martes, 19 de febrero de 2008

A la busca de un final lírico (76)

Una cosa que hacíamos mucho en Vallecas era tocarnos las narices.

O meternos el dedo en la nariz.

Mientras allá en el centro tiraban plazas históricas, como una moneda cartaginesa acuñada por el tiempo, o palacios como el de Medinaceli, con bañeras de oro como embalsamamientos egipcios –todo a mayor provecho de la dictadura-, mientras Marisol cantaba su popularismo falso por todas las radios de Felipe IV, cruce Alcalá/Goya, mientras en algunas puntas de Madrid empezaban a levantar los raíles del tranvía, como volviéndole las uñas del revés a la ciudad, en una tortura más de la policía, mientras la gente hacía cola para el Cordobés y oposiciones a empresariado, que eran las de más provenir –van a venir los yanquis, macho, y el que no sepa empresariado va de culo, lo que se dice de culo-, mientras estas cosas y otras aún más asombrosas pasaban en Madrid, en Vallecas podía uno pasarse la tarde a la sombra medieval de una mula estática, metiéndose los dedos en la nariz, que era el vicio del barrio y la gestualidad de la ciudad sagrada del proletariado.

Se empezaba hurgándose la nariz innecesariamente, con el pulgar y el índice, por obtener alguna costra. Pero ésta es operación pobre e infructuosa. Las solteras sin malicia se metían el índice, verticalmente, y luego, como salía limpio (qué limpia de orificios es la fontanería de la mujer), se lo chupaban un poco, como el caramelo o el falo de la tarde aburrida.

Tenían así el primer sabor de su propia salazón femenina y húmeda, que luego gustaría algún hombre por otras geometrías de la misma moza, y que incluso gustaría ella misma, en ese intercambio de miserias que es el amor, y en el cual se encuentra uno, una, de pronto, consumiendo fruitivamente los propios desperdicios: quizá el amor sea eso: lo que nos devuelve el sabor de nosotros mismos.

Los viejos y las viejas, tocadores del aire de flauta de la nariz, como un Sócrates de Jaén, con refajo, se iban metiendo todos los dedos alternativamente, en ambos orificios, pero sin pasión ni emoción, sino de una manera fundamental, higiénica y puede que un poco aburrida y monótona.

Los viejos y las viejas es que no saben en qué dar.

Durante un tiempo, uno vive en la inocencia y cree que el dedo fundamental es el anular, con el cual explora bastante bien las capas biológicas de su mucosidad reseca, hasta haberse limpiado por dentro concienzudamente, que después oye uno mucho mejor, como si se oyese por la nariz.

El paro y el hambre llevan a estas alucinaciones.

El paso del anular al meñique, en el arte de tocarse las narices, es tan importante como el paso del arrastre a la rueda, en la prehistoria, o del gótico al manierismo, porque supone un refinamiento, una estilización, un matiz cultural e intelectual, una nota más fina en el dodecafonismo moral que somos, que es el hombre.

Cuando uno había descubierto los placeres de meñique (mejor aún el izquierdo que el derecho, menos seguro, pero más cuidadoso), ya podía pasarse las mañanas enteras, mientras Madrid se daba a la carga y descarga, haciendo ejercicios puramente mentales, metiéndose los dedos en la nariz y viendo, por el ventano de la chabola, a la vecina de enfrente, que enseñaba un poco las corvas cuando se inclinaba a coger la ropa del balde para colgarla.

Las tardes eran interminables, aldeanas, pacíficas y hambrientas, pero el acorazado de la gran ciudad nos rozaba a intervalos, con su ruido y su furia, traídos por el viento, y era cuando el corazón a cuadros de Vallecas se llenaba de santo odio.

Alejado el barco, venía otra vez el mar, como pasa en el mar mismo, una ola larga y lenta de luz, de calor, de frescor, de sal, espacio, vacío y mierda. El meñique izquierdo deshollinaba cuidadosamente ambos orificios y, como digo, no sólo mejoraba el olfato y la respiración, sino la vista, los oídos y el alma. Teníamos todos la nariz muy limpia, de tanto tocarnos las narices, y éramos los grandes olfativos de una revolución que nunca llegaba. Agosto olía a pólvora, o julio, pero en La Granja estaban Sus Excelencias tomando rosolíes con la Corte consorte y Lola Flores, viuda de varios futbolistas vivos, bailaba para un auditorio de caídos, para un Cuelgamuros de vítores, donde nadie osaba meterse el meñique, tan plácidamente, en la nariz, porque eso podía costar una vicesecretaría general. De mi remota estancia en Vallecas me ha quedado, aparte otras sabidurías, el arte antiguo, hospiciano y hambriento de tocarme las narices, arte que le convierte a uno en el solista de flauta de su nariz.

(Trilogía de Madrid. Fracisco Umbral. 1984)

4 comentarios:

Aura dijo...

Nunca esta de más reivindicar la ociosidad y cualquier tipo de exploración corporal gozosa.

Un abrazo Nicho.

Rain (Virginia M.T.) dijo...

Mi niña musa escarba sus fosas nasales con sus deditos y se le corrije. Va aprendiendo, aceptando a no hacerlo y me pregunto si por los buenos modales, será necesario privarla de su gusto por ese toque a su naricita, sí tan chiquita.

Y es que mocos no hay...

the life x dijo...

Y olvidaba decirte que reconocí la prosa de Umbral.
Ea...

El pez dijo...

Haya leído uno o no este texto previamente, es cierto que la prosa de Umbral oxigena la mente desde los primeros meandros, como un pequeño meñique, tal vez...