martes, 1 de julio de 2008

A la busca de un final lírico (104)

Hacía gestos para que le salieran las mismas arrugas que les salen a los chicos malos.

Ella, mucho antes, se pintó los labios mirándose en un metal ardiente.

La luz de la mañana agrisaba el temblor de su mirada.

Era verano, es verano, siempre debería ser verano.

Una nube de polvo seco se desvaneció, como los recuerdos en los cristales.

También llovía caliente, a ratos.

Vamos, que había variedad meteorológica.

Hasta que el aire empezó a venir húmedo, salado, oloroso, nuevo, suave, extraño,
como el sabor de la bella que quizás nunca nadie probará
(aquí hay una contradicción, o una suposición, o una presunción).

Una rosa reventó de felicidad por ser una flor obscenamente delicada.
Un eléctrico susurro de ritmo persistió en el alto vuelo del dolor/placer.
(Desliz retórico).

Y cuando le vuelva a ver, sus dedos -heridos de madrugada y blancor-
ya nunca revolverán de ternura criminal el cabello que no tiene...

Pero entonces, bésale rápido, nena, alégrale el día.

(Vamos, nada más, all right, play de saxophone).

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