martes, 27 de mayo de 2008

PORVENIR ESFÉRICO

APLICACIÓN

Mi abuela, muy enferma, estaba leyendo. Hace bien, dijo Alexander Schulz, estudia, se prepara para el Cielo.

George Loring Frost, The sundial (1924).

UNA ARAÑA MUY GRANDE

He pensado que algún día me llevarías a un lugar habitado por una araña del tamaño de un hombre y que pasaríamos toda la vida mirándola, aterrados.

Feodor Dostoievski, Los poseídos (1871‑2).

UN ESPERANZADO

¡Oh bienaventurado purgatorio!

M. de Saci (1613‑84), en su lecho de muerte.

ESPEJO DEL INFIERNO

Si un hombre no comprende el infierno, no comprende su propio corazón.

Marcel Jouhandeau, Algèbre des Valeurs Morales (1935).

EL INFIERNO

Cuando somos niños, el infierno es nada más que el nombre del diablo puesto en la boca de nuestros padres. Después, esa noción se complica, y entonces nos revolcamos en el lecho, en las interminables noches de la adolescencia, tratando de apagar las llamas que nos queman ‑¡las llamas de la imaginación!‑. Más tarde, cuando ya no nos miramos en los espejos porque nuestras caras empiezan a parecerse a la del diablo, la noción del infierno se resuelve en un temor intelectual, de manera que para escapar a tanta angustia nos ponemos a describirlo. Ya en la vejez, el infierno se encuentra tan a mano que lo aceptamos como un mal necesario y hasta dejamos ver nuestra ansiedad por sufrirlo. Más tarde aún (y ahora sí estamos en sus llamas), mientras nos quemamos, empezamos a entrever que acaso podríamos aclimatarnos. Pasados mil años, un diablo nos pregunta con cara de circunstancia si sufrimos todavía. Le contestamos que la parte de rutina es mucho mayor que la parte de sufrimiento. Por fin llega al día en que podríamos abandonar el infierno, pero enérgicamente rechazamos tal ofrecimiento, pues ¿quién renuncia a una querida costumbre?

Virgilio Piñera, Cuentos fríos (1956).

HABLA UN SOLDADO

En el cielo, me gustaría participar a veces en una guerra, en una batalla.

Detlev von Liliencron, Aus Marsch und Geest (1904).

PORVENIR ESFÉRICO

En el día del Juicio Final, las puertas del Cielo se abrirán a los bienaventurados. Éstos penetrarán rodando, ya que habrán resucitado en la más perfecta de las formas: la esférica. Así lo ha revelado Orígenes.

I. A. Ireland: Short Cuts to Mysticism (1904).

Tomado todo ello de "El Libro del Cielo y del Infierno", 1960, Borges-Bioy

4 comentarios:

Neander dijo...

Si en el cielo no hay cerveza, no entraré

El pez dijo...

me ha encantado el post.

Hoy en la presentación que hemos tenido en el curro, el presentador ha contado este chiste:

Están dos madrileños tumbados en el cesped mirando al cielo y uno le dice a otro:

- ¿Habrá vida en el más allá?

El otro contesta:

- Claro que habrá vida

El primero matiza:

- Ya, pero yo me refiero a "vidilla", ya me entiendes.

ladydark dijo...

Venga uno más:
EL CUARTO CIELO
En el cuarto Cielo los muertos imaginan que son felices entre su familia y amigos. Cumplen allí los planes que en vida no pudieron cumplir; poseen cuanto anhelaron y les fue negado; pero las personas que ven, los objetos que poseen y los actos que se ejecutan son ilusorios, aunque tal vez no menos que los que integran nuestra vida.Ursula Vulpius, Trost für die Mittelklassen (Baden‑Baden, 1908).
Gracias por los buenos recuerdos que me ha traido esta anotación Señor Nicho.

Nicho dijo...

Gracias por sus comentarios, que también dan vidilla.

Sobre la posibilidad de la existencia del Cielo (y del Infierno, cuidado), don Julián Marías decía, más o menos, que con lo extraño que es el mundo este nuestro, ¿por qué sorprendernos de que exista otro, más o menos raro, más o menos misterioso, o críptico? Extrañamente ilusorio, quizá, como nos dice, con su cita, Ladydark.

También utilizaba la idea de la perduración. Todo tiende a dura, a permanecer (si no vean las pilas Duracell). Y la realidad más importante, el hombre, ¿está excluida de esa ley general?

Pero no olvidemos que, según algunos, la teología es una rama de la literatura.