jueves, 17 de abril de 2008

A la busca de un final lírico (90)

A las tres y cuarto de la mañana, el domingo 12 de febrero de 1804, Kant se estiró como si adoptara una posición para el último de sus actos y ya no cambió de postura hasta el momento de morir. Le toqué en las partes donde late el pulso: había dejado de ser perceptible en las manos, los pies y el cuello y sólo golpeaba con fuerza, aunque interrumpiéndose, en la cadera izquierda.
A eso de las diez de la mañana sobrevino un cambio notable; la mirada se volvió rígida, la cara y los labios descoloridos y de una palidez cadavérica. A pesar de ello, tan intensos eran los hábitos de su naturaleza que no hubo ni asomo del sudor frío que suele acompañar la última agonía mortal.
Eran casi las once de la mañana cuando se acercó el momento de la disolución. Su hermana estaba al pie del lecho, el hijo de su hermana a la cabecera. Yo me había puesto de rodillas con objeto de seguir comprobando las fluctuaciones del pulso, y llamé al criado para que asistiese a la muerte de su buen señor. La agonía de Kant tocaba ahora a su fin, si acaso puede hablarse de agonía cuando no hay lucha de ninguna clase. Precisamente en este momento entró en la habitación su distinguido amigo R. R. V., que yo había hecho llamar con un mensajero. La respiración comenzó por hacerse más débil, luego se volvió irregular y cesó por completo; el labio superior parecía ligeramente convulso; siguió una breve exhalación o suspiro, y luego nada más, pero el pulso latió aún unos segundos, más despacio y más débil, más despacio y más débil, hasta interrumpirse; el mecanismo se detuvo; el último movimiento había terminado y en ese momento preciso el reloj dio las once.
Poco después de la muerte de Kant se le afeitó la cabeza y, bajo la dirección del profesor Knorr, se tomó un molde de yeso -no sólo una mascarilla sino un molde de toda la cabeza- destinado (creo) a enriquecer la colección craneológica del doctor Gall.
Una vez amortajado y dispuesto en el féretro el cadáver, acudió a verlo un número inmenso de gente de toda condición, de la más noble a la más humilde. Todos querían aprovechar la última oportunidad que tendrían para decir: "Yo también vi a Kant". Durante varios días el público llenó la casa de la mañana a la noche. Grande fue el asombro de todos al advertir la extrema delgadez de Kant, y hubo acuerdo general en que nunca se vio un cadáver tan magro y consumido. La cabeza descansaba sobre el almohadón en que una vez los caballeros de la universidad le presentaron un homenaje; creí que no podía darle destino más honorable que poniéndolo en el ataúd para que sirviera de última almohada a esa cabeza inmortal.
Años antes, en un memorándum especial, Kant había expresado sus deseos sobre el estilo y la forma de su entierro. En él indicaba que se le enterrase por la mañana temprano, con el menor ruido y agitación que fuese posible y tan sólo en presencia de unos cuantos de sus amigos más íntimos. Habiendo encontrado el memorándum mientras, a petición suya, ordenaba sus papeles, le expresé con entera franqueza mi opinión de que tales disposiciones me traerían grandes dificultades en mi calidad de albacea suyo, ya que probablemente se presentarían circunstancias en las que sería casi imposible aplicarlas. Ante tales razones, Kant rompió el papel y lo dejó todo a mi criterio. Preveía yo que les alumnos de la universidad no permitirían que se les privara de la oportunidad de manifestar su veneración en exequias públicas. Los hechos demostraron que no me había equivocado, pues la ciudad de Könisberg no asistió nunca, ni antes ni después, a un funeral tan solemne y magnífico. Los diarios públicos y los relatos aparecidos en folletos, etc., contienen una descripción tan detallada que me limitaré a recordar aquí sólo los aspectos principales de la ceremonia.
El 28 de febrero, a las dos de la tarde, todos los dignatarios de la Iglesia y el Estado, no sólo residentes en Könisberg, sino también venidos de los más apartados rincones de Prusia, se reunieron en la capilla del castillo. A partir de este lugar fueron escoltados por los miembros de la universidad, vestidos espléndidamente para el funeral, y con muchos oficiales militares de alta graduación -que siempre sintieron gran afecto por Kant-, hasta la casa del profesor desaparecido; los restos salieron a la luz de las antorchas, mientras tañían las campanas de todas las iglesias de Könisberg, y se llevaron a la catedral, que estaba iluminada para la ceremonia con innumerables cirios. Los seguía una multitud enorme. En la catedral, después de los ritos funerarios usuales, que estuvieron acompañados por todas las expresiones posibles de veneración nacional por el extinto, se llevó a cabo un solemne servicio musical, admirablemente interpretado, al terminar el cual los despojos mortales de Kant se depositaron en la bóveda académica, donde ahora descansa entre los patriarcas de la universalidad. PAZ A SUS RESTOS; HONOR ETERNO A SU MEMORIA.

"Los últimos días de Emmanuel Kant", 1827. Thomas de Quincey

2 comentarios:

Aura dijo...

Que estimulantes son estos relatos mortuorios, casi sirven de inspiración para enloquecer pintando óleos.

Un abrazo (intento leerle cuando puedo, ya que últimamente me falta tiempo... per siempre es un placer volver aquí)

Neander dijo...

Seguramente el bueno de Emmanuel murió en paz pensando, con razón, que su Crítica de la Razón Pura iluminaría a las pocas almas clarividentes que había por el mundo, satisfecho por el trabajo bien hecho, aunque no hay Dios que lo entienda del todo, jajajaja