viernes, 1 de febrero de 2008

Una noche cualquiera

Esta mañana, era como muy temprano, me miré en el espejo detenidamente. Todavía no se había levantado toda esa chusma que nos cuida. Estaba solo cuando lo hice. Pegué un salto de la cama/nicho/navío/jergón/reclinatorio. Aún estoy lo suficientemente ágil, tanto como tú, por lo menos. Una estruendosa avalancha de miedo me hizo abandonar la cama. Corrí, volé hasta los excusados. Empujé a la guardiana incrédula de la puerta. Y me lancé a mirarme la cara con una intensidad furiosa que me asustó aún más. Vi cera, color de cera, cera apagada, mirada de cera, arrugas apagadas, un espectro agrietado, cera en los pómulos, cera en el ardor, una cara de pared triste, mi mirada era tan gris como el olvido, y dejé de estar agitado, asustado, preocupado, dejé de tener miedo, entendí que estaba dejado de la mano de Dios.
Amanece. Los dueños de este hotel deben de haber soltado ya a las cucarachas para que nos alegren la vida.

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