martes, 5 de febrero de 2008

A la busca de un final lírico (73)


Foto: Thomas Canet

INFERNO

HACE MUCHO TIEMPO QUE LLEGUÉ AQUÍ: a este lugar en donde termina la vida del hombre. Dicen que me trajo un ciervo... un ciervo enloquecido golpeando la página, golpeando la página hasta morir.

Dicen que el paraíso da forma a la muerte: pero este lugar no es de Dios. A él llegué escoltado muy de cerca por la vieja, por la parca cuyo nombre es YEMAYÁ, y cuyo símbolo es la paloma. Y cuando hube llegado acompañado de la PARCA, cuyo nombre es YEMAYÁ y cuyo símbolo la paloma, vi que en la puerta había una inscripción borrada, e intuí que era otro mundo por la presencia de dos niños a la puerta, con minúsculas espadas de madera, como para jugar a los piratas. Y me dije entonces: heme aquí, gran ADONAI: y franqueé la puerta.

A la derecha del lugar había un pozo con incrustaciones grabadas que representaban un extraño juego de niños, y una fila de monjes que cantaba: LUDUS PUERORUM. Y me dije: soy Jesucristo. Y lo dije a todos: y en el momento de eso decir apareció en el brocal del pozo la cabeza de la Parca, la parca que me había abandonado, pues no conozco otro amor en esta vida, y en este lugar de sombras y destierro que llaman vida que la tumba y el más allá que nos designa.

Pero ahora mis ojos están velados, y duerme en ellos el tigre de la noche. Y al momento de escribir esto he aquí que aparece Miguel, el niño subnormal que en este lugar deforme representa a los cielos, y me condujo hacia un árbol alto y dijo: ven, arriba jugaremos: y bajándose los pantalones me enseñó su rosa: y comprendí entonces el oscuro secreto de la muerte, el oscuro secreto llamado YO, y vi que pronto se dispararían las tinieblas, pero que antes tenía que pasar por repetir mi vida, hasta comprenderla, hasta arrepentirme, descifrando mi vida como un tapiz, como el empapelado azul de esta habitación cerrada.

Y corté un jacinto, y otro, tan sólo por jugar a reír, hasta que de ellos salió sangre: y recordé cuántos hombres había asesinado.

Y apareció entonces el viejo, el abuelo, comiendo turrón y cacahuetes, y cantando una canción incomprensible. Y cogiendo un cigarrillo, me enseñó la tumba, como si de una antorcha se tratara. Pero aún me quedaban excusas, y dije: he aquí lo poco que valía mi vida, heme aquí que soy Jesucristo, junto a una piedra abandonado.

Y aparecieron entonces, como un LUDUS PUERORUM, todos los hombres que maté. Y grité: pero mi vida valía tan poco como la vuestra, y eso era un poeta que mataba entre nieve y centauros: Y me miraron fijamente, y siguieron andando con velas encendidas señalando al cielo. Y un hombre, entonces, uno de ellos, mitad hombre y mitad burro, me golpeó en el estómago: y grité, me desgañité gritando: eso era matar entre nieve y centauros, eso reírme de vuestra estúpida muerte.

Y entonces un niño me tiró de los cabellos, el niño subnormal cuyo nombre es Miguel, y que representa aquí, en este lugar oscuro, el emblema de los cielos y del bien. Y dejé caer una Rosa: de manera que de nuevo apareció la fila de monjes, jugando al LUDUS PUERORUM, y dijo uno: yo amaba a mi esposa, y te insulté, en nombre de Jesucristo, y dijo otro: yo era un camarero y me reí de ti, y te cogí la mano mientras aquel, aquel que va de negro, te agarraba del pie.

Y atado a aquella fila caminaba un perro.

Y aparecieron también entonces, peor que los fantasmas, peor que los muertos, unos hombres a los que el mundo llama "locos": y uno de ellos dijo, sí, es verdad, tú eres Jesucristo, tú eres tonto, tú eres la criada.

Y otro dijo: eres el Anticristo, y me golpeó. Y comprendí entonces por qué esos otros hombres, esos hombres que yo había matado, estaban también en el Infierno como yo, en ese Infierno en que está la Parca cuyo nombre es YEMAYÁ y cuyo símbolo es la paloma.

Y me desprendí, me quise desprender de su cuerda y volar, ascender al cielo como la paloma, volver otra vez al cielo como un niño que no ha muerto, y cuyo símbolo es ADONAI.

Pero una voz dijo: ese hombre -ese nombre de la divinidad al que tú llamas e invocas diciendo a la nada que es ADONAI- no existe, y si existe no tiene hembras a su lado, sobre las cuales reposar la cabeza, la cabeza tan largo tiempo golpeada, tan herida por flechas que sobre ella disparara un caballo, cuyo símbolo atroz es SAGITARIO.

Y otro de aquellos seres deformes y sin alma, a los que el mundo llama locos, afirmó, no sé si gritando o susurrando con un acento horriblemente refinado gritó: "Tú no tienes alma, y estás muerto como yo, helado y muerto como el mundo, cuyo símbolo es la paloma, es decir la locura".

Y un ave, un pájaro horrendo voló sobre mi mente, aquellos seres del INFIERNO, trocearon mi cerebro y lo dieron de comer a las palomas.

Y comprendí entonces que el MAL era un misterio, una mujer horrenda, con barba, que me enseñaba obscena y ferozmente su falo desde el otro lado de la página, desde el lado oscuro y tremendo de la Verdad, que en este mundo tiene por tierra y lugar a la paloma, cuyo nombre es YEMAYÁ.

Y quise jugar con ella, amarla como a una mujer, besarla como a una diosa, para no estar en ese lugar horrendo al otro lado de la página, para estar sólo en ese lugar cuyo símbolo es la paloma.

Y entonces apareció un viejo, un anciano decrépito, tirándose pedos como un animal, y besando un esqueleto: y leía en un viejo libro arrugado, curvo como mi figura y mi nombre, que yacía derruido a sus pies.

Y en ese libro decía: "Molti son li animali a cui s'ammoglia": y detrás del libro apareció un pato, al que los hombres llamaron ADONAI y me dijo tan sólo: "Tú eres una sombra, y por ti los ángeles lloran, pero detrás de ti ladra el perro feroz de la Muerte".

Y desapareció. Y entonces, tras descorrer el velo y mi YO, dijo: esto es el Infierno, tú mismo, tú a quien odias y maldices, por causa de ese lugar horrendo al que odian los niños y las mujeres, y que los muertos llaman España.

Este lugar en que sólo importa el coraje, y el pecho, y el falo, y al que odian las mujeres, y los niños, y en el que para siempre susurran unas viejas, besando oscuramente el culo de un gato.

Y el viejo de nuevo apareció, susurrando con voz decrépita y lastimosa, con voz horriblemente desafinada, en un latín de viejos, en un latín asqueroso "Quia ut dicitur osculant posteriora catti".

Y al momento de decir eso, un niño orinó sobre mi cerebro derretido, y cuatro viejas mearon sobre él, como si de un rito muy antiguo se tratara, un rito de destruir el cerebro, de orinar sobre el cerebro, de amar los huesos del cerebro, y desaparecí entonces, quedándome para siempre, peor que los muertos, al otro lado de la página.

Leopoldo María Panero

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