miércoles, 9 de enero de 2008

SOMBRA HUÉRFANA

De pequeño me fijaba muchísimo en mi sombra y en la de los demás. Jugaba a no tener sombra, al mediodía. Y a ser altísimo, al atardecer.

Con ella, con mi propietaria, con la dulce sádica que macera mis sueños con sus caricias hombrunas, me soñé sudorosamente anoche. Durante el extrañamiento de la pesadilla no sentí ningún miedo, ningún desasosiego, la recuerdo completa. Mi ama había abandonado a su suerte a su esclavizada sombra. Sombra agotada de tanto deambular sin fin, poseída por el tedio de los largos corredores, de la mecánica compasión, de la rigidez poética de su mirada. Pero no alcanzaba a entender la razón de su solitaria supervivencia. Apesadumbrada, vagabundeó sin cesar por la ciudad, ocultándose, de noche, intentando no ser vista por nadie. Ser una nada oscura, silente, disuelta, eso era lo que deseaba. No quería seguir siendo un fantasma informe. Su reflejo perpetuo en el mojado asfalto la desasosegaba. Pensó en el suicidio blanco: tirarse desde el puente al río o a la carretera. Los rechazó: sólo conseguiría mojarse o volar un rato. Ni eso.

Con la lenta rapidez con que transcurre el dolor, la fuerza empezó a regresar a ella. Recobró el ánimo, la confianza. Deseaba que la vieran. Quería dejar de errar sin fin, reposar en alguna persona, cosa, objeto... Abrazarse a un dueño/sueño. Quería huir de su reciente pasado, tener un acompañante de carne y hueso. Quería estar pegada a una corporeidad.

Preguntó a los árboles, a los edificios, a los perros, a los coches, a las farolas. Todos le respondían lo mismo: "Yo ya tengo mi sombra, cómo quieres que tenga dos". Sólo pedía que alguien o algo le tendiese su cuerpo. Pero siguió por extraviados y céntricos lugares, por pavorosas esquinas, por nostálgicas praderas. Hasta le pidió a la espesa niebla ser su sombra, a los chupiteles de hielo abandonados por la madrugada, al mismísimo silencio eterno se lo pidió.

Me desperté cuando oí la sinfonía monótona con que nos dan los buenos días, y esperé hasta que ella apareció. Parecía cambiada. A mi monja le faltaba algo, pensé, la resuelta autoridad, el orgullo brillante de la mirada, la rígida compostura, la desafiante seguridad. Parecía que le faltaba el alma.

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Notita: Me he acordado de esta prosita cuando vi esto.

1 comentario:

Aura dijo...

Mi sombra, en cambio, me reclama mayor protagonismo. Ojalá se independizara y dejara de suplantarme...