lunes, 28 de enero de 2008

A la busca de un final lírico (71)

A las ocho de la mañana del lunes, cuando todavía era noche cerrada, un coche fúnebre salió sigilosamente de las calles nevadas de Reikiavik, seguido por otro vehículo. En el coche fúnebre iba el ataúd con el cuerpo de Bobby Fischer, el genio estadounidense del ajedrez que murió el 18 de enero, a los 64 años; en el otro iba una pareja de islandeses que habían sido sus vecinos y un sacerdote católico francés al que Fischer, que nació y se educó como judío, no había conocido jamás.
Recorrieron 45 kilómetros hacia el este de Reikiavik y se detuvieron en una pequeña iglesia luterana, cerca del pueblo de Selfoss. Allí les recibió una mujer japonesa, budista, que había volado desde Tokio la noche anterior y que dijo ser la esposa de Fischer. El granjero, dueño de las tierras en las que se alzaba la iglesia, había cavado una tumba en el antiguo cementerio del lugar. El pequeño grupo se apiñó en torno a ella, sin lápida ni cruz, y el sacerdote dijo una oración. Hacía un frío terrible y la negrura del cielo contrastaba con el blanco de la tierra helada. A las diez, cuando la tenue luz de la mañana empezaba a vislumbrarse por el este, concluyó la ceremonia. El ataúd estaba ya bajo tierra, y la mujer de Fischer, los vecinos, el granjero y el sacerdote se alejaron en silencio.- John Carlin.

Más.

2 comentarios:

Aura dijo...

Tremendamente lírico.

Rain dijo...

Nicho, con el link escogido, esclareces más el panorama respecto al genial Bobby.
Ahora me despierta aún más cariño y gratitud: por esa rudeza suya que lo alejaba de las hipocresías y por sus defectos de niño grande. Tuvo pocos amigos, y esos pocos amigos le ha querido mucho...