viernes, 11 de julio de 2008

A la busca de un final lírico (106)

La intensidad de aromas y colores del verano en la meseta manchega va cediendo poco a poco a los ocres de un brevísimo otoño, que no tiene árboles a los que dorar y parece agarrarse a la tierra y al perfil de las sierras vecinas. Es un tiempo lento y hermoso en aquellos lugares el que anuncia las cosechas mejores, con las vides cargadas de uva y la siega recién hecha. Quizá el mejor momento para detenerse a contemplar ese espacio de ocres y azules pálidos que anuncian la noche todavía intensa del verano que se acaba. En los remansos urbanos, las edificaciones más altas -San Andrés, los Trinitarios, el convento de las monjas franciscas, la Encarnación...- rompen la fragilidad del último atardecer contra un cielo limpio; a sus pies, plazoletas, fachadas de piedra rosada, calles estrechas con casas nobiliarias, soportales, arcos y patios. El tiempo de vida colectiva en esos pueblos todavía es -siempre lo fue- el de las últimas horas de la tarde y la entrada de la noche, que trae frescor y descanso.

El convento de dominicos de Villanueva se abre en una de esas plazas, se remata con una espadaña no muy atrevida y regala una fachada discreta, hermosa por su propia sencillez. En una de las celdas del convento agonizó Quevedo durante tres días, asistido por los monjes. Falleció el 8 de septiembre de 1645, rodeado por los amigos cercanos de última hora y por algún criado fiel que le prestaron sus sobrinos para que sobrellevara la enfermedad, ajeno -como vivió siempre- al calor de la intimidad familiar, o del remanso femenino, que desechó -también en esta última ocasión- para rodearse de frailes o de personas cultas que gustaran de su conversación amena, de sus preocupaciones políticas, de su vehemencia intelectual.

Inmediatamente se convirtió en objeto de culto y, de ahí, en mercancía fácil, en presunción legal y patriotera. Para empezar se regateó sobre su cuerpo y sobre su sepultura. Tarsia lo narra -con alguna anécdota novelesca, que omito:

Compuesto el cuerpo con la diligencia acostumbrada y vestido con el manto de caballero y botas y espuelas doradas, tratóse de sus exequias y entierro. Y porque en su testamento había ordenado que le enterrase por vía de depósito en la Capilla mayor de la iglesia y convento de Santo Domingo de Villanueva, en la bóveda en la que estaba enterrada doña Petronila de Velasco, viuda de don Gerónimo de Medinilla, y que de allí se le trasfiriesen al Convento Real de Santo Domingo de Madrid, en la sepultura de su hermana doña Margarita de Quevedo. Previniéndose los frailes para el depósito, no quisieron venir en ello el vicario y clérigos de la parroquia, deseando tener esta prenda en su iglesia, a la cual finalmente le llevaron con grande lucimiento y concurso, y le hicieron sumptuosas exequias, depositándole en la bóveda de la capilla de los Bustos, caballeros muy antiguos de aquella tierra.

Páginas 868 y siguientes del libro FRANCISCO DE QUEVEDO (1580-1645), de Pablo Jaurade Pou.

Habitación de Quevedo en su pueblo último

1 comentario:

00 dijo...

Y es que algunos cuerpos
son necesaria o mente
objeto de cult-o
(sexy, coma, trauma
se -XY
algunos cadaveres
cultivan su alma)

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