domingo, 15 de junio de 2008

Crepúsculo de un dedo/bolígrafo bic


Veamos..., que a veces uno ve cómo se le amorata un dedo, el dedo índice, en el momento último de la tardonoche.

O sea, que ese uno mismo contempla indiferente cómo su dedo se metamorfosea.

Pasa del rojo amarillento -un dedo pálido, apagado- al morado brillante.

Como si un bolígrafo bic azul fuera arrojado a vivir un crepúsculo que no entiende.

Su dedo es, ahora, un bolígrafo bic pletórico de querer decir cosas moradas.

O sea, que uno, de pronto, cuando se sienta a beber/no beber el vaso de leche (con galletas fontaneda) antes de irse a la cama,

se convierte en testigo de lo que le pasa a uno de sus dedos,

en el testigo de cómo uno de ellos -el índice, ya se dijo- se pone cardenalíceo,

como si fuera uno más de la especie de los rododendros. (Ver también).

Se amontona en el tacto de ese dedo todo el espeso cansancio de la hora,

pero no está cansado de nada, sino que está en ese punto inocente de querer escanciarse,

como si fuera el vino en metafísico pánico de la jarra de Heidegger.

Como que quiere desangrarse en moradas caligrafías,

deslizarse en sorda epifanía sobre la piel tentadora y confusa de un papel en blanco,

increpar su apariencia lírica, tiernamente desesperada.

A veces, algunos de nosotros -algunos de los bolígrafos bic-

queremos que broten de nosotros originales abecedarios.

Queremos ser, al menos, como un reloj cualquiera

que va creando imparable, en su destiempo mecánico,

los segundos morados del tiempo.

3 comentarios:

Dr. Krapp dijo...

Me gustaría ofrecerle una tirita pero no sé si sería oportuno.

Neander dijo...

pero hombre de dios... usa el ordenador

El pez dijo...

cojonudo este rododendro cardenalíceo