miércoles, 6 de febrero de 2008

Decía

Decía que me levanto sobresaltado en mitad de la noche.
Y me pongo a orinar en el oxidado orinal
que me tiene colocado debajo de la cama mi dominanta.

Me tiene prohibido ir a miccionar a los excusados
-porque aquí no se mea u orina, sólo se micciona;
no se va al retrete, sino al excusado.

Me gusta oír -es todavía de noche- el repiqueteo
de mi potente orina, cómo salpica de ácido el alrededor.

Por la mañana, cuando me despierte,
olerá a riñones frescos.

En ese/este momento seguramente que me estaré asfixiando:
la calefacción ha hecho realidad el efecto invernadero
en mi nicho, la humedad ha alcanzado niveles sobrenaturales,
la oscuridad es absoluta. No dispongo ni de radio ni de televisión
ni de ningún flexo, lámpara o linterna,
no dispongo de nada que me alivie.

La bruja macabra de las piernas depiladas me tortura sin cesar.

Me estoy ahogando de calor, humedad y oscuridad.

Me siento en mi lecho, que está calentorro,
a esperar que se me pase el agobio.

A pesar de que mis ojos llevan ya un rato abiertos,
no veo ni la más mínima claridad.

Sólo se oye el bronco carraspeo de algún vecino,
el lamento exasperante de alguien,
un agudo gemido proveniente del otro extremo,
el sordo suspiro de la vecina,
la frígida respiración de algún recién operado.

3 comentarios:

Peggy dijo...

Que sordida noche:)

Estupor dijo...

Una amiga dice que mear da mucho placer.

Aura dijo...

No es extraño que se deje torturar por unas piernas como esas.