martes, 16 de diciembre de 2008

He encontrado por ahí esta "Historia de Doña Baldomera Larra, la creadora del timo piramidal"

Reproducimos aquí la historia de Baldomera Larra, la que muchos consideran la creadora del timo piramidal.

Doña Baldomera Larra Wetoret era hija de Mariano José de Larra el famoso poeta madrileño. Había nacido después de suicidarse su padre. Estaba casada con un médico de la Casa Real, el Dr. Carlos de Montemayor con quien tuvo varios hijos.

Cuando llegó el Rey Alfonso XII, el marido de Doña Baldomera no quiso continuar en el cargo, y decidió marchar a las colonias de Ultramar, a Cuba. Doña Baldomera quedó un tanto desvalida, pero como era mujer de recursos un día se le ocurrió una brillante idea. Pidió prestada una onza de oro a una vecina prometiéndole que en un mes se la devolvería duplicada. Doña Baldomedra cumplió su promesa y al verlo, la vecina contó a otras amistades “el milagro que había realizado Doña Baldomera”. Le había devuelto el doble de dinero.
No tardaron en llegar una serie de clientes atraídos por la ganancia fácil con su onza de oro y algunos con algunas más, rogando a Doña Baldomera que aceptase aquellos dineros y que hiciese el mismo milagro que a su vecina. Ella aceptó los dineros, entregándoles un recibo. Cumplió religiosamente devolviendo sus ganancias a sus “impositores”, lo que le proporcionó más clientela todavía al correrse la voz.

Así surgió “La Caja de imposiciones”. Y ella pagaba a los primeros que llegaban, con el dinero de los que seguían sin poner ella ni un duro. Acababa de descubrir “la pirámide”.

Tenía cola todos lo días para recibir los dineros que llegaban en grandes cantidades. Muchos recogían los intereses y dejaban el capital, y otros dejaban capital e intereses y la bola de nieve crecía y crecía. Fue tal la avalancha de gente que no tuvo más remedio que mudarse de vivienda. Aquella mujer, entrada en años, simpática y amable con todo el mundo tenía cada vez más clientela.

Muchos le pedían préstamos y a todos atendía la dama con su simpatía habitual y su arcas siempre estaban llenas. Y así fue como la llamaron “la madre de los pobres”, Sin embargo, muchos pensaron que había una trampa en aquel negocio. Era materialmente imposible que en un mes el dinero invertido produjese 30% de interés. Pues, así era, aunque ningun negocio de otra naturaleza produjese ese beneficio. Pero ella seguía una y otra vez pagando escrupulosamente a los impositores.

Muchos que tenían más confianza con ella llegaron a preguntarle cómo lo hacía, a lo que ella contestaba: “Es mi secreto”…”Algún día se sabrá y verán cómo es tan sencillo como el huevo de Colón”.

Algunos le preguntaban qué garantía ofrecía la “Caja de Imposiciones” a sus clientes pensando que podría declararse en quiebra en cualquier momento. A estos les sonreía y decía: “¿Garantía? ¿En caso de quiebra quiere usted decir? Una sola: “El Viaducto”.

2 comentarios:

JON MIKEL ALTUNA dijo...

Excelente historia,tanto si es apócrifa como si no. ¿De dónde la has sacado?
Mmmm... y eso que los paneles del viaducto evitan hoy día muchas tentaciones (¿o no? una observación no demasiado concienzuda delata ciertos puntos de facil acceso para los suicidas perseverantes...), aunque claro que siempre queda el recurso de Don Mariano -más romántico, valga la simpleza-: un pistoletazo certero.

Nicho dijo...

Gescartera


LUIS CARANDEL
EL PAÍS - Madrid - 02-09-2001

El asunto Gescartera y sus personajes tienen cierto aire decimonónico. Una de las primeras gescarteristas de la historia financiera madrileña fue doña Baldomera, hija de Mariano José de Larra y de su mujer, Josefa Wetoret. Como se sabe, Fígaro tuvo tres hijos: Luis Mariano, que fue libretista de zarzuelas, El barberillo de Lavapiés entre otras, y Adela y Baldomera, que tenían cinco y cuatro años, respectivamente, cuando Larra se suicidó, en 1837.
Adela fue amante de don Amadeo de Saboya y Baldomera se casó con el médico del rey, don Carlos de Montemar, quien, al renunciar don Amadeo al trono, emigró a América y dejó a su esposa con hijos pequeños en Madrid. Entonces se le ocurrió a ella su negocio: pedir dinero al ciento por ciento de interés, prestarlo y pedir más para pagar los intereses del primer préstamo. Así, de préstamos en préstamos, creó la Caja de Imposiciones o Banco de los Pobres, donde depositaron sus ahorros gentes modestas y también familias de posibles, virtuosos clérigos, aguerridos militares, avispados políticos y algunas congregaciones y obras pías.

Doña Baldomera entregaba a los depositantes, al recibir el dinero, el 60% del capital en concepto de primeros intereses. Hacía correr el rumor de que su marido invertía el dinero en minas de oro americanas. Y llevaba un gran tren de vida. Pero cuentan los cronistas, el último fue José María de Mena en sus Episodios históricos en Madrid, que doña Baldomera, bien porque no pudo hacer frente a los pagos de todos los intereses o porque se quedó con parte del dinero, cerró en diciembre de 1876 la ventanilla de su casa de banca de la plaza de la Paja.

Anduvo huida durante un tiempo y después fue encarcelada. Lo bueno fue que los estafados presentaron miles de peticiones de perdón para su 'benefactora' y el juez rebajó la pena solicitada. Doña Baldomera estuvo un tiempo en prisión y después, con el nombre de doña Antonia, se fue a Buenos Aires, donde murió a comienzos del siglo XX.