jueves, 27 de noviembre de 2008

A la busca de un final lírico (121)

Joe era el pavo más alegre del corral. Cada mañana, antes de que el primer rayo de luz solar se abriera pasaba entre las rendijas de la madera vieja y desconchada, usurpaba el trabajo de Ralph, el gallo y cantaba fuerte y claro para que todos supieran la ilusión con la que recibía el nuevo día.

Por su personalidad extravertida, Joe caía bien a casi todos los demás animales de la granja, especialmente a la cerdita Lisa, que estaba perdidamente enamorada de él, a pesar de la diferencia de edad que había entre ambos, y que hacía pensar a los demás animales que su amor era una locura. Para Ralph, en cambio, Joe no era más que un vulgar usurpador, un intruso, un pobre infeliz que no pensaba en el futuro.

A las pocas mañanas de despertarse con el canto de Joe, Ralph no pudo contenerse. Indignado, le preguntó por qué insistía en hacer su trabajo, si no sabía qué era lo que se esperaba de él en la granja. Joe, atónito por la actitud del gallo, reaccionó con tranquilidad, haciéndole saber que no consideraba que hacía ningún trabajo, puesto que no le suponía el menor esfuerzo. Simplemente, le explicó, quiero contagiar a todo el mundo de la alegría que me produce el nacimiento de un nuevo día, de la oportunidad que el Señor nos brinda de disfrutar de su creación una vez más. Ralph no podía creer lo que oía.

- No sabes, pobre desdichado -le gritó-, que los humanos que nos echan la comida sólo quieren engordarte para matarte y comerte?

- No creo que eso sea posible... ¡Seguro que me tienen en gran estima por
mi optimismo y mi actitud frente a la vida!

Ralph el gallo y Joe, el pavo más alegre del corral, estuvieron discutiendo horas. Exteriormente, Joe no dejó que las crueles palabras de su compañero le afectaran, pero para mayor seguridad, decidió empezar una estadística y anotaba cada día que pasaba feliz en el corral.

Al cabo de una semana, enseñó su libreta a Ralph, el gallo. Mira, le dijo, ha pasado toda una semana, los humanos han entrado cada día y yo sigo aquí, cantando cada mañana con el primer rayo de luz, recibiendo el día con alegría. Cada mañana sin falta, Joe dibujaba una rallita en su libreta, lo más ordenadamente posible que sus patas (no prensiles) le permitían.

Cada día que pasaba feliz en el corral, con cada anotación en su libreta, Joe se sentía más seguro y confiado. Las burlas a su compañero, Ralph, el gallo más huraño del corral, se hicieron más y más frecuentes.

Finalmente, cuando había más de cien anotaciones en su libreta, Joe sintió que no era necesario continuar con aquello, puesto que estaba claro que las amenazas y las lúgubres predicciones de Ralph eran patrañas.

Así siguió Joe, el pavo más alegre del corral, cantando cada mañana, recibiendo alegre los primeros rayos de luz solar que se colaban en la granja y le hacían abrir sus pequeños ojos llenos de vitalidad, durante un tiempo indeterminado.

Una mañana (que Joe había recibido cantando alegre y despreocupado, como era su costumbre), los humanos entraron temprano en el corral. Se acercaron mucho a Joe, pero él no se preocupó (seguramente quieren saber qué me hace sentir tan alegre y despreocupado, pensó).

Lo cogieron y se lo llevaron a casa. Joe no se preocupó demasiado; seguramente quieren que viva con ellos para recibir el nuevo día todos juntos, pensó. Los humanos le acercaron un cuchillo de grandes dimensiones al cuello. En ese momento, Joe, el pavo más alegre del corral, perdió su serenidad.

Se resistió con todas sus fuerzas contra un destino terrible que no entendía, pero su resistencia fue en vano. Joe era un pavo estadounidense y ese día era Acción de Gracias.

Bertrand Russell

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