisfacción que aniquila todo deseo de un progreso nuevo, puesto que habiéndolo obtenido todo, ya no puede adquirir nada y que siendo una vez perfecta ya no puede perfeccionarse. Esta opinión es contraria a la bondad de Dios que lo da todo, y que se da por completo a los bienaventurados, libertados para siempre de toda caída posible.

El Testamento apócrifo de los doce patriarcas reconoce siete Cielos. El primero, es decir, el que es para ellos el Cielo inferior, es el espacio situado entre la tierra y las nubes. En el segundo moran las nubes, el agua, la piedra y los demonios. En el tercero, que es mucho más alto y más brillante, habitan los ejércitos celestiales que en el día del juicio han de castigar a los malos ángeles. En el cuarto están los ángeles; en el quinto los ángeles que interceden en favor de los pecados de los justos; en el sexto, los ángeles que llevan las contestaciones a los ángeles que han intercedido con sus ruegos; y en fin, en el séptimo están los ángeles que alaban al Señor sin cesar.

Diccionario enciclopédico de la Teología Católica, tomo V (1867).

[1] San Juan, 56.

[2]I Pedro, III, 19.

[3] Dante sitúa esta montaña en el Polo Sur.

[4] Clem. A, Poed., I.I, c. 9 Lact., Inst. div. VIII, c. 21,

etc., Hilar in Psal. 117, n. 4, 12. Aug. de Civ. Dei, XXI,

c. XIII, 16.

[5]I Cor., XV, 28, Bellarm.

[6] Aug., de Civ. Dei, XI, c. II, 12.

[7] Id., de Corr. et Grat., c. II; de Don. pers., c. VII; de

Civ. Dei, XII, c, 9.

[8]A. D. 1439‑1441.

[9] Cat. rom., p. I, cap. XIII, quaest. 5.

[10]I Pedro, I, 4. Ef., V, 27.

[11]I Cor., XV, 53.

[12) Apoc. XXI, 4.

[13] Apoc. VII, 16.

[14] Juan, XVII, 3, Juan, 2, etc.

[15] II Cor., III, 18.

[16] S. Tom., Summa, p. III, supl. quaest. 92.

[17] Mat., XXV, 21.

[18] Juan, IV, 24.

[19] Jerem., XXXII, 19.

[20] S. Tom., I. c., quaest. 92, art. 3.

[21] Apoc., VII, 9.

[22] Aug. de Civ. Dei, XXII, 30.

[23] Oríg. Opera Omnia, I, II, cap. último. Conf. Hom. 7 in Lev Bellar, I, c.

[24] Conf. can. adv. Orig., can. VII, 9, en Bauzio. Conc. t. VI, 223.

jueves, 15 de febrero de 2007

"Ningún súbdito será obligado a responder de delitos o faltas hasta que los mismos le hayan sido descritos plena y totalmente, sustancial y formalmente; ni será compelido a acusarse a sí mismo ni a aportar pruebas contra sí; y todo súbdito tendrá derecho a aportar todas las pruebas que puedan favorecerle, a enfrentarse cara a cara con los testigos contrarios, y a ser oído plenamente en su defensa, por sí mismo o a través de abogado, a su elección. Y ningún súbdito será arrestado, encarcelado, despojado o privado de su propiedad, inmunidades o privilegios, puesto fuera del alcance de la ley, exiliado o privado de su vida, libertad y propiedad sino por el juicio de sus pares o la ley del país".

EL ARTÍCULO ENTERO, AQUÍ.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Las olas dicen hola

... con su lengua salada
relamen la inocencia
de la tarde
estruendosas de espumas
en las playas romanas...

(en la playa, el sol toda la tarde
se la pasa descorchando
botellas de champán)

(cuando uno llega a una playa
se extraña de no encontrarse
a un legionario romano)

martes, 13 de febrero de 2007

Estuata grecolatina en perfecto estado de conservación

Estuata: manera que tiene de decir estatua Ana Bratz.

domingo, 11 de febrero de 2007

- Estás disimulando, Julio, como un condenado mentiroso, pero sé que estabas mirando mi ombligo.
- Yo nunca miento. No he disimulado nada de nada en mi vida.
(Sí, ya sé que disimular no es lo mismo que mentir, pero esto es una conversación informal, vamos, que hay confianza).
- Entonces, ¿qué estabas haciendo?.
- Estaba pensando.
Y le conté lo que pensaba en ese mismo instante.
- En la transparencia, el silencio, el aire, las moscas, la hora, el misterio de los colores, la nada de la nada, el oscuro amanecer, etcétera, etcétera.
- Mientes, cursi, pedante. Estabas pensando en mi ombligo.
Silencio, aire lleno de moscas. Toda cursilandia pasó por delante de él.
- Discrepo. Tú no sabes lo que es ser cursi.
- Mira, querido amado Cerone, ser cursi es pensar que el silencio habla en su transparecia para que nos olvidemos de las moscas. Todo el mundo sabe que el silencio no existe, ni ha existido ni existirá nunca jamás, ... ni cuando te mueres hay silencio.
- ¿Y tú qué sabes?. Nada, lo más seguro. El silencio ya es algo.
Y se estableció un -se supone que otro distinto- silencio de moscas entre ambos.
- ¿Tú crees que mi ombligo está muy atripado?
- No mujer, me encanta tu agujerito. Me parece delicioso. En él nada, se reconcentra, algún tipo de silencio, amada mía.
- Pero qué cosas dices, Nichocito...
- ¿Puedo rellenar tu ombligo con un poco de coñac, y luego absorberlo soberanamente?

sábado, 10 de febrero de 2007

Farolas encendidísimas. Terrazas sonoras. La luna lánguida como un huevo enorme y redondo. Una joven blanca y verdosa lee una revista del corazón.
- ¿Qué significa que lee una revista del corazón?, pregunta Ana Bratz.
A Ana Bratz le acaba de cagar una paloma en su rubio pelo castaño. Iba por la mitad de la calle. Los peatones estaban peatonalizando. Con su mano rubia Ana B. se ha extendido todo el excremento por su castaño pelo rubio. Consuelo Bratz (doña) se lo limpia -el pelo- con un kleenexx.
-Espera, Bratz, deja de tocarte. Trae la mano. (Se la limpia con otro pañuelo).
Y nos vamos pitando para casa. Ana, por el camino, se ha comprado un helado de vainilla.
- Ten cuidado, mamá, no me eches el jabón en los ojos.
El pelo le queda encendidísimo. La luna sonora languidece en el cielo. Una joven lee (con su corazón, ay). Miles de pájaros -vencejos- están llamando a la puerta del cielo.

viernes, 9 de febrero de 2007

Longtemps, je me suis couché de bonne heure (2)

A la hora vespertina de costumbre, hielo y vaho al otro lado de la ventana, doña Consuelo ya se había desvestido del todo, se acostaba siempre en tanga a la hora sonámbula, su piel blanca (pelusa) deslizada en el interior del lecho, el lector (él mismo) recostado sobre unos almohadones enormes y duros y aparatosos, Consuelo (doña) le daba la espalda, pues ella miraba por la ventana cómo tiritaban los gorriones subidos a las raquíticas ramas mientras él bebía un coñac y se fumaba un puro habano largo y gordo, debía de ser cuidadoso con la ceniza, que no cayera sobre las sábanas blancas (pelusa de ceniza), el humo hacía unas volutas que tiritaban por el susto de su voz o de su respiración, a veces pasa un ángel vestido de aire, se distrajo (se le fue la olla) cuando vio que un pie de ella estaba en suspensión, se había escapado del campo gravitatorio de la cama, se balanceaba (la voz de repente le dudaba, paró y se dio la vuelta y se puso a chupar de nuevo el puro con ansiedad: el pecho hinchado como el de un gorrión en primavera), el lector le leía el cuento para acunarle el ritmo del ensueño, ese momento ni más allá ni más acá de ningún sitio, allí donde tirita de frío o de tibieza o de soledad o de cansancio o de ... el gorrión.

MENOS ESCRÚPULOS, de Javier Marías.

Episodios anteriores: UNA ROSA PARA EMILIA, de William Faulkner.

jueves, 8 de febrero de 2007

Los hermanos Juananchos

Los hermanos Juananchos nacieron el mismo día, el 24 de agosto de 1967. Uno de ellos salió rubio, el otro negro azabache, más o menos como Zipi y Zape. Nunca en su larga vida tuvieron canas, ni entradas, ni calvas.

Allá por los diecisiete años sufrieron los efectos de un ataque invisible y simultáneo. Cada uno estaba en un lugar distinto: el rubio, Juan Pedro, estaba en el bar del Tío Bragasjustas y el otro, Pedro Juan, el negro negrísimo, en el bar de la plaza, el bar Inconstante. Lentamente, cada uno por su cuenta empezó a sentir que su pierna izquierda comenzaba a dormirse, a entumecerse. Esa parte de su cuerpo estaba empezando a entrar a vivir en la sombra.

Durante el proceso del ensombrecimiento carnal no les dolía nada, pero ya intuitivamente comprendieron que sus vidas iban a ser muy distintas a partir de entonces. Pero siguieron sentados sin darle mucha importancia a lo que estaba sucediendo en sus piernas. Charlando y jugando a las cartas. Cuando se incorporaron al terminar la partida, se precipitaron (con la misma naturalidad que cae una manzana desde lo alto de la rama de un manzano) al suelo. Sus piernas (zurdas) se habían muerto a partir de la mitad del muslo. Estaban frías, duras, blanquísimas y funerarias. A partir de ese día tuvieron que utilizar muletas. Como consecuencia de eso, desarrollaron una fuerza en los brazos descomunal.

miércoles, 7 de febrero de 2007

ABRATZO ETERNO

El amor de doña Consuelo Bratz y el señor Nichodades visto a través del tiempo, radiografiado en su mismo tuétano.

lunes, 5 de febrero de 2007

A la busca de un final lírico (DIECISIETE)

DELICADEZA DEL QUE SIENTE VENIR LA MUERTE PARA CON SUS DEUDOS

Evítales los gastos y trámites funerarios: reencárnate cuando veas que ya sólo te quedan unos días de vida, incinérate tú mismo con gasolina en el patio si eres de los que aborrecen su propia calavera y huesos húmeros.

Julio CERÓN

domingo, 4 de febrero de 2007

UNA ADDENDA Y UN LIRISMO

Addenda de unas manos que esperan.

Aquí me tiene usted, a su completa disposición me encuentro, soy un trasto viejo olvidado en un rincón (lágrimas), al que nadie llora (berrinche) ni recuerda (desconsuelo), pero me hubiera gustado ser como un regalo lírico para alguien (un libro, una botella de vino, un jarrón tan inútil como todos los jarrones (rotos, desconchados, soberanos de los salones: repujados, con sus miniaturas de colores espléndidos, sobados por el polvo infinito del aburrimiento, agrietados de tanto caerse a las mismas horas, hartos, colmados del hartazgo de llevar a cuestas siempre a las mismas flores, barrigones de invierno y clausura, estáticos y cínicos, emborrachados de hastío, asqueados de salir en todas las fotos), una foto, un busto embalado de tules blancos, una mirada extasiada -todavía no asfixiada- que enfoca con sinceridad el cielo de madera de su habitación, una quietud, la paz de un personaje demediado, el silencio de un ser conforme o conformado con los ojos verdes aturdidos de pestañas de tanta confianza en el futuro que miran, en un Madrid absurdo, violento, feo y sentimental), deseaba ser un regalo aunque tuviera la forma de un maniquí o de la máscara de un ser entregado a lo que está más allá de la madera, estaría bien peinado, y afeitado como debe ser, su barba seguro que es dura y se ve que sombrea su cara, se vislumbra su inminencia -de la barba-, aunque/pero/sin embargo/no obstante, no tengo brazos, sé que me da igual no tener vísceras, no poder andar, en las sienes me late un roneo de silencio, el sapo de mi pulso se ha quedado en mis manos desagregadas.
Luego, seguro que me reconstruye alguien, una de esas personas cuyo oficio es montar artefactos, elaborar formas verosímiles, ensamblar las piezas del jarrón, hecho añicos por el descuido de la mano de alguien, fui a Los United Estates a hacerme una liposupción, un arreglito estético, qué bien me han dejado el rictus de la boca, vuelvo a tener la mirada brillante y vibrante a la sombra de mis pestañas enhiestas, como la luz vertical del sol se cuela entre el tupido bosque, pero me pregunto todo el rato dónde habrán puesto mis brazos.

sábado, 3 de febrero de 2007

jueves, 1 de febrero de 2007

Longtemps, je me suis couché de bonne heure (1)

El señor Nichodades dejó una lista con los cuentos que más le gustaron de los que pudo leerle. Se los leía a la hora de la siesta a su costillita, doña Consuelo, padecía insomnio vespertino, y la voz ronca, terca, teatrera y alevosa de su cónyuge lírico le dejaba en un estado de relajación y ansiedad de mucho cuidado. Su selección se adaptaba, podríamos decir, al canon, al gusto general del tiempo que le tocó vivir. Muchos son muy conocidos. Otros puede que menos. Voy a ir poniendo algunos, por si a alguien (nunca más de diez, por favor) le apetece utilizarlos en las austeras tardes somnolientas (soñolientas, el sueño a tientas). Tenía en la cabecera de la lista, tan arbitraria como sus propios impulsos, como sus anárquicas inercias, pero siempre respetuosa con el canon, eh, subrayado con rojo y en mayúsculas, UNA ROSA PARA EMILIA, cómo no.

También se puede leer en Ciudad Selva una entrevista.

Y un artículo que compara el cuento citado con otro cuento.

ADDENDA:

-¿Puede usted decir cómo empezó su carrera de escritor?

-Yo vivía en Nueva Orleáns, trabajando en lo que fuera necesario para ganar un poco de dinero de vez en cuando. Conocí a Sherwood Anderson. Por las tardes solíamos caminar por la ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes del mediodía nunca lo veía. Él estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer lo mismo. Yo decidí que si esa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío y me puse a escribir mi primer libro. En seguida descubrí que escribir era una ocupación divertida. Incluso me olvidé de que no había visto al señor Anderson durante tres semanas, hasta que él tocó a mi puerta -era la primera vez que venía a verme- y me preguntó: "¿Qué sucede? ¿Está usted enojado conmigo?". Le dije que estaba escribiendo un libro. Él dijo: "Dios mío", y se fue. Cuando terminé el libro, La paga de los soldados, me encontré con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo iba el libro y le dije que ya lo había terminado. Ella me dijo: "Sherwood dice que está dispuesto a hacer un trato con usted. Si usted no le pide que lea los originales, él le dirá a su editor que acepte el libro". Yo le dije "trato hecho", y así fue como me hice escritor.

-¿Qué tipo de trabajo hacía usted para ganar ese "poco dinero de vez en cuando"?

-Lo que se presentara. Yo podía hacer un poco de casi cualquier cosa: manejar lanchas, pintar casas, pilotar aviones. Nunca necesitábamos mucho dinero porque entonces la vida era barata en Nueva Orleáns, y todo lo que quería era un lugar donde dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. Había muchas cosas que yo podía hacer durante dos o tres días a fin de ganar suficiente dinero para vivir el resto del mes. Yo soy, por temperamento, un vagabundo y un golfo. El dinero no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas... lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar. Y esa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz a sí mismo y a todos los demás.

-Usted debe sentirse en deuda con Sherwood Anderson, pero, ¿qué juicio le merece como escritor?

-Él fue el padre de mi generación de escritores norteamericanos y de la tradición literaria norteamericana que nuestros sucesores llevarán adelante. Anderson nunca ha sido valorado como se merece. Dreiser es su hermano mayor y Mark Twain el padre de ambos.

-Entonces, ¿usted nunca siente la necesidad de discutir sobre su obra con alguien?

-No; estoy demasiado ocupado escribiéndola. Mi obra tiene que complacerme a mí, y si me complace entonces no tengo necesidad de hablar sobre ella. Si no me complace, hablar sobre ella no la hará mejor, puesto que lo único que podrá mejorarla será trabajar más en ella. Yo no soy un literato; sólo soy un escritor. No me da gusto hablar de los problemas del oficio.